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Diario decampaña
Alberto del Solar 
 
Diario de CampañaAlberto del Sola
Prólogo de Morla
 Edición primitiva de 1886 
Distinguido por el autor de este libro con el honroso cargo de presentarlo a sus lectores, meencuentro en el caso de quien es llamado a tener en la fuente bautismal una criatura deconstitución sana, cuya viveza y lozanía están proclamando, así el brillante porvenir que leaguarda en el mundo, como el vigor y juventud de sus padres. El padrino concluye, en talescondiciones, por enorgullecerse del ahijado y, en vez de considerar que le extiende alguna protección, se pone a fundar expectativas de que algún día redunde en su provecho lasegura gloria y popularidad del donairoso chicuelo.Bajo el modesto título de Páginas de mi diario de Campaña, es ésta una relación minuciosay verídica de un joven oficial del ejército chileno desde el día en que, cediendo alentusiasmo patriótico, se enroló bajo los pendones nacionales, hasta aquel en que, rebeladoel enemigo en reñida batalla, hizo, al frente de los suyos, con banderas desplegadas y al sonde parches y clarines, su entrada triunfal en la ciudad cautiva que le deparara en galardón lavictoria.De la masa de publicaciones que deja tras de sí toda guerra, procedentes de los másdiversos orígenes, y destinadas todas a ser consultadas cuando el tiempo haya calmado las pasiones, por el sereno historiador, ningún género es más digno de aprecio ni encierramayores atractivos que aquel de que es excelente modelo este pequeño volumen.Las exposiciones de los jefes militares o de los hombres de Estado que intervinieron en lossucesos asumiendo graves responsabilidades, cuando no se proponen la refutación decargos de que han sido blanco, adolecen del defecto de servir los planes de mal disimuladasambiciones. Para desenmarañar la verdad en toda su pureza de entre tales escritos,necesitan los contemporáneos recurrir al tamiz del más prudente discernimiento, y loshistoriadores futuros una cautela tan rigurosa que acaba por cercenarles la mayor parte desu utilidad. No sucede lo mismo con estas declaraciones voluntariamente hechas por oficialessubalternos que, libres de toda preocupación, han asistido a la contienda perdidos en lasfilas de sus regimientos y presenciado los hechos, no desde donde se ordenan y dominan,sino desde donde se realizan y se palpan. La juventud y comprobada valentía del testigorevisten su declaración de todos los caracteres de la sinceridad, y la circunstancia de brotar ella de los ínfimos rangos, pudiera decirse de la muchedumbre militar, la dota de unamultitud de rasgos que, apercibidos desps por inteligencias expertas, permitenreconstituir no sólo la fisonomía, sino hasta el espíritu de que iban animadas las masas decombatientes.¿Cuán a menudo no se descubre en estos detalles la verdadera clave de un fenómenohistórico que no se logra explicar satisfactoriamente a la luz que arrojan más pretenciosas einteresadas relaciones?En tales documentos es en donde realmente se discierne si el conflicto fue obra exclusivade gobiernos empeñados en seguir política que no trascendía más allá de la clase dirigente osi fue la explosión de animadversiones de pueblo a pueblo, por largo tiempo contenidas.
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Ellos son también los que dan el indicio del valor manifestado, de la iniciativa de quedieron prueba y de la parte que respectivamente tomaron en el esfuerzo común lasdiferentes clases sociales.Por último, si no fuera por ellos, las generaciones venideras ignorarían cuál era el grado decultura y de moralidad de oficiales y soldados, porque sólo en ellos se hace mención de laconducta observada en el curso de la invasión, en los terribles momentos de la refriega y, aldía siguiente del triunfo, en el seno de las poblaciones sometidas.Desgraciadamente estas relaciones hechas por oficiales independientes, interpretando alcorrer de la pluma su diario de campaña, preciosas como documentos para la historia, por tantos títulos, son excesivamente raras, porque cuando «los arreos son las armas y eldescanso el pelear», difícil es encontrar el tiempo y la tranquilidad de espíritu suficientes para consignar su testimonio por escrito. Un gran capitán puede holgadamente escribir,como Julio César, sus comentarios mientras conduce sus legiones a la victoria; no así unsubalterno, cuyas ltiples atenciones le estrechan materialmente en su puestoabsorbiéndole su vida entera.En esta materia hemos sido los chilenos muy afortunados, porque desde los orígenes denuestra existencia, desde los tempranos días del descubrimiento y conquista hemos contadocon una serie no interrumpida de soldados-cronistas que nos han legado sus valiosasmemorias de actores, preferibles aún a informes de simples testigos oculares. DesdeGóngora Marmolejo y Mariño de Lovera, hasta Córdova Figueroa y Carvallo Goyeneche,fueron tenientes y capitanes los que, manejando la pluma con tanta soltura como esgrimíanla espada, nos proveyeron de las fuentes históricas de nuestro período colonial.Los diarios de Talavera y de Carrera, las cartas de O'Higgins, la autobiografía de Cochrane,el admirable libro del general Miller y las numerosas relaciones de nuestros hombres deguerra, preparadas a solicitud de nuestros escritores, han sido los materiales de la historia patria durante la lucha de la emancipación.El autor de este libro ha seguido, por consiguiente, senda trazada por nobisimos predecesores.La manera como ha imitado el ejemplo acrecienta aún su mérito y da motivo para mayor elogio. La facilidad, corrección y galanura del estilo, las originales observaciones sugeridasal autor por las anormales situaciones en que se ha encontrado, la sencillez del arte con queha sabido interesar al lector en sus alternativas de penurias y de goces, la juvenil animacióny el entusiasmo patriótico con que describe el combate con su séquito de horrores y peligros, para salir al fin de entre el humo espeso de la pólvora a la claridad del triunfo, laoportunidad de los episodios anecdóticos y de la graciosa chispa en que abunda, revisten surelación de atractivos tales que seduce como la lectura de un romance ameno y, una vezabierto, impiden cerrar el libro hasta haberlo terminado.
Carlos Morla Vicuña.París, 14 de abril de 1886
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