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Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar aorillas del Ganges, vivía un príncipe muypoderoso que había heredado de su padre yrey una amplia cantidad de territorios; tantosque al príncipe se le conocía como Rey delGanges, y se le rendía tributo desde lejanospaíses por la fuerza que acumulaba a sualrededor. Sin embargo, como suele pasar conaquellas personas a las que les dan todohecho, descuidó sus obligaciones e ignoró por completo su existencia, dedicando su vida afanfarronear y disfrutar de los placeres delmundo a costa del trabajo de su pueblo.Debido a esta actitud, el pueblo vivíaoprimido y descontento. Los reinos cercanos,al verlo, rompieron las alianzas con el príncipey se prepararon en armas para invadir sustierras. Ante la amenaza, el rey sedespreocupaba, confiado en las fuerzas de unejército tan grande.- Pero has de comprender, alteza -le decíanconsejeros y nobles-, que sin el apoyo de supueblo, el de rey no es más que un títulovacío, pues sólo el amor de los vasallosgarantiza el trono, une a los pueblos, y lubricaa los estados garantizando la permanencia delos que ejercen fuerza y poder.Habiendo ignorado estos consejos, y viendoque no cesaban, el príncipe comenzó a tomar aquellas palabras como ofensas e insultos, yordenó la muerte de muchos de sus mássabios matemáticos y filósofos que,imprecavidos, por no cerrar sus bocas seabrieron sus cabezas.Las noticias de tales asesinatos llegaronhasta su mentor, un sabio persa llamadoSikhsa, que en aquellos días ya no era másque un simple anciano que disfrutaba de lavida contemplativa en las montañas. Muchosde aquellos muertos habían sido amigos ycompañeros, y su pérdida le entristeció.Decidió que el príncipe no había aprendidobien de todo aquello que le enseñó en suinfancia, y que era su deber terminar el trabajoque había comenzado al maleducar a aqueltirano. Había lecciones que el príncipe debíaconocer, pero debía hacerse de tal forma queel príncipe llegase a ellas por sí mismo, de talforma que no pudiese despreciarlas por venir de otro.Así fue como Sikhsa pasó un mes tallandopiezas de nogal a la luz de la luna, diseñandoun juego que construyó sobre las reglas delshatur-anga, al que los árabes conocieroncomo ash-shataranch y que llegó hastanosotros con el nombre de Ajedrez. Con élbajo el brazo, se adentró en el palacio y sedirigió al príncipe. "He oído que disfrutas detodo tipo de juegos y diversiones", le dijo, "por lo que quisiera mostrarte este entretenimientode mi invención". Tras unas rápidas partidas,el príncipe se mostró confuso.- ¿Cómo es posible -expresó el príncipe-que siendo el príncipe la figura más importantedel juego estén sus movimientos tan limitadosque apenas pueda atacar o defenderse?- Eso es -respondió Sikhsa-, porqueprecisamente los más poderosos acabansiendo los más indefensos cuando no tienen asu lado nadie que les proteja, ya que sin elamor de sus vasallos y soldados los príncipescarecen de ventaja alguna sobre otroshombres. Así, el rey sólo puede atacar odefenderse con el apoyo del resto de fichas del juego.Observando esta realidad con sus propiosojos, el príncipe comprendió el favor que lehabían hecho al guiarle hacia tan gran verdad,y decidió corregir su comportamientoinmediatamente. Buscó el favor de quienes lerodeaban y, gracias a sus servicios, pudoevitar la guerra y mejorar la situación de suabandonado pueblo. Tras ver los resultados dela lección aprendida, el príncipe decidióconceder como recompensa al sabio cualquier cosa que éste le pidiese.- Es una cosa muy sencilla. Apenas losgranos de trigo que llegue a acumular eltablero si, poniendo un simple grano en laprimera casilla, se coloca en cada una de ellasel doble que en la anterior. Así, quedaría ungrano en la primera casilla, dos en la segunda,cuatro en la cuarta, y así sucesivamente.El príncipe, maravillado por la sencillez de la
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