yace “bajo los hexágonos del hermoso artesonado mudéjar de SanFrancisco que preside desde un altozano la villa”. Basta con darse un paseopor lo que queda del cementerio de santa Eduvigis para comprender dóndeestá la obscenidad de esta historia: el olvido del fogoso alguacil es fruto deun desahogo caribeño; lo de las cenizas de Berlín, es pura escatologíacenicienta anotada en la cuenta del poeta. Pero, y sobre todo, ¿qué más day a quién importa? Su paisano Ramón Carnicer, preguntado por CésarGavela acerca de este traslado recela: “Si en el otro mundo tuvo noticia deello, ¿complació a Gil el traslado? Su afección a Villafranca es por lo menos,dudosa”. ¡Y tan dudosa!, salió pitando y apenas quiso volver. ¿Por qué nohaberlo enterrado en Ponferrada, donde verdaderamente creció, civilmente,en alguna almena del castillo que inmortalizó en su obra? ¿O en Madrid,cerca de la tumba de su admirado Espronceda?Gil y Carrasco no era Lorca, asesinado por un falangista con dos tirosen el culo, por maricón, no hay memoria que vindicar. Gil y Carrasco murióen Berlín en el cenit de su vida, en la gloria que nunca soñó. Ya quisiera yogozar de la amistad de Humboldt. Cuando uno muere pacíficamente, alládonde el destino lo decide, dejadlo en paz. Si muero lejos, a mí no metraigáis de vuelta a casa: cualquier rincón del mundo es mi casa y allí dondeeche el último sueño, dejadme soñar. Lorca no era Gil y Carrasco: a Lorca, ya todos los lorcas anónimos, como a los trece de Priaranza, sí tenemos quesacarlos de la cuneta y de la fosa común y darles sepultura digna, y dejarque cada familia llore a sus muertos. La diferencia es sutil: al desenterrar lafosa común de Priaranza, desenterramos la fría verdad, sin rencores nivenganzas, y cerramos una herida para siempre. Sin embargo, con traer lascenizas falsas de Gil y Carrasco no ganamos nada: su memoria es su obra.Leamos su obra y dejemos las cenizas donde están, dispersas en elcementerio inexistente de Santa Eduvigis, que fue tragado por el muro de lavergüenza. No fue Kennedy ante el muro en 1963; ni Obama en 2008, quienexclamó: “Ich bin ein Berliner”, fue nuestro Enrique Gil y Carrasco,romántico, tísico, diplomático, gay, masón, ahora secuestrado por laderecha. ¡Qué hermoso: morir en Berlín sin olor a sacristía!De manera que, apenas abro las obras completas de Enrique Gil,avento cenizas vivas de su memoria. La edición magistral de D. JorgeCampos es de 1954, pero sospecho que la compré unos años después,porque nací en 1958. Con letra minuciosa de niño aplicado, completé labibliografía del autor. ¡Qué cosas hace un capitán de quince años! Gil yCarrasco me cautivó por la vena berciana; pero en realidad yo era fan deBécquer y Espronceda. De cabo a rabo me papé el tomo de Bruguera: lafecha no engaña, Ponferrada, 8-6-73. “Yo sé un himno gigante y extrañoque anuncia en la noche del alma una aurora”, declamaba sus versos en vozalta entre las tapias del cementerio del Carmen, donde Carmela Nieto mellevó por primera vez a depositar flores en la tumba de la madre de Gil yCarrasco, y aún lo hago, a escondidas, cuando nadie puede oírme:
¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!La Europa os brinda espléndido botín:sangrienta charca sus campiñas sean,de los grajos su ejército festín.
Desgarremos la vencida Europa: parece que Espronceda estáhablando de la decadencia que nos rodea, de la crisis financiera, de lashipotecas-basura y de las
subprime
. Y yo recitaba por entre las tumbasabandonadas su poema
El Mendigo
, con deliciosa mala leche y ecos de lascoplas de Jorge Manrique:
Leave a Comment