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Fabric an Do Angeles

Fabric an Do Angeles

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Published by IvanosevichCuevas
Un ex seminarista, convencido por su psiquiatra de que los ángeles no existen, decide fabricarse uno.
Un ex seminarista, convencido por su psiquiatra de que los ángeles no existen, decide fabricarse uno.

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Published by: IvanosevichCuevas on Jan 18, 2010
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04/29/2012

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Fabricando Ángeles
 Iván Cuevas
Rosemberg miró fijamente a su paciente, listo para hacerle la pregunta definitiva:-Así, que… ¿estamos de acuerdo en que los ángeles no existen como tales,verdad, Ismael?-No, doctor… ni ángeles, ni arngeles, ni serafines, ni querubines, ni nada quese le parezca – Respondió el paciente, a sabiendas de que su pase de salida almundo exterior dependía de la respuesta. – Las apariciones que se presentaronante mis ojos, fueron producto de mi mente perturbada - agregó, no sin ciertaresignación.-Creo que con esto podemos dar por terminado tu tratamiento como interno deeste hospital – aclaró Rosemberg – De ahora en adelante, pasarás a ser pacienteambulatorio, y te reportarás conmigo una vez a la semana, en sesión normal.¿De acuerdo?-De acuerdo, doctor, como usted diga – Contestó mansamente Ismael, sonriendo por dentro. – Sólo que, bueno, usted sabe… tengo que acostumbrarme de nuevoa la vida cotidiana, y eso me produce, pues… muchos nervios, a veces hastasiento como que me falta el aire.Rosemberg empezó a garabatear algo en su block de recetas.-Por eso no te preocupes, te voy a recetar el ansiolítico de costumbre, para que encaso de que te sientas demasiado tenso te lo tomes; pero recuerda: sin abusar.“Sin abusar”, repitió mecánicamente Ismael, como si estuviera en un proceso de trance.Así, minutos más tarde, el ex paciente Ismael, fue liberado y se le cambió laetiqueta de “interno peligroso con delirio esquizoide” a “individuo socialmentefuncional, con neurosis moderada”.Mientras caminaba por la calle, entre las pocas pertenencias de su backpack,Ismael atesoraba dos cosas: una botella de vino tinto que compró en la primer tienda deabarrotes que se cruzó en su camino, y una caja que contenía ochenta pastillas de untranquilizante menor, diseñado especialmente para aquellos que como él, sufrían crisisde pánico debido a los peligros e inseguridades de la vida en la gran ciudad.Al llegar a su departamento, advirtió que todo seguía exactamente tal y como lohabía dejado la última vez, incluyendo la mesa volteada contra el piso y las sillas rotas, producto de su forcejeo con los vecinos y los enfermeros en el último pleito que tuvolugar ahí, justo antes de que lo internaran.“Mamá siempre decía que el orden de un lugar refleja el estado mental del quevive ahí” pensaba Ismael mientras regresaba los muebles a la posición que generalmenteles corresponde.Página 1 de 4
 
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Hecho lo anterior, se apresuró a sacar de su blíster cada una de las pastillas declorhidrato de azepam, para luego empezar a machacarlas una por una, metódicamente,con la ayuda de un martillito metálico de juguete, y una servilleta de tela, hasta formar una pequeña montaña de polvo blanco, que luego se convirtió en polvillo, con la ayudade una tarjeta de descuento de la farmacia de “Nuestra Señora de la Salud”. Luego,disolvió el polvo en unos cuantos centímetros cúbicos de alcohol etílico hasta obtener una solución homogénea. “Prístina como el cristal”, pensó Ismael al terminar derevolver la mezcla.Minutos después, regresó del descuidado cuarto de baño con una jeringa de vidrio,de esas que se desinfectaban en autoclaves antes de la llegada de las antisépticas jeringuillas de plástico desechable. Como en un ritual planeado mentalmente centenaresde veces con anterioridad, absorbió el contenido en el interior de la jeringa, a la cual yahabía colocado una larga y gruesa aguja de acero inoxidable.Ya cuando la jeringa estaba llena, Ismael miró burlonamente al cielo raso, y enactitud desafiante pensó en voz alta “¿Qué, piensas que me voy a inyectar en las venasel contenido de esta jeringa para morirme de una sobredosis? ¡Qué poco me conoces,Creador mío!”Acto seguido, sacó la botella de vino tinto que traía en la mochila y con muchadestreza, atravesó el corcho con la larga y resistente aguja, apretando el émbolo paraque el líquido de la jeringa se disolviera con el contenido de la botella.“El padre Rentería es muy listo, y sólo así lograré el objetivo que me he propuesto” se dijo a sí mismo Ismael, mientras repetía la operación de llenado una yotra vez, hasta que el contenido de las ochenta pastillas estaba nadando libremente, deforma transparente e inadvertida, en la botella de vino.“Padre Rentería, ¿cómo está usted? Mire, acabo de salir del manicomio y le trajesu vinito de consagrar”, le dijo Ismael al sacerdote al saludarlo en la entrada de la parroquia. “Los loqueros dicen que ya estoy curado, por la gracia de Dios”.“Por la gracia de Dios, hijo” - respondió el padre, abriéndole paso al interior de laIglesia – “Pero ven, pasa y platícame más a fondo sobre tu curación”.Rentería sena afecto por esa alma descarriada del Señor, pues había sidoestudiante del seminario pocos meses antes de empezar a presentar los primerossíntomas de desintegración de la personalidad; al principio, esos pequeños comentariosque Ismael hacía en la cena, acerca de ciertos mensajes que la Virgen al parecer le habíatransmitido en sueños. “Todo es producto de su extrema devoción, con el tiempo secalmará”, pensó el padre Rentería; pero luego vinieron los mensajes a plena luz del día,mientras estaban en oración silenciosa, y era entonces cuando Ismael se ponía frenéticoy se desesperaba porque nadie más que él escuchaba los supuestos mensajes; fue asícomo todos empezaron a darse cuenta de que el hermano Ismael padecía de susfacultades mentales.“Es una pena, siendo tan joven”, reflexionó Rentería, justo antes de llamar a losservicios de emergencia del Hospital de Sanidad Mental; pues la gota que derramó elPágina 2 de 4
 
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vaso fue el hecho de que Ismael intentara provocarse los estigmas de la Crucifixiónclavándose en la palma de una mano el medidor de temperatura de la carne.Ismael veía con suma devoción como el padre Rentería se servía del vino mientrasconversaban.“Yo no puedo ingerir alcohol padre, estoy bajo medicación”, dijo Ismael a modode pretexto para no beber el contenido de la botella.“A tu renovada salud mental, hijo”, dijo el padre mientras bebía del preparadoante la mirada vidriosa y llena de ansiedad de Ismael.Momentos después, el padre Rentería estaba en el suelo, como dormido, borrachoen exceso tal vez. Entonces Ismael se le acercó al oído y le susurró el verdadero motivode su visita: “Padre, de entre todos los curas que he conocido, usted es el de alma más pura, el de sentimientos más nobles, y por eso he decidido convertirlo en ángel, ya queen el hospital me han quitado la fe que tenía en mis apariciones; y por eso he decididofabricarme mi propio ángel de la guarda, cuerpo suyo mediante… Usted siempre supoque, siendo huérfano de padre carnal, la necesidad de ser protegido por alguien superior era imperante en mi ser… una necesidad que laceraba mi alma rogaba e imploraba por un protector en este mundo lleno de gente vil y superficial”.De esa manera, Ismael estaba convencido de que se acababa de fabricar su propioÁngel de la Guarda, pues algo en su interior le decía que desde el más alto de loscírculos del Paraíso, el padre Rentería le perdonaría su asesino pecado y “desde alláarriba” lo protegería de las vicisitudes malignas de este mundo terrenal.Con la seguridad de quien se siente ataviado con una coraza indestructible, Ismaelempezó a recoger las evidencias del crimen para salir al mundo exterior, listo paraenfrentar cualesquiera retos que se le presentaran, pues él se había creado su propio y personal Ángel Guardián. Sin embargo, justo cuando Ismael estaba por emprender lasilenciosa huida, la nudosa mano del padre Rentería le tomó por los tobillos y le hizotrastabillar, cayendo estrepitosa e inesperadamente al suelo.“Hijo mío, hay algo que debo confesarte” – Ismael, alarmado, volteó a mirar al padre, quien con cara de adormilado empezaba a recuperar fuerzas. – “Yo tambiéndependo de los tranquilizantes, como tú, por eso todavía estoy consciente… lo que paraun hombre promedio de mi talla y peso serviría para dejarlo inconsciente y ahogado ensu propio vómito, para mí, es sólo como una pequeña siesta vespertina”.Ismael quedó petrificado y aterrorizado, pues como si de entre los muertos selevantara, ante sus ojos el padre Rentería se erguía, no sin cierta dificultad, mirándolofijamente. “¿Sabías que la ansiedad de rezarle al Señor y no escuchar sus respuestas anuestras plegarias te puede conducir a una angustia insoportable y enfermiza?, por esome volví adicto a los narcóticos, para poder soportar Su Silencio ante nuestras tontas plegarias; he llegado a la conclusión de que Él está demasiado ocupado vigilando que secumplan las leyes físicas del universo como para atender todas y cada una de nuestrasegoístas y deleznables peticiones personales”. El sacerdote hizo una pausa para tomar Página 3 de 4

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