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Charles H. Spurgeon - Un Ministerio Ideal

Charles H. Spurgeon - Un Ministerio Ideal

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Charles H. Spurgeon - Un Ministerio Ideal
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23
la mayordomía
LA MAYORDOMÍA
A
mados hermanos –podría incluso decir con Pablo:«Hermanos míos amados y deseados»– me produ-ce un intenso deleite mirar de nuevo vuestros ros-tros; y al mismo tiempo siento la carga de una solemneresponsabilidad al tener que orientar vuestros pensamientosen esta hora, para dar la pauta de nuestra solemne Con-ferencia. Pido vuestras continuas oraciones para que puedahablar como debo, diciendo lo más apropiado de la ma-nera más acertada.Hay considerable ventaja en la libertad de que se dis-fruta en el mensaje inaugural. Puede adoptar la forma me-tódica de un sermón, o puede revestirse de modo más có-modo y presentarse en la forma familiar del discurso. Ciertaslibertades que no se conceden a un sermón, se me per-miten en esta plática discursiva. Poned a mi charla el nombreque queráis cuando haya terminado; pero será un sermón,pues tengo en mente un texto definido y claro, y me atendréa él con bastante regularidad. No estará de más que loanuncie, pues así dispondréis de una clave para ver lo quepretendo deciros. Hallaréis el pasaje en la Primera Epís-tola a los Corintios en los versículos primero y segundodel capítulo cuatro:
«Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores
(1)
 de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea ha-llado fiel».
El apóstol anhelaba ser tenido por lo que era, y hacía
(1) En la versión inglesa se lee
ministros
y
mayordomos
.
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24
un ministerio ideal
bien; pues los ministros no suelen ser correctamente apre-ciados; por regla general, los demás, o se glorían en elloso los desprecian. Al principio de nuestro ministerio, cuandolo que decimos es nuevo y nuestras energías rebosan; cuandoardemos y lanzamos destellos, y pasamos mucho tiempoen preparar fuegos artificiales, las personas son propen-sas a tenernos por seres maravillosos; y entonces se ne-cesita la palabra del apóstol: «Así que, ninguno se gloríeen los hombres» (I Corintios 3:21). No es cierto, comoinsinúan los aduladores, que en nuestro caso los dioseshayan descendido en la semejanza de hombres; y seremosidiotas si lo pensamos. A su debido tiempo, las ilusionesestúpidas serán curadas por los desengaños y entoncesoiremos la desagradable verdad, mezclada con censurasinjustas. El ídolo de ayer es hoy el blanco de las pullas.Sean nueve días, nueve semanas, nueve meses, o nueveaños; tarde o temprano, el tiempo produce el desencan-to, y cambia nuestra posición en el aprecio del mundo.Pasó el día de las primaveras, y han venido los meses delas ortigas. Cuando ha pasado el tiempo de que las avescanten, nos aproximamos a la estación de los frutos; perolos niños no están tan contentos con nosotros como cuandopaseaban por nuestros exuberantes prados, y hacían co-ronas y guirnaldas con nuestras flores. En nuestros añosmaduros, la congregación echa de menos las flores y el verdor. Quizá nos estamos dando cuenta de ello. El hombremaduro es sólido y lento; mientras que el joven cabalgaen alas del viento. Es evidente que algunos tienen una ideaexagerada de lo que somos; otros la tienen demasiadomezquina; sería mucho mejor si todos ellos pensaransobriamente que somos «servidores de Cristo». La Igle-sia saldría ganando, nosotros seríamos beneficiados, y Diossería glorificado, si nos pusieran en el lugar que noscorresponde, y nos mantuvieran allí, sin apreciarnos endemasía, ni censurarnos injustamente, sino considerán-donos en relación con el Señor, y no en nuestras propiaspersonalidades. «Téngannos los hombres por ministros deCristo».
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25
la mayordomía
Somos ministros. Esta palabra tiene un sonido muy res-petable. Ser ministro es aspiración de muchos jóvenes. Quizási la palabra del original se hubiera traducido de otro modo,se enfriaría su ambición. Los ministros son siervos: noson invitados, sino criados; no son amos, sino SERVIDORES.La misma palabra ha sido traducida «remeros», y exac-tamente los que mueven los remos del banco inferior. Remaren una galera era trabajo duro; aquellos rápidos movimientosconsumían las fuerzas vitales de los esclavos. Había treshileras de remeros: los del banco superior tenían la ven-taja del aire fresco; los que estaban debajo de ellos sehallaban más encerrados; pero supongo que los remerosdel banco inferior desmayarían de calor, además de que-dar agotados por el penoso trabajo. Hermanos, contenté-monos con gastar nuestras vidas aun en la peor de lasposiciones, con tal de que con nuestra labor podamos serinstrumentos para que nuestro gran César acelere su ve-nida, y que podamos ayudar al avance del trirreme dela Iglesia en que Él ha embarcado. Estamos dispuestosa ser encadenados al remo, y a trabajar durante todala vida para que su nave hienda las olas. No somoscapitanes, ni propietarios de la galera, sino tan sóloremeros de Cristo.Recordemos que somos siervos en la casa del Señor.«El que es el mayor de vosotros sea vuestro siervo». Es-tamos dispuestos a ser la alfombra a la puerta de la en-trada de nuestro Maestro. No busquemos honra paranosotros, sino pongamos honra en los vasos más débilesmediante nuestros cuidados. En toda casa bien arregla-da, como ya os recordé, es un hecho que el «bebé es elrey», a causa de su debilidad. Que en la Iglesia de nues-tro SeñoR, los pobres, los débiles, los afligidos tengan ellugar de honor, y los que estamos fuertes llevemos sus fla-quezas. El que se humilla es ensalzado; el que se hace menosque el más inferior, es el más grande. «¿Quién enferma,y yo no enfermo?», decía el gran apóstol. Si hay algúnescándalo que soportar, mejor sufrirlo que permitir queaflija a la Iglesia de Dios. Ya que somos, por nuestras
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