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En Norteamérica lleva ya una década,donde la mayoría de sus Estados estáninmersos en una carrera frenética porestablecer estándares por niveles ymaterias, habiendo alcanzado nuevasexigencias con la ley federal
No Child Left Behind Act
("que ningún niño se quedeatrás") para que los Estados midan el"progreso anual adecuado" de losalumnos. La "nación en riesgo" del 83 (porreferirme al famoso informe) ha dado lu-gar, veinte años después, a una cruzadapor los estándares. Por su parte, en In-glaterra, además de la Oficina deEstándares para la Educación (OFSTED),ha adquirido nuevos bríos con ladirección por David Hopkins de la Unidadde "Estándares y Efectividad" delMinisterio de Educación. En fin, como setitula un reciente informe gubernamentalinglés, estamos en "tiempo deestándares".En el inveterado problema de cómo hacergobernable la enseñanza, es decir cómodesde la política educativa se puede in-fluir positivamente en lo que se hace enel aula superando la débil conexión, elmovimiento de los estándares ha encon-trado una
teoría de acción
: definir los re-sultados esperados, medirlos y usar losdatos resultantes para influir en laenseñanza, ya sea directamente mediantela intervención de la autoridad o, comoes más común, indirectamente por los in-centivos o sanciones derivadas de losresultados alcanzados, por la propiaadministración educativa o cediéndola alos clientes. Al respecto, declara Elmore(2000, p. 4), "se quiera o no, la reforma basadaen estándares representa un cambio funda-mental en la relación entre política y prácticadocente”. De este modo, las presionespara incrementar los resultados en elrendimiento de cuentas parecen haberseconvertido actualmente, al menos para lapolítica educativa, en la principal aveni-da para la reforma educativa. En muchoscasos (Inglaterra, Nueva Zelanda o Chi-le) vinculada a una estrategia mercantilde dar criterios a los clientes para elegircentros, mediante la publicación declasificación de los centros en "ranking".No obstante, como mostraremos, hayrazonables dudas de si la evaluación ex-terna de los resultados (
accountability
)pueda comportar un proceso de mejorainterna (MEHRENS, 1998). Por una parte,resulta discutible que la evaluación decentros, por sí misma, pueda provocar unaacción coordinada del profesorado queincremente los aprendizajes de losalumnos (O'DAY, 2002). Por otra, una po-lítica evaluadora de "palos y zanahorias",como dice Darling-Hammond (2001), llevapoco lejos. En tercer lugar, Richard Elmore(2002) ha establecido el "principio dereciprocidad" en el rendimiento decuentas, consistente en que lasexigencias de consecución de estándarestienen, recíprocamente (
quid pro quo
),que corresponderse con la capacitaciónpara lograrlos.Las tesis que voy a defender en este artícu-lo es, en primer lugar, que una evaluacióninstitucional de los centros debe conjuntar:
Gest. Ação, Salvador, v.9, n.1, p.37-60, jan./abr. 2006Evaluación institucional: entre el rendimiento de cuentas y la mejora interna
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