Revista de Educación Superior, Facultad de Educación, UNMSM., 1999.
CONCEPCIONES DE LA INTELIGENCIA
P. Ortiz C.
Para el docente de todos los niveles del sistema educativo, no escapa que su laborpersonal debe contribuir a la formación de las personas, incluido él mismo. Sin embargo,en el desempeño de su labor podría tener la impresión o la seguridad de que su papel socialprincipal es la formación intelectual de tales personas, puesto que la formación deltemperamento y el carácter apenas se mencionan en el currículo. Por eso, al preocuparsepor el desarrollo intelectual del alumno, sin duda que habrá tomado más en cuenta variosconceptos relacionados entre sí –como mente, pensamiento, cognición, conocimiento,inteligencia, intelecto, destrezas, aptitudes, habilidades, talento– que le servirán paradelimitar el
objeto
con el que tiene que tratar; o mejor, conceptos que debe saber definirpara conocer mejor y explicar los procesos internos del
objeto
que él modifica por mediode su trabajo social. Sabe, entonces, que no sólo cuestión de decir que su función esformar, o contribuir a formar a las personas.El problema es que al tratar de precisar los conceptos básicos mencionados y otrosafines, seguramente que el educador se ha encontrado con una frondosa literatura, con unacontradictoria terminología, y al final haya terminado por usarlos como si fueransinónimos; incluso es posible que al final de su estudio haya intuido o notado con claridadque se trataba de definiciones del sentido común, que los términos se aplican por igual alos hombres y a los animales, muchas veces disfrazados con la jerga estadística o de lasciencias naturales. Más aún, se habrá dado cuenta, o convencido aún más si es que ya se lohabían dicho, que en ausencia de una teoría científica consistente, a veces es más prácticoy honesto guiarse por las propias convicciones; y si uno dispone de una sólida estructuramoral, los resultados serán los esperados por sus discípulos, por su comunidad y por élmismo.En efecto, sabemos que cuanto se haga por la formación de las demás personas seenmarca en una concepción ética y científica de la naturaleza, la sociedad y el hombre, yque por tanto, toda actuación personal efectiva sobre las demás personas debe tenerconsecuencias morales. La cuestión es que la docencia no tiene que ser sólo enseñar aaprender, sino que es o deber ser un trabajo con que el se contribuye efectivamente aformar personalidades, y aunque en los niveles superiores del sistema educativo estemospensando más en contribuir a la formación intelectual, el trabajo de servicio del docenteserá más apreciado e imitado en la vida real si es que se enmarca en una concepciónintegral del hombre. Naturalmente que este tipo de trabajo social orientado a formarindividuos concretos requiere no de una concepción de la inteligencia en abstracto, sino deuna concepción del intelecto concreto como es cada persona en sí. Esto, en realidad, debeobligarnos a replantear nuestros conceptos de personalidad e intelecto, puesto que comotodo el mundo aspira, no creemos que sea el uso de la información en sí el objetivo de lalabor educativa, sino cómo hacer para que esta información forme parte de la estructuramisma de la personalidad en formación. Es pues desafortunado que las teorías vigentessobre la naturaleza humana y la inteligencia hayan contribuido tan poco al desarrollo