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A
Prefacio
Las despiadadas leyes y costumbres que se mencionanen este relato son históricas, y los episodios que se utilizanpara ilustrarlas también son históricos. Esto no quiere decirque tales leyes y costumbres existieran en Inglaterra en elsiglo vi, no; sólo quiero decir que, dado que existieron en lacivilización inglesa y en otras civilizaciones de épocas mu-cho más recientes, se puede concluir sin temor a incurrir enuna calumnia que también estaban vigentes en el siglo vi.Hay buenas razones para inferir que, cuando en esos remo-tos tiempos no existía alguna de estas leyes o costumbres,su lugar era ocupado, y de manera muy eficiente, por unamucho peor.La cuestión de la existencia o no existencia del derechodivino de los reyes no tiene respuesta en este libro. Resul-tó ser demasiado dificil. Que el primer gobernante de unanación debe ser una persona de carácter excelso y habi-lidad extraordinaria es manifiesto e indiscutible, que sólola Deidad podría elegir a ese primer gobernante certera einfaliblemente es también manifiesto e indiscutible, por lotanto, resulta inevitable deducir que, como se pretende, esla Deidad quien hace la elección. Quiero decir, hasta que elautor de este libro encontró los Pompadour y Lady Castle-maine y algunos otros gobernantes de este tipo. Era tan3