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PRÓLOGO
Los lanzallamas
, gran fresco expresionista, que produce en lo literario la ruptura devolúmenes exteriores y visuales de las cosas, injerta en 1931 aquel grito de Büchner: “Seamosesenciales”. Pero fuera de las coordenadas tempoespaciales de esa primera mitad del siglo
XX
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que marcha hacia la segunda Guerra mientras se gesta el existencialismo sartreano
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Roberto Arlt carece de sentido.En cambio, si conseguimos figurar la coherencia del marco histórico, los fantasmagóricoshabitantes de esta porteña Corte de los Milagros, que aparecieron ya en
Los siete locos
y aquíviven los episodios finales de sus vidas, pueden llegar a entusiasmarnos: nos enfrentan con un precursor tan caótico como único.En su quinta de Temperley, el Astrólogo monologa con Hipólita; “con”, pues si bienmonologa, la motivadora, Hipólita, no puede faltar. El replanteo esencial fluye: el sentido dela vida, nuestra civilización, la felicidad del hombre, el hombre frente a la verdad, el sentidodel conocimiento, Dios, la mujer.Y ese planteo esencial está continuado en esta serie de “conversaciones” por Erdosain,cuya expresión clave podría ser: “Estoy monstruosamente solo [...] No me importa nada. Diosse aburre igual que el Diablo”. Es un Erdosain que nos remite al existencial personaje deYank en
El mono velludo
de O'Neill; como él, se siente desprotegido por el autor de sus días,arrojado a la existencia. Como él, la incapacidad de escindir el volumen geométrico de losseres, de las cosas, del hombre y del mundo, impidiéndole llegar a la realidad última yverdadera, lo devuelven a sus orígenes, y “como las grandes fieras carniceras da un gran saltoen el vacío, cae sobre la alfombra y despierta en cuclillas sorprendido” (
Op. Om. Fabril, pág.35, T. II
).Y ese simio triste que es el hombre pasa de la angustia al humor; de pronto se divierteconsigo mismo, como cuando le dice a la primaria Doña Ignacia: “y algún día, cuando yo mehaya muerto, la vendrán a ver a usted y le dirán: «Pero, díganos, señora, ¿cómo era esemozo?»”Y del humor pasa a la necesidad de humillación, y de ahí al “deseo inconsciente devengarse de todo lo que antes había sufrido”; entonces no ríe con sus personajes, sino que losdescarna en un realismo impío, soberbio, resentido e impenitente, que para autocastigarseafecta el cinismo, o apela al naturalismo del “cajón de basura” a lo Zola.Y la
conversation series
continúa. El monólogo subraya la radioscopía interior, aunquecaiga de pronto en el artificio de hacerle leer a un Haffner
La Conquista de la Nueva España
,de Bernal Díaz del Castillo.Este hombre, Erdosain, sufre: su sentido religioso de la vida se ha ahuecado de nada, y lalibertad que sobrelleva no lo deleita, porque al “igual que las fieras enjauladas va y viene por su cubil frente a la indestructible reja de su incoherencia” (
Op. cit., pág. 51
).Entonces, constantemente gira en su
ritornello
: “Es necesario que a nosotros nos sea dadoel cielo, concedido para siempre. Hay que agarrarlo al terrible cielo” (
Op. cit., pág. 53
). Hayque dar “El gran salto, pero ¿cómo darlo? ¿En qué dirección? […] y sin embargo, yo necesitoamar a alguien, darme forzosamente a alguien”, y la conclusión: “estoy muerto y quiero vivir.Esa es la verdad” (
Op. cit., pág. 59
).Y aquí surge la revolución como sucedáneo de entrega, como parodia de heroicidad; la política como canalización catártica de las sobrecargas criminales del hombre.