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Maxwell Huntington, Escritor

Maxwell Huntington, Escritor

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Published by Victor C. Drax
Un escritor famoso y egocéntrico escribe de terrores inefables demasiado reales...
Un escritor famoso y egocéntrico escribe de terrores inefables demasiado reales...

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Maxwell Huntington, Escritor
PorVíctor C. Drax
Escribir no es lo que era: el medio de liberar mi alma. Ahora la idea de
sentarme frente a la máquina de escribir me provoca horrendos escalofríos y soy incapaz decontrolarme frente a las letras. Temo de mi sombra y las formas misteriosas que se asomanentre los espacios de las puertas entreabiertas y las ventanas, con ojos invisibles y dedososcuros, ordenándome a seguir, no parar la escritura. No siempre fue así. Como dije,escribir era el máximo sentido del ser. Mi nombre es Maxwell Huntington. Nací en milochocientos noventa y dos. Mi madre soltera me educó lo mejor que pudo y me gradué enliteratura. Durante mi crianza permanecí abrazando a libros de diversas índoles, primerociencias, luego fábulas. Acaricié al Retrato De Dorian Gray y a Fausto. Mi primer escritofue una copia de Poe desapercibida. No me rendí. Si de joven permanecía en mi recámara,alumbrado por una vela y con una novela abierta sobre mis piernas, ahora bastaba una velay la máquina de escribir. Si ésta faltaba, escribía a mano. ¡De haber sabido lo que medeparaba un destino tan horrendo no habría escrito palabra en mi vida! Los caminos de laperdición son extraños y, a menudo, confusos. Me casé en dos ocasiones, fracasando. Laverdad, soy un bueno para nada y esta depresión no se reduce a mi reciente estado deánimo. No sé cambiar aparatos mecánicos ni repararlos. No puedo beber mucho sinemborracharme y tampoco sé de ciencias más de lo básico. Pero si me piden que plasme enpapel las más aterrorizantes historias, no hay nadie mejor. Mis únicos hijos eran lospersonajes en las numerosas novelas que escribí. Mis relatos de terror viajaron por elmundo y me trajeron ganancias que sirvieron para costearme la mansión en la que habito,
 
en Boston. Es sorprendente cómo la gente te escucha más cuando eres reconocido. Adondequiera que fuese mi fama precedía mi nombre. Mi primer matrimonio fracasó y no meimportó, pero la segunda vez me enamoré. Viví enamorado por un buen tiempo hasta quedescubrí que ella se veía en secreto con otro. Me prometí ser tan egoísta como el mundoque me rodeaba. La servidumbre eran los únicos que me trataban viéndome a la cara,porque por el resto tendría que arrodillarse ante mí. Entonces, cuando mi ego no podía sermayor, el horror comenzó.Aquella noche yo había tenido accesos febriles que me obligaron a permanecer encama hasta tarde. Cuando pude conciliar sueño tuve imágenes de procedencias ahoraobvias. Desperté, exaltado y lleno de sudor. Llovía y no había luz eléctrica en la mansión,demasiado grande, pero comprada esperando acoger a una familia, proyecto de vida quenunca se dio. Encendí una vela y caminé, llamando el nombre de la sirvienta. La mansión,alumbrada por los relámpagos, me hizo sentir un tonto temor, pues la conocía como lapalma de mi mano. Sin embargo, creí ver merodear entre las sombras a los tantos espectrosde los que había escrito. Rondé hasta la cocina, extrañado porque no se escuchaba ni voz nirumor.La cocina estaba sola, pero la chimenea estaba encendida. El fuego parecía reciénencendido, cosa que sirvió para aumentar la interrogación. Cuando volteé hacia la puertapor la que había entrado casi me desmayo de puro terror. La mujer infernal, una burla a losángeles caídos estaba en el umbral. Sus únicos rasgos humanos eran aquellos que hacíanpensar que era mujer. Alas fabricadas con su propia piel, extendida por medio de artefactosenganchados a ella. Su atuendo, obsceno, no pude imaginarlo ni en mis más disparatadasideas. Desollada pero serena.Creí que era producto de mi imaginación fatalmente vívida, pero al restregarme los ojos ycomprobar que seguía allí me invadió el más desesperado pánico y caí al suelo. Recuerdohaberme encomendado a los poderes sagrados que en algún lugar debían existir, porque nocabía duda de que los demonios eran reales. Sin aliento y deseando despertar de aquellapesadilla, vi como el ángel caminó hacia mí.—Dios no tiene nada que ver con esto. —Dijo ella con voz femenina y hermosa.No recuerdo más, porque lo que dijo a continuación permanecerá atormentando losrincones de mi sanidad. Abrió sus delicados labios negros:—Vengo buscando a Maxwell Huntington, escritor.Dejó los términos del contrato claros. Me pidió que hiciera lo que nadie había hechopor los de su clase: escribir sobre ella, un demonio real. Se había hecho cargo de todos en lamansión, lo mejor que yo podía hacer era responder a mi fama y ella vendría a la nochesiguiente. Permanecí temblando en el suelo por quizá horas. Al recuperar el control, bebí una taza de té insípido. Ella era el heraldo de mi destrucción, pero en aquella época valía lapena salvarse, o eso pensé. Escribí, toda la noche y todo el día, no dormí ni comí. A lanoche siguiente, el ángel caído tomó entre sus dedos el relato y leyó.—Muy bien —dijo—. Tu recompensa…Clavó sus uñas en mi mejilla, provocando una herida que ni siquiera ahora hacicatrizado. Fue la primera de un centenar de visitas....Podrían decir que esta es la venganza de la vida por mi egoísmo y soberbia o sólo sedebe al simple azar. No importa. Ahora soy más semejante a ellos que a un humano. Lagente dice que la mansión Huntington está embrujada y el viejo Maxwell ha muerto. Laverdad es mucho peor. Porque lo único real aquí es el sufrimiento, lo único seguro. Debo

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