LOS ARBOLES MUEREN DE PIE
Despacho en la institución del doctor Ariel. En escena MAURICIO e ISABEL.
MAURICIO.- ¿Tranquila ya?ISABEL.- TranquilaMAURICIO.- ¿De verdad no tiene miedo?ISABEL.- No. Ahora es más profundo. No sé lo que va a decirme, pero siento que toda mi vidaestá pendiente de esas palabras. ¡Hable, por favor!MAURICIO.- Conteste primero.
(Da un paso hacia ella)
. Señorita Quintana, ¿qué le ocurrióanoche?ISABEL
(Retrocede turbada.)
.-¡No, eso no! ¿Con qué derecho me lo pregunta?MAURICIO.- Es necesario. Conteste.ISABEL.- ¡Déjeme! ¡No me obligue a recordarlo!
(Se deja caer en un asiento, sollozando ahogadamente).
MAURICIO.- Vamos, no sea niña. Míreme a los ojos, no son los de un policía ni los de un juez.Confiese sin miedo. ¿Qué le ocurrió anoche?ISABEL.- Estaba desesperada... ¡No podía más! Nunca tuve una casa, ni un hermano, ni siquieraun amigo. Y, sin embargo, esperaba..., esperaba en aquel cuartucho de hotel, sucio y frío. Ya nisiquiera pedía que me quisieran; me hubiera bastado alguien a quien querer yo. Ayer, cuandoperdí mi trabajo, me sentí de pronto tan fracasada..., tan inútil... Quería pensar en algo y no podía;sólo una idea estúpida me bailaba en la cabeza: "No vas poder dormir..., no vas a poder dormir".Fue entonces cuando se me ocurrió comprar el veronal. Seguramente las calles estaban llenas deluces y de gente, como otras noches; pero yo no veía a nadie. Estaba lloviendo, pero yo no me dicuenta hasta que llegué a mi cuarto, tiritando. Hasta aquel pobre vaso en que revolvía el veronaltenía rajado el vidrio. Y la idea estúpida iba creciendo: "¿Por qué una noche sola?... ¿Por qué nodormirlas todas de una vez?" Algo muy hondo se rebelaba dentro de mi sangre mientras volcabaen el vaso el tubo entero; pero ni un clavo a donde agarrarme, ni un recuerdo, ni una esperanza...Una mujer terminada antes de empezar. Había apagado la luz y, sin embargo, cerré los ojos. Derepente sentí como una pedrada en los cristales y algo cayó dentro de la habitación. Encendí,temblando... Era un ramo de rosas rojas y un papel, con una sola palabra: "¡Mañana!" ¿De dóndeme venía aquel mensaje? ¿Quién fue capaz de encontrar entre tantas palabras inútiles la únicaque podía salvarme? "Mañana". Lo único que sentí es que ya no podía morir aquella noche sinsaberlo. Y me dormí con la lámpara encendida, abrazada a mis rosas, ¡mías!, las primeras querecibía en mi vida.., y con aquella palabra buena calándome, como otra lluvia: "¡Mañana, mañana,mañana...!"
(Pausa, recobrándose.)
A la mañana siguiente, cuando desperté...
(Buscando en su cartera).
MAURICIO.- Cuando despertó, había debajo de su puerta una tarjeta azul, diciendo: "No pierda sufe en la vida. La esperamos."
(ISABEL lo mira desconcertada, con su tarjeta azul en la mano. Se levanta, sin voz).
ISABEL.- ¿Era usted?MAURICIO.- Yo.ISABEL.- Pero, ¿por qué? Yo no le conozco ni le he visto nunca. ¿Cómo pudo saber?MAURICIO.-
(Sonriente).
Tenemos una buena información. Cuando supe que había perdido sutrabajo y la vi caminar sin sentir la lluvia, comprendí que debía seguirla.ISABEL.- Yo no había pensado aún... ¿Cómo adivinó lo que iba a suceder?MAURICIO.- El tubo de veronal ya era sospechoso, pero mucho más el verla entrar en la pensiónsin cerrar la puerta; cuando una mujer sola deja abierta su puerta, es que ya no tiene miedo anada.ISABEL.- ¡Por lo que más quiera, no se burle de mí! ¿Quién es usted? ¿Y qué casa es ésta,donde todo parece al mismo tiempo tan natural y tan absurdo?
(MAURICIO la toma de la mano y la hace sentar).
MAURICIO.- Ahora mismo va a saberlo. Pero, por favor, no lo tome tan dramáticamente. Sonría.No hay ninguna cosa sería que no pueda decirse con una sonrisa.
(Da unos pasos y queda deespalda a ella, frente al retrato)
. ¿Ha oído hablar alguna vez del doctor Ariel?ISABEL.- Solamente el nombre; hace un momento.