extramuros de Jerusal
é
n dos mil a
ñ
os despu
é
s son profundos y van m
á
s all
á
que las meras formas externas y aparentes de manifestaci
ó
n religiosa.El sacrificio de Jes
ú
s de Nazaret y los elementos simb
ó
licos y dogm
á
ticosanejos a la narraci
ó
n que de la misma ha hecho la tradici
ó
n posterior es labase misma de las creencias cristianas. El sacrificio cruento del cuerpo delhijo de Dios, su posterior resurecci
ó
n y ascensi
ó
n a un plano de la realidaddiferente en el cual se une con su padre y la conmemoraci
ó
n posterior deeste hecho que los fieles realizan en forma de consumici
ó
n del cuerpo de esehijo (la comuni
ó
n o eucarist
í
a) a fin de participar de su santidad ymaterializar la esperanza de salvaci
ó
n tras la muerte, es la fuente yculminaci
ó
n de la vida religiosa del cristiano.
Esta noci
ó
n de consumici
ó
n e ingesta f
í
sica del cuerpo del dios para poderas
í
participar de su esencia divina, unida a la esperanza de resurecci
ó
n yvictoria sobre la muerte por parte del adepto que la espera para s
í
, porextra
ñ
a y primitiva que parezca a quienes no se les ha inculcado desde suinfancia en la educaci
ó
n religiosa como algo natural y l
ó
gico es la base de lavida espiritual de una parte muy numerosa de la humanidad hoy en d
í
a. Elorigen de esta idea puede en parte rastrearse hasta las orillas del Nilo. Elprestigio de la cultura egipcia y sus manifestaciones en la antig
ü
edad eramuy grande, y no es extra
ñ
o el observar sus efectos en las culturas vecinas.No se trataba de una cultura monol
í
tica, a pesar que sus manifestaciones
1
Para la iglesia cat
ó
lica, por ejemplo, esta conmemoraci
ó
n “Es signo de unidad, v
í
nculo decaridad y banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nosda prenda de la vida eterna (Cfr.
Compendio del Catecismo de Doctrina Cat
ó
lica
n. 271).
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