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Catherine Coulter - Serie Legados 3-El Legado de La Deshonra

Catherine Coulter - Serie Legados 3-El Legado de La Deshonra

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 EL LEGADO DE LA DESHONRA
CATHERINE COULTER
 
3º Saga Legados
 
1
CERCA DE BALTIMORE, MARYLAND, MARZO DE 1822
 Hipódromo del condado de Slaughter: Carreras del sábado, última carrera, ochocientosmetrosIba a perder. No quería perder, en especial con Jessie Warfield, aquella odiosa
 
muchachita. Sentía a Rialto detrás, clavando las pezuñas con firmeza en el suelo, la cabezaestirada hacia adelante, los músculos tensos. Miró por encima del hombro. Rialto seacercaba a toda velocidad; aquel maldito caballo de cinco años poseía una gran resistencia.
 
James se estiró todo lo que pudo y acercó la cara a la oreja de Tinpin. Siemprehablaba a sus caballos antes y durante una carrera para calibrar su humor. Tinpin, que teníabuen talante, siempre estaba dispuesto a escuchar a James. Como la mayoría de suscaballos de carreras, era un competidor feroz; tenía mucho nervio. El caballo deseabaganar tanto como James. La única vez que se vio apartado de la victoria fue en una ocasiónen que un jinete le golpeó con la fusta de montar.
 
James notó que el viejo Tinpin respiraba con dificultad. Era más un caballo decuatrocientos metros que de ochocientos, o sea que Rialto aquí tenía ventaja tanto en
 
habilidad como en experiencia. Era la segunda carrera de ochocientos metros que corríaTinpin. James lo espoleó y Je repitió, una y otra vez, que podía hacerlo, que podía seguir
 
en cabeza, que podía derrotar aRialto. Tenía que actuar ahora o sería demasiado tarde. James
 
le prometió a Tinpin un cubo doble de avena y un poco de champán en el agua de beber. Elcaballo dio un último aceleren pero no fue suficiente.Perdió, pero sólo por un cuerpo. El animal resoplaba y tenía el hocico lleno deespuma. James le hizo dar la vuelta, mientras escuchaba los gritos y vítores de lamultitud. Acarició el cuello empapado del animal y le dijo que era un valiente luchador,
 
que habría ganado si él no lo hubiera montado. Y probablemente habría sido así pese a lafamosa magia que James ejercía en los caballos. Había quien afirmaba que el propio Jamesllevaba algunos caballos a la línea de meta. Bueno, ese día no había llevado ningún
 
caballo a ningún sitio.En realidad, ni siquiera había llegado segundo después de Rialto. Había sido tercero;otro purasangre castaño, de las cuadras Warfield, un caballo de cuatro años llamadoPearlDiver, había adelantado a Tinpin.en el último momento, golpeando con la cola la piernade James. Tinpin no tenía mucho fondo, pero no había sido una carrera de seis
 
kilómetros lisos, sólo habían sido cuatrocientos metros y no debería haber importado. Loque importaba era el peso de más de James. Con un jinete más ligero, Tinpin habríaganado. James maldijo y se golpeó la bota con la fusta de montar.—¡Eh, James, me has hecho perder diez dólares! James llevaba a Tinpin a su mozode cuadra, con la cabeza baja. Superó su estado depresivo y sonrió a su cuñado, GiffordPoppleton, que se aproximaba a él andando como un toro civilizado: de baja estatura,aspecto fuerte, pero ni un gramo de grasa en el cuerpo. Le gustaba Giff y había aceptadode buena gana su matrimonio con su hermana Úrsula el año anterior.—¡Tú puedes permitírtelo, Giff! —le gritó a su vez.—Puedo, pero no se trata de eso. —Gifford llegó a su lado—. Lo has intentado,
 
James, pero eres demasiado corpulento para ser jinete. Los otros pesan veinticinco kilosmenos que tú; y eso se nota.—Maldita sea, Giff, qué brillante eres. Ojalá lo hubiera sabido antes. Y yo que creíaque sólo lo sabían los expertos...—Bueno, sé muchas cosas —repuso Giff sonriéndo-le—. Demonios, no habríaapostado por ti si Úrsula no me hubiera estado dando la lata.
 
—Esa jovencita aún pesa menos —dijo James.—¿Esa jovencita? Ah, Jessie Warfield. Sí, es una pena que el pobre Redcoat serompiera la pierna en la segunda carrera. Ése sí es un buen jinete. Le entrenaste muy bien.
 
¿Cuánto pesa? ¿Cincuenta kilos?—Cuarenta y cinco en un día soleado. ¿Sabes cómo se ha roto la pierna? Otro jinetele ha hecho estrellarse contra un árbol.
 
—Me ha dolido verlo. James, alguien tiene que crear' reglas para las carreras. Todo
 
esto es ridículo. Leí que en una carrera de Virginia envenenaron al caballo favorito lavíspera.—Puede que sea ridículo y puede que en ocasiones sea peligroso, pero es divertido,
 
Giff. Deja las cosas tal como están. Sólo ten cuidado con tus apuestas.—Como si a ti te importara. Eh, Oslow, ¿cómo te va?Oslow Penny era el jefe de crianza de James. Pero en los días de carrera era el jefe demozos de cuadra que supervisaba el traslado de los caballos que habían de correr. Era unahistoria oral andante, al menos así le llamaba James. El Maryland Jockey Club empezabaa estar de acuerdo. Oslow conocía la línea directa de ascendencia de todos los caballos decarreras de Carolina del Sur a Nueva York. También conocía a todos los sementales ytodas las hembras y a todos los vastagos de
todos los caballos de carreras de EstadosUnidos y Gran Bretaña.
 
 
Oslow se acercó a ellos, murmurando por lo bajo, y cogió con suavidad lasriendas de Tinpin que James sujetaba. Era un hombre escuálido que tenía las piernasarqueadas y las manos más fuertes que James jamás había visto. Su rostro estaba ajadopor la intemperie y tema algunas cicatrices, y sus ojos castaños mostraban inteligenciaigual que sus manos mostraban fuerza.
 
Miró a Gifford a la cara con los ojos entrecerrados para protegerse del sol de la
 
tarde.
 
—Buenas tardes, señor. ¿Cómo estás, muchacho? le dijo al caballo—.Cansado, supongo. Bueno, has hecho todo lo que has podido, mejor que DourKeg, esa
 
criatura patizamba que el viejo Wiggins se empeña en hacer correr. Diantre, nisiquiera recuerdo quién era su semental.
 
—¿Has apostado por el señor James, Oslow?
 
—Yo no, señor Poppleton —dijo Oslow, pasando una mano nudosa por elcuello de Tinpin—. Lo habría hecho si lo hubiera montado Redcoat. El señor Jameses demasiado corpulento, como Little Nell, que tres años atrás apenas podía
 
arrastrarse hacia la meta en las carreras de Dickey en Carolina del Norte y llegó el úl-timo.
 
Gifford rió.
 
—¿Crees que yo lo habría hecho mejor que el señor James?
 
—No con esas manos que tiene usted, señor Poppleton. Lo lamento, señor, perotiene manos como jamones, no como el señor James, que tiene magia en los dedos paralos caballos.
 
—Gracias, Oslow —dijo James—. Bueno, Gifford, vamos a ver a Úrsula.Supongo que no habrás traído a nuestra madre contigo, ¿eh? —Dio unas palmadas aTiptin en el cuello y se alejó —No, gracias a Dios. Intentó convencer a Úrsula de que noviniera a este lugar impío.
 
James rió. Aún sonreía cuando vio a la joven War-field que se acercaba hacia él
 
a grandes pasos, como un muchacho, luciendo aún el sombrero de montar con sucabellera pelirroja recogida debajo. Tenía el rostro enrojecido a causa del ardiente sol.Una línea de pecas le
 
cruzaba la nariz.
 
Él no quería pararse, pero lo hizo. Fue duro. Deseaba no hacerle caso durante elresto de su vida, pero él era un caballero, caramba.
 
 
Enhorabuena —dijo, tratando de no apretar los
 
dientes.
 
Ella le había vencido a menudo desde que era una chiquilla de catorce años, y
 
él lo odiaba. No se había acostumbrado a ello.
 
Jessie Warfield no prestó atención a Gifford Poppleton, presidente del UnionBank de Baltimore, cuando se acercó ajames y dijo:
 
 
—Has intentado arrojarme a la zanja en la segunda
 
vuelta.
 
James alzó una ceja castaño oscuro.
 
—¿Yo?
 
Ella se puso de puntillas y su nariz quedó a dos centímetros de la de James.
 

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