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LO QUE SIGNIFICA HABLAR
 
Pierre BourdieuSi el sociólogo tiene un papel, éste consiste más bien en dar armas que en dar lecciones.He venido para participar en una reflexión y tratar de proporcionar a quienes tienen laexperiencia práctica de una serie de problemas pedagógicos los instrumentos que lainvestigación propone para interpretarlos y comprenderlos.Si mi discurso es decepcionante, incluso a veces deprimente, no es porque me diviertadesanimar, todo lo contrario. Es porque el conocimiento de las realidades conduce alrealismo. Una de las tentaciones del oficio del sociólogo es lo que los propios sociólogoshan denominado el sociologismo, es decir, la tentación de transformar leyes oregularidades históricas en leyes eternas. De ahí la dificultad que presenta comunicar losproductos de la investigación sociológica. Hay que situarse constantemente entre dospapeles: por una parte, el de aguafiestas y, por otra, el de cómplice de la utopía.Hoy, aquí, quisiera tomar como punto de partida de mi reflexión el cuestionario quealgunos de ustedes han preparado para esta reunión. Si he tomado este punto de partidaes con el propósito de darle a mi discurso un arraigo lo más concreto posible y de evitar (lo que me parece ser una de las condiciones prácticas de toda relación de comunicaciónverdadera) que quien tiene la palabra, quien tiene el monopolio de hecho de la palabra,imponga por completo el arbitrario de su interrogación, el arbitrario de sus intereses. Laconciencia de lo arbitrario de la imposición de la palabra se impone cada vez más hoy día,tanto a quién tiene el monopolio del discurso como a quienes lo sufren. ¿Por qué endeterminadas circunstancias históricas, en determinadas situaciones sociales, resentimoscon angustia y malestar este abuso de autoridad que siempre implica tomar la palabra ensituación de autoridad o, si se prefiere, en
situación autorizada,
constituyendo la situaciónpedagógica el modelo de esta situación?Así, para intentar quitarme esta ansiedad, he tomado como punto de partida preguntasque se le han planteado
realmente
a un grupo de ustedes y que pueden planteárseles a latotalidad de ustedes.Las preguntas versan sobre las relaciones entre lo escrito y lo oral y podrían formularseasí: “¿puede enseñarse el lenguaje oral?”.Esta pregunta es una formulación en el sentido actual de una vieja interrogación que yase encontraba en Platón: “¿Puede enseñarse la excelencia?”. Es una pregunta capital:“¿Puede enseñarse algo? ¿Puede enseñarse algo que no se aprende? ¿Puedeenseñarse aquello con lo que se enseña, es decir, el lenguaje?Este tipo de interrogación no surge en cualquier momento. Si, por ejemplo, se planteaen un diálogo determinado de Platón es, me parece, porque la cuestión de la enseñanzase le plantea a la enseñanza que está cuestionada. Es porque la enseñanza que está en
 
Tomado de:
Cuestiones de sociología.
Madrid, Istmo, 2000. Traducción: Enrique MartínCriado. pp. 95-111.
 
crisis que se da en una interrogación crítica sobre lo que es enseñar. En épocasnormales, en las fases que se pueden denominar orgánicas, la enseñanza no se interrogasobre sí misma. Una de las características de una enseñanza que funcione demasiadobien —o demasiado mal— es la de estar segura de sí, la de tener esta especie deseguridad (no es casualidad que se hable de seguridad a propósito del lenguaje) queproduce la certidumbre de ser, no solamente
escuchado,
sino también
entendiendo,
certidumbre característica de todo lenguaje de autoridad o autorizado. Esta interrogación,por tanto, no es intemporal; es histórica. Sobre esta situación histórica es sobre la quequerría reflexionar. Esta situación está vinculada a un estado de la relación pedagógica, aun estado de las relaciones entre el sistema de enseñanza y lo que se llama la sociedadglobal —es decir, las clases sociales—, a un estado del lenguaje, a un estado de lainstitución escolar. Quisiera tratar de mostrar que a partir de las cuestiones concretas queplantea el uso escolar del lenguaje se pueden plantear a la vez las cuestiones másfundamentales de la sociología del lenguaje (o de la sociolingüística ) y de la instituciónescolar. En efecto, creo que la sociolingüística habría escapado antes de la abstracción sise hubiera dedicado, como lugar de reflexión y de constitución, a este espacio tanparticular pero tan ejemplar que es el espacio escolar, si hubiera tomado como objeto esteuso tan particular que es el uso escolar del lenguaje.Tomemos el primer conjunto de preguntas: ¿Pretende usted enseñar el lenguaje oral?¿Qué dificultades encuentra? ¿Encuentra resistencias? ¿Topa con la pasividad de losalumnos?...De inmediato tengo ganas de preguntar: ¿Enseñar el lenguaje oral? ¿Pero
quélenguaje oral? 
Aquí hay un implícito, como en todo discurso oral o incluso escrito. Hay un conjunto depresupuestos que cada uno aporta al plantear esta pregunta. Dado que las estructurasmentales son estructuras sociales interiorizadas, hay muchas probabilidades de introducir,en la oposición entre lo escrito y lo oral, una oposición completamente clásica entre lodistinguido y lo vulgar, lo culto y lo popular de tal manera que lo oral tiene muchasposibilidades de ser investido de todo un aura populista. Enseñar el lenguaje oral sería,así, enseñar el lenguaje que se enseña en la calle, lo que ya de entrada conduce a unaparadoja. En otras palabras, ¿no se cuestiona la naturaleza misma de la lenguaenseñada? Además, ¿este lenguaje oral que se quiere enseñar no es simplemente algoque ya se enseña, y de manera muy desigual según las instituciones escolares?Sabemos, por ejemplo, que las diferentes instituciones de la enseñanza superior enseñanel lenguaje oral de manera muy desigual. Las instituciones que preparan para la política,como Sciences Politiques o la ENA, enseñan mucho más el lenguaje oral y le concedenuna importancia mucho mayor en las calificaciones que la enseñanza que prepara para laenseñanza o para la técnica. Por ejemplo, en la Politécnica se hacen resúmenes; en laENA se hace lo que se llama “gran oral”, que consiste en una verdadera conversación desalón, que exige un cierto tipo de relación al lenguaje, un cierto tipo de cultura. Decir “enseñar el lenguaje oral” sin más no tiene nada de nuevo, ya se hace mucho. Estelenguaje oral puede, así, ser el lenguaje oral de la conversación mundana, puede ser ellenguaje oral del coloquio internacional, etc.Por tanto, no basta con preguntarse: “¿enseñar el lenguaje oral?”, “¿qué lenguaje oralenseñar?”. Hay que preguntarse también
quién
va a definir qué lenguaje oral enseñar.Una de las leyes de la sociolingüística es que el lenguaje empleado en una situaciónparticular no depende únicamente, como cree la lingüística interna, de la competencia dellocutor en el sentido chomskyano del término, sino también de lo que yo llamo el mercado
 
lingüístico. El discurso que producimos, según el modelo que propongo, es un “resultado”,de la competencia del locutor y del mercado en el que introduce su discurso, el discursodepende en cierta proporción (que habría que valorar con mayor rigor) de las condicionesde recepción.Toda situación lingüística funciona, por tanto, como un mercado en el que el locutor coloca sus productos; y el producto que produzca para este mercado dependerá de cómoanticipe los precios que van a recibir sus productos. Al mercado escolar, lo queramos ono, llegamos con una anticipación de los beneficios y de las sanciones que recibiremos.Uno de los grandes misterios que la sociolingüística debe resolver es esta especie desentido de la aceptabilidad. Nunca aprendemos el lenguaje sin aprender, al mismo tiempo,las condiciones de aceptabilidad de este lenguaje. Es decir, que aprender un lenguaje esaprender al mismo tiempo que este lenguaje será ventajoso en tal o cual situación.Aprendemos inseparablemente a hablar y a evaluar con anticipación el precio querecibirá nuestro lenguaje; en el mercado escolar —y en esto el mercado escolar le ofreceuna situación ideal al análisis— este precio es la nota, que implica muchas veces unprecio material (si no tienes una buena nota en tu ejercicio de oposición de la Politécnica,serás administrador en el INSEE y ganarás un salario tres veces inferior...). Por tanto,toda situación lingüística funciona como un mercado en el que se intercambian cosas. Es-tas cosas son, evidentemente, palabras, pero estas palabras no están hechas únicamentepara ser comprendidas; la relación de comunicación no es una simple relación decomunicación, es también una relación económica donde se juega el valor del que habla:¿Ha hablado bien o mal? ¿Es brillante o no? ¿Es buen partido o no?...Los alumnos que llegan al mercado escolar poseen una anticipación de lasprobabilidades que tiene tal o cual tipo de lenguaje de ser recompensado o sancionado.En otras palabras, la situación escolar en tanto que situación lingüística de un tipoparticular, ejerce una formidable censura sobre todos los que anticipan con conocimientode causa las probabilidades que tienen de beneficio y de pérdida, dada la competencialingüística de que disponen. Y el silencio de algunos no es sino el interés biencomprendido.Uno de los problemas que plantea este cuestionario es el de saber 
quién
gobierna lasituación lingüística escolar. ¿Tiene el mando el profesor? ¿Posee realmente la iniciativaen la definición de la aceptabilidad? ¿Domina las leyes del mercado?Todas las contradicciones con que se van a encontrar los que se embarquen en laexperiencia de la enseñanza del lenguaje oral, derivan de la siguiente proposición: lalibertad del profesor, cuando se trata de definir las leyes del mercado específico de suclase, es limitada porque nunca creará otra cosa que un “imperio dentro de un imperio”,un subespacio en el que se suspendan temporalmente las leyes del mercado dominante.Antes de ir más lejos en la argumentación, hemos de recordar el carácter tan especial delmercado escolar: está dominado por las exigencias imperativas del profesor de lengua,que está legitimado para enseñar lo que no tendría que enseñarse si todo el mundotuviera las mismas oportunidades de poseer esta capacidad, y que tiene el derecho decorrección en el doble sentido del término: la corrección lingüística (“el lenguaje
 pulido”)
esel producto de la corrección. El profesor es una especie de juez de menores en materialingüística: tiene el derecho de corrección y de sanción sobre el lenguaje de sus alumnos.Imaginemos, por ejemplo, un profesor populista que rechaza este derecho de correccióny que dice: “que tome la palabra el que quiera; el lenguaje más bello es el de los

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