Diario de CampañaAlberto del Solar
Ellos son también los que dan el indicio del valor manifestado, de la iniciativa de quedieron prueba y de la parte que respectivamente tomaron en el esfuerzo común lasdiferentes clases sociales.Por último, si no fuera por ellos, las generaciones venideras ignorarían cuál era el grado decultura y de moralidad de oficiales y soldados, porque sólo en ellos se hace mención de laconducta observada en el curso de la invasión, en los terribles momentos de la refriega y, aldía siguiente del triunfo, en el seno de las poblaciones sometidas.Desgraciadamente estas relaciones hechas por oficiales independientes, interpretando alcorrer de la pluma su diario de campaña, preciosas como documentos para la historia, por tantos títulos, son excesivamente raras, porque cuando «los arreos son las armas y eldescanso el pelear», difícil es encontrar el tiempo y la tranquilidad de espíritu suficientes para consignar su testimonio por escrito. Un gran capitán puede holgadamente escribir,como Julio César, sus comentarios mientras conduce sus legiones a la victoria; no así unsubalterno, cuyas múltiples atenciones le estrechan materialmente en su puestoabsorbiéndole su vida entera.En esta materia hemos sido los chilenos muy afortunados, porque desde los orígenes denuestra existencia, desde los tempranos días del descubrimiento y conquista hemos contadocon una serie no interrumpida de soldados-cronistas que nos han legado sus valiosasmemorias de actores, preferibles aún a informes de simples testigos oculares. DesdeGóngora Marmolejo y Mariño de Lovera, hasta Córdova Figueroa y Carvallo Goyeneche,fueron tenientes y capitanes los que, manejando la pluma con tanta soltura como esgrimíanla espada, nos proveyeron de las fuentes históricas de nuestro período colonial.Los diarios de Talavera y de Carrera, las cartas de O'Higgins, la autobiografía de Cochrane,el admirable libro del general Miller y las numerosas relaciones de nuestros hombres deguerra, preparadas a solicitud de nuestros escritores, han sido los materiales de la historia patria durante la lucha de la emancipación.El autor de este libro ha seguido, por consiguiente, senda trazada por nobilísimos predecesores.La manera como ha imitado el ejemplo acrecienta aún su mérito y da motivo para mayor elogio. La facilidad, corrección y galanura del estilo, las originales observaciones sugeridasal autor por las anormales situaciones en que se ha encontrado, la sencillez del arte con queha sabido interesar al lector en sus alternativas de penurias y de goces, la juvenil animacióny el entusiasmo patriótico con que describe el combate con su séquito de horrores y peligros, para salir al fin de entre el humo espeso de la pólvora a la claridad del triunfo, laoportunidad de los episodios anecdóticos y de la graciosa chispa en que abunda, revisten surelación de atractivos tales que seduce como la lectura de un romance ameno y, una vezabierto, impiden cerrar el libro hasta haberlo terminado.
Carlos Morla Vicuña.París, 14 de abril de 1886
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