todos los ídolos, privando así a los museos del futuro de algunas de aquellas estatuas apenasdesbastadas, cuya piedra sube, por decirlo así, a la superficie y suprime la tosca formahumana, como si el dios representado de este modo perteneciese más al mundo sagrado queal mundo humano. Menos de tres años más tarde, Edwin el converso murió en el campo debatalla a manos de un príncipe pagano; es muy posible que su ex gran sacerdote y su
thane
melancólico fueran asesinados junto con él. No insinúo que, de haber seguido fieles a susantiguos dioses, hubieran podido seguir con vida. Más bien deseo creer que las potencias dearriba tenían interés en significar con ello que quienquiera que abrace una fe con esperanzasde obtener ventajas materiales y no por los bienes espirituales que procura, hace un flaconegocio. A la distancia que de ellos nos separa, ignoramos si esos bienes espirituales lesfueron o no otorgados a Edwin y a sus ligios.
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Dejemos el trasfondo histórico y las consecuencias de aquella memorable sesión;volvamos a esas pocas frases del
thane
para extraer de ellas las enseñanzas que aún puedenofrecernos. En primer lugar, son unas palabras muy hermosas. La metáfora extraída de laexperiencia corriente parece contener dentro de sí toda la violencia y todo el «confort» rudo delos inviernos del Norte. Después y sobre todo, la confesión de ignorancia del
thane
siguesiendo la nuestra, o más bien seguiría, si las filosofías, las técnicas y todas las estructuras queel hombre construye y de las que se halla prisionero no ocultaran a la inmensa mayoría de loshombres de hoy que no saben mucho más sobre la vida y la muerte de lo que sabía aquel jefede clan más o menos bárbaro...
Adveniensque unus passarum domum citissime pervolavit, qui cum per unum ostium ingrediens, mox per aliud exierit.
La prosa latina de Beda, tan torpe, esaún demasiado clásica para aquel pensamiento primitivo, a un tiempo concreto y fluctuantemás a sus anchas en la áspera versión del rey Alfredo:
Cume an spearwa and braedlice thaet hus thurhfleo, cume thurh othre duru in, thurn othre ut gewite
. Mas no caigamos por ello en ellugar común consistente en oponer ese mundo mental que preludia, a mil años de distancia, elsombrío universo poético del
Macbeth
de Shakespeare al espíritu grecolatino supuestamentemás lógico y menos envuelto en brumas de misterio. Es cuestión de época: un héroe deHomero, un lucumón etrusco hubieran podido hablar así.Si nos ceñimos más al texto que, en un principio, nos gustó únicamente por su belleza,advertiremos que el pensamiento del
thane
va audazmente en contra de venerables hábitosmentales que aún perduran. Quienes como Vigny, ven la vida a la manera de un espacioluminoso entre dos sombras infinitas, se figuran de buen grado esas dos zonas oscuras, la deantes y la de después, como inertes, indiferenciadas, como una suerte de nada-frontera. Loscristianos, a pesar de su fe en una inmortalidad beatífica o infernal, piensan en la zona que haydespués de la muerte (les preocupa bastante poco la de antes de la vida) como en el lugar deleterno descanso.
Invideo, qua quiescunt
, decía Lutero contemplando unas tumbas. Para aquelbárbaro, por el contrario, el pájaro sale del huracán y vuelve a la tempestad; aquellas ráfagasde lluvia y de nieve impulsadas por el viento en la noche druidica nos recuerdan el remolino delos átomos, los ciclones de formas de los sutras hindúes. Entre esas dos monstruosastormentas, el
thane
interpreta el paso del pájaro por la sala como un momento de tregua
. Nossorprende mucho. El
thane
de Edwin sabía, sin embargo, que un pájaro, cuando entra en lacasa de los hombres, da vueltas despavorido a riesgo de romperse las alas contra aquellasparedes incomprensibles, de quemarse con la llama o de verse atrapado por los dogostendidos ante la chimenea. La vida, tal como la vivimos, no es un momento de tregua.
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Spatio serenitatis
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