3
IPor el ventanillo del calabozo, un rayo de sol entra jocundo, adornacon ancho galón de oro los ladrillos y trepando por las patas del catre,cosquillea al durmiente en el rostro. Antonio Portocarrero despiertarestregándose los ojos con ambos puños, bosteza, la boca abierta de paren par y mira en torno suyo con asombro.Siéntase en la barra del lecho examinando la celda de hito en hito ycual si al fin, libertándose de una pesadilla, comprendiese, murmura:«todavía... otro día más».Joven, de estatura prócer, la fisonomía enérgica y simpática la colormelada, cuya palidez actual aumenta la sombra de la barba ida. Loscabellos negros, de rebeldes vedijas, la nariz roma y los labios carnososde bordes morados, denuncian las gotas de sangre africana que,desleídas, corren por sus venas. Las pupilas grandes y brillantes,henchido el pecho.El preso registra la estancia, tal si la viese por primera vez. En unángulo, un aguamanil desportillado, de hierro esmaltado, sostenida la jofaina en una trípode. En mitad del testero, junto al muro, una mesita depino, sin barnizar; al lado de ella una silla, cerca una mecedora, yencima una alcarraza, una copa y varios libros: «Los Girondinos», dostomos de «El Consulado y el Imperio», «Los Misterios de París»,«Historia Universal» por Juan Vicente González, y los «TresMosqueteros». El recuerdo de los amigos que le proporcionan el placerde la lectura, le saca a la cara la luz de una sonrisa. En extremo opuesto,vecino a la puerta de roble con hileras de clavos cabezones remachados,un cuñete, ceñido por arcos de acero, receptáculo de sus deyecciones,que dos veces por día un penado carga en hombros y vierte en el mar.Sus emanaciones infectan. Estos objetos, una escoba y el catre con unaalmohada y dos sábanas, componen el ajuar. El enladrillado es frío. Laspiedras de las gruesas paredes han sudado durante siglos. Musgoverdinegro vetea el enjalbegado. La humedad se caía hasta los huesos.
Leave a Comment