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Wilde, Oscar - El Retrato de Dorian Gray

Wilde, Oscar - El Retrato de Dorian Gray

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07/02/2012

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EL RETRATO DE DORIAN GRAY
 de
Oscar WildeOscar Wilde
(1854-1900)
 
Escritor Irlandés. Nació y se educó en Dublín y luego en Oxford. Se
 
destacó desde el comienzo. Por sus posturas vanguardistas y su ironía
 
para describir la realidad fue mimado por la aristocracia londinense.
 
Escribió novelas, cuentos y comedias. Hasta que fue acusado po
 
homosexualismo y debió enfrentar duras batallas juduciales que
 
finalmente lo condenaron a 2 años de trabajos forzados en la cárcel
 
de Reading. Después de esto vivió parte de su vida bajo un
 
seudónimo, Sebastien Melmouth. Se lo considera representante del
 
decadentismo vanguardista, su ingenio, sus diálogos sagaces, sus
 
talentosos juegos de palabras y su iroa lo ubicaron como uno de los
 
grandes de la literatura universal.
 
Datos biográficos:
 
Acerca de esta obra: La telentosa pluma de Oscar Wilde narra la
 
historia de la decadencia de un hombre. Es un libro considerado la s
 
moral de las historias de inmorales. Esta obra le ha valido a su auto
 
superar el calificativo de escritor y ser considerado casi como un
 
fisofo. Dorian Gray a cambio de la eterna juventud entrega su alma
 
y termina siendo corrompido por la malvada influencia de su mentor.
 
Altamente recomendable para lectores de todos los tiempos y
 
geografias.
 
PREFACIO
 
El artista es el dios de las cosas bellas.
 
Mostrar el arte, ocultando al artista: tal es el fin del arte.
 
El crítico es aquel que puede traducir en un nuevo modo o una materia
 
distinta su impresión de las cosas bellas.
 
La más alta, como la más baja forma de critica, es siempre una
 
especie de autobiografía.
 
Los que encuentran un sentido feo en cosas bellas son corrompidos
 
sin ser seducidos. Esto es un defecto.
 
Los que encuentran un sentido bello en las casas bellas son los
 
entendimientos cultos. Para éstos todavía hay esperanza.
 
Son los escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo significan
 
Belleza.
 
 
No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien o mal escritos.
 
Simplemente.
 
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Caliban al ver 
 
su propia faz en un espejo.
 
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Caliban al
 
no ver su propia faz en un espejo.
 
La vida moral del hombre forma parte de los materiales del artista;
 
pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio
 
imperfecto.
 
Ningún artista desea demostrar nada. Hasta las verdades pueden se
 
demostradas.
 
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista
 
es un imperdonable amaneramiento del estilo.
 
Ningún artista es jamás morboso. El artista puede expresarlo todo.
 
Pensamiento y palabra son para el artista instrumentos de un arte.
 
Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.
 
Desde el punto de vista de la forma, el arquetipo de todas las artes es
 
el arte del sico. Desde el punto de vista del sentimiento, el oficio
 
del actor es el arquetipo.
 
Todo arte es ala vez superficie y símbolo.
 
Los que van s adentro de la superficie, hácenlo así a cuenta y
 
riesgo propios.
 
Los que descifran el símbolo, hácenlo así a cuenta y riesgo propios.
 
Es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.
 
Diversidad de opinn sobre una obra de arte prueba que la obra es
 
nueva, compleja y vital.
 
Cuando los cticos esn en desacorde, el artista esta de acuerdo
 
consigo mismo.
 
Podemos perdonar a un hombre que haga una cosa útil, con tal de que
 
no la admire. La sola excusa de hacer una cosa inútil es admirarla
 
inmensamente.
 
Todo arte es completamente inútil.
 
 
EL RETRATO DE DORIAN GRAY 
 
CAPITULO I
 
Un intenso olor de rosas penetraba en el estudio, y cuando, entre los
 
árboles del jardín, comenzaba la brisa, llegaban por la puerta abierta el
 
denso aroma de las filas o el s delicado perfume de los agavanzos
 
en flor.
 
Desde el rincón del din de alforjas persas en que yaa, fumando,
 
según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry Wotton poa
 
divisar el resplandor dorado de las flores color de miel de un tiso,
 
cuyas ramas trémulas apenas parean capaces de soportar el peso
 
de tan flamante belleza, y de cuando en cuando, las sombras
 
fansticas de los pájaros cruzaban las largas cortinas de seda que
 
cubrían el ancho ventanal, produciendo una especie de efecto japos
 
momentáneo, y haciéndole pensar en esos pintores de Tokyo, de
 
rostro jade pálido, que por medio de un arte forzosamente inmóvil
 
tratan de dar la impresión de la rapidez y el movimiento. El zumbido
 
adusto de las abejas, abrndose camino a través de la alta hierba sin
 
segar, o revoloteando con monótona insistencia en torno de las
 
polvorientas cabezuelas doradas de una dispersa madreselva, parea
 
hacer n s abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres
 
era como el bordón de un órgano lejano.
 
En el centro de la habitación, sostenido por un caballete, veíase el
 
retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza, y
 
frente a di, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil
 
Hallward, cuya bita desaparición pocos os antes había causado
 
tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas.
 
Contemplaba el pintor la forma grácil y encantadora que tan
 
diestramente reflejara su arte, y una sonrisa de satisfacción crusu
 
rostro, pareciendo demorarse en él. Pero, de pronto, estremecndose,
 
cerró los ojos y oprimióse los rpados con los dedos, como si quisiera
 
aprisionar en su cerebro algún extraño sueño, del que temiera
 
despertar.
 
-Es tu mejor obra, Basil; lo mejor que has hecho hasta ahora dijo Lord
 
Henry, nguidamente -. Debes enviarla el o próximo ala exposición
 
Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar.
 
Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido ver los
 
cuadros, cosa sumamente desagradable, o tantos cuadros que no he
 
podido ver la gente, cosa peor todaa. Realmente, Grosvenor, es el
 
único sitio.
 
-Creo que no lo enviaré a ninguno -contesel pintor, echando hacia
 
ats la cabeza con aquel ademán singular que tanto haa reír a sus
 
condiscípulos de Oxford -. Sí; a ninguno.
 
Lord Henry enarlas cejas, mindole con estupor a través de las
 
tenues espirales azules en que se rizaba caprichosamente el humo de
 
su cigarrillo opiado.
 

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