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Filosofía DE

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Filosofía DE
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08/04/2014

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Apuntes sobre la Filosofía Educativa del Departamento de Educación
 
“ Me he esforzado por señalar lo inadecuado que considero estas explicaciones, que son, por necesidad, expresiones estáticas, de un proceso de carácter dinámico.” - Ángel Quintero Alfaro, 1972 
 Exponer una filosofía educativa corre el riesgo, que nos plantea Quintero Alfaro, de presentar unos principios que adquieran carácter dogmático, cuando en realidad son propuestas contextuales abiertas a la revisión y al aprendizaje. Así la filosofía educativa que aquí exponemos parte de nuestra interpretación de la situación actual y presenta una propuesta para el diálogo (Rorty, 1979). La educación es un proceso continuo y dinámico que abarca la totalidad de la vida. Responde y además es influido por numerosos componentes, tales como la familia, la comunidad, los medios de comunicación, las iglesias, y por supuesto las escuelas y universidades. Todos estos componentes convergen en la vida del individuo. El proceso educativo puede subdividirse en dos: el proceso informal, no consciente, ni deliberado, que podemos llamar socialización; y el proceso formal, o deliberado, que toma como base el estudio sistemático de la naturaleza, la sociedad y la cultura, y el desarrollo de valores, capacidades y entendimientos que contribuyan a la construcción de una sociedad democrática. La educación formal debe apoyar al estudiante en el proceso de comprender la sociedad y la cultura en que vive. Debe ofrecerle la posibilidad de apropiarse de las herramientas que esa cultura le ofrece, a la vez que fortalece su capacidad crítica e imaginativa para transformar las situaciones que limitan su desarrollo y el de sus conciudadanos. Los seres humanos no son totalmente autónomos e independientes, sino más bien seres socioculturales e interdependientes. Están enraizados en sus sociedades y culturas las cuales les ofrecen tanto posibilidades de crecimiento como limitaciones. Al introducir a los estudiantes a las diversas materias curriculares, la escuela les permite estar en contacto con partes del legado que la cultura humana nos ofrece. Una de las labores de la escuela es mejorar los procesos de aprendizaje-enseñanza para que el mayor número de estudiantes desarrolle las competencias necesarias que les permitan comprender ese legado. A la vez se debe fortalecer la capacidad crítica e imaginativa para que pueda enriquecer y transformar este legado. Para que los procesos de aprendizaje-enseñanza sean lo más efectivos es necesario tomar en consideración las teorías de aprendizaje existentes así como las emergentes prácticas de los maestros (Quintero, 1996a). Cada día el acuerdo parece ser mayor: el proceso de aprendizaje es activo, constructivo y social (Bruner, 1996; Lakoff,1987). Una de las motivaciones principales del aprendizaje es buscar explicación para lo vivido. En esa búsqueda la información no se recibe pasivamente (como si la mente fuese una tabula rasa),
 
sino que el estudiante interpreta la misma a través de estructuras mentales, las cuales se van construyendo a partir de esquemas innatos, en la interacción con el ambiente y la sociedad. En este sentido, el conocimiento sobre el "mundo externo" es realmente una construcción social para explicar la realidad. En el proceso de organizar el conocimiento el ser humano ha utilizado, mayormente, dos tipos de pensamiento: el pensamiento “lógico-científico”, asociado mayormente con su relación con los objetos físicos, y el pensamiento narrativo, más asociada con su relación con otras personas y sus acciones (Bruner, 1996). El currículo escolar ha privilegiado el pensamiento "lógico-científico" . De hecho, áreas más relacionadas con el pensamiento narrativo, como las artes, el teatro, la literatura, se consideran en muchas ocasiones “decorativas”. El pensamiento narrativo es esencial para la cohesión de la cultura, así como para estructurar la vida individual. Desde temprano el estudiante debe relacionarse con la historia, mitos y leyendas de su cultura. Éstas ofrecen un marco para el desarrollo de su identidad. Encontrar un lugar en esa narrativa colectiva a su vez requiere de la imaginación. El currículo también debe fomentarla y nada como la literatura para este fin. Así desde pequeño el niño debe estar expuesto a cuentos, poesías, canciones que estimulen, despierten y fortalezcan la imaginación. En forma alguna esto devalúa la importancia del pensamiento lógico- científico. Cuando el estudiante entienda la ciencia como parte de la historia de la humanidad y como muestra del afán humano por entender el mundo circundante, descubre su sentido y comprende mejor muchas de sus interrogantes e investigaciones. Al analizar la forma de organizar el currículo tenemos también que tener presente que las disciplinas están en un proceso de cambio y reorganización continuos. Por ejemplo, a partir de la década de 1970 se ha cuestionado la metáfora del conocimiento como fundamentos o estructuras lineales y se ha dado paso a la imagen del conocimiento como redes, conexiones, y sistemas dinámicos (Klein, 1999; Rorty, 1979; Toulmin,1990). Esta concepción del conocimiento conlleva a su vez cambio en las disciplinas y sus relaciones. Por ello, Schneider y Shoenberg (1997) plantean que las disciplinas requieren cada día una mayor intercomunicación. Boyer (en Massey, 1995) apunta a que muchas de las preguntas que hoy nos hacemos y los problemas que hoy confrontamos no se ajustan a las disciplinas tradicionales. Por ejemplo, muchos asuntos actuales que interesan a los estudiantes atañen varias disciplinas. Temas como la ciudad, el ambiente, la violencia, deben tratarse desde las perspectivas de diversas materias escolares. Es necesario pensar en un currículo organizado alrededor de múltiples temas de interés para el estudiante, cuya discusión contribuya a la adquisición de competencias en las diversas áreas del saber, al desarrollo de destrezas que le permitan analizar, descubrir y construir conocimiento y su formación como ciudadano. La escuela tiene que trabajar también para que el estudiante adquiera un sentido de identidad dentro de la cultura en que se desarrolla y para que reconozca la posibilidad de crear su espacio en la sociedad. Nuestra sociedad y nuestra cultura no son monolíticas ni homogénea, son diversas y complejas. Apoyar el desarrollo del sentido de identidad del estudiante no es tarea sencilla. Como apuntamos anteriormente, la escuela es parte de un grupo de instituciones que inciden en el desarrollo del estudiante. Antes de entrar a
 
la escuela, y durante su estadía en la misma, el estudiante, mediante sus relaciones familiares y comunitarias, participa en un proceso de socialización y desarrollo de mentalidades. Las mentalidades de un individuo constituyen el conjunto de sus valores, aspiraciones, o ansiedades, no conscientemente enunciadas. En una importante medida, las condiciones económicas y sociales conforman esas mentalidades. Un sistema público y universal de enseñanza atiende la población escolar de cada uno de los estratos sociales: clases profesionales y medias; trabajadores; grupos de bajos ingresos y sectores excluidos del mercado de empleo. Las mentalidades de los estudiantes de ese sistema son variadas, puesto que son producto de herencias históricas y culturales y de experiencias presentes marcadas por condiciones sociales y económicas heterogéneas. En algunos sectores de la población escolar la labor de la escuela ha sido relativamente efectiva. No debemos olvidar los reconocimientos que algunos de nuestros estudiantes han recibido en ferias científicas, certámenes literarios, exposiciones de artes, conciertos musicales, y en algunos casos en foros internacionales. También debemos reconocer los valores cívicos de un gran número de ellos. Ahora bien, a la escuela le ha resultado particularmente difícil apoyar el crecimiento y desarrollo de sectores significativos de la población estudiantil. En su mayoría, estos estudiantes reflejan los índices más bajos de aprovechamiento académico, una alta incidencia de fracasos y deserción en las clases. La mayor parte de estos estudiantes vive la labor escolar como algo engorroso, a lo cual hay que sobrevivir a base del menor esfuerzo. El problema no es tanto de privación cultural sino de mentalidades antagónicas. La escuela, al imponer un currículo uniforme, en muchas ocasiones de poca pertinencia para el joven, y un régimen de funcionamiento inflexible, genera unos procesos conflictivos que tienden a enajenar a estos jóvenes de los procesos de enseñanza. En el libro
Vivir en Caimito
 del historiador y educador Fernando Picó, los testimonios de un grupo de  jóvenes revelan este distanciamiento:
- “Esas maestras lo que quieren es mandar a uno…no me gusta..te enzorras.” - “La escuela hoy en día ya no enseña ná.” - “La mejor escuela que hay en el mundo es la calle.” 
 Ante esta situación debemos promover la búsqueda de alternativas para atender la variedad de intereses, habilidades y talentos de los estudiantes. Ahora bien, al diseñar el marco curricular es necesario tener unas metas comunes para todos los estudiantes. Adaptar para los niveles pre-universitarios el perfil del egresado que presenta el Proyecto de un Nuevo del Bachillerato del Senado Académico del Recinto de Río Piedras (2001), apoyaría la continuidad entre la escuela y la universidad. En la Tabla I se presenta una adaptación para el nivel de escuela superior.
Tabla I - Perfil del Egresado de Escuela Superior
1 - Desarrolle empatía hacia su prójimo, tanto cercano como de otras

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