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Introducción
«Las mates siempre fueron mi asignatura más floja.»«Un millón de dólares, mil millones o un billón.No importa cuánto siempre y cuando hagamos algopor resolver el probema.»«Yerry y yo no iremos a Europa, con tantos terro-ristas...-El anumerisrno, o incapacidad de manejar cómo-damente los conceptos fundamentales de número yazar, atormenta a demasiados ciudadanos que, porlo demás, pueden ser perfectamente instruidos. Lasmismas personas que se encogen de miedo cuando seconfunden términos tales como «implicar> e «inferir»,reaccionan sin el menor asomo de turbación ante elmás egregio de los solecismos numéricos. Me viene ala memoria un caso que viví en cierta ocasión, en unareunión, donde alguien estaba soltando una peroratamonótona sobre la diferencia entre constantementey continuamente. Más tarde, durante la mismavelada, estábamos viendo las noticias en TV, y elhombre del tiempo dijo que la probabilidad de quelloviera el sábado era del 50 por ciento y también eradel 50 por ciento la de que lloviera el domingo, dedonde concluyó que la probabilidad de que llovieradurante el fin de semana era del 100 por ciento.Nuestro supuesto gramático no se inmutó lo más mí-nimo ante tal observación y además, cuando le hubeexplicado dónde estaba el error, no se indignó tanto,ni mucho menos, como si el hombre del tiempo sehubiera dejado un participio. De hecho, a menudose presume del analfabetismo matemático, contraria-mente a lo que se hace con otros defectos, que seocultan: «A duras penas soy capaz de cuadrar mitalonario de cheques». «Soy una persona corriente,no una persona de números». 0 también: «Las matessiempre me sentaron mal».Este travieso enorgullecerse de la propia igno-rancia matemática se debe, en parte, a que sus con-secuencias no suelen ser tan evidentes como las deotras incapacidades. Por ello, y porque estoy conven-cido de que la gente responde mejor a los ejemplosilustrativos que a las exposiciones generales, en estelibro examinaremos muchos casos de anumerismo
 
que se dan en la vida real: timos bursátiles, elecciónde pareja, las revistas de parapsicología, declara-ciones de medicina y dietética, el riesgo de atentadosterroristas, la astrología, los récords deportivos, laselecciones, la discriminación sexista, los OVNI,los seguros, el psicoanálisis, las loterías y la deteccióndel consumo de drogas entre otros.He procurado no pontificar demasiado ni hacerdemasiadas generalizaciones espectaculares acerca de10la cultura popular o sobre el sistema educativo de losEstados Unidos, pero me he permitido hacer unascuantas observaciones generales que espero sean su-ficientemente apoyadas por los ejemplos que aporto.En mi opinión, algunos de los bloqueos para el ma-nejo de los números y las probabilidades con ciertadesenvoltura se deben a una respuesta psicológicamuy natural ante la incertidumbre y las coincidencias,o al modo en que se ha planteado el problema. Otrosbloqueos son atribuibles a la ansiedad, o a malenten-didos románticos acerca de la naturaleza y la impor-tancia de las matemáticas.Una consecuencia del anumerismo de la que ra-ramente se habla, es su conexión con la creencia enla seudociencia. Aquí estudiaremos la interrelaciónentre ambas. En una sociedad en la que la ingenieríagenética, la tecnología láser y los circuitos en micro-chip incrementan a diario nuestra comprensión delmundo, resulta especialmente lamentable que unaparte importante de la población adulta crea aún enlas cartas del Tarot, en la comunicación mediunimicay en los poderes del Cristal.Peor aún es el gran vacío que separa las valora-ciones que hacen los científicos sobre determinadosriesgos y la inquietud que éstos despiertan en la ma-yoría de la gente, vacío que a la larga nos puede pro-ducir, bien una ansiedad paralizante e infundada,bien unas demandas de seguridad absoluta económi-camente inviables. Los políticos rara vez sirven deayuda en este aspecto, por cuanto trafican con la opi-nión pública y están poco dispuestos a aclarar los pro-blables riesgos y concesiones que conlleva cualquierpolítica.11Como el libro se ocupa principalmente de variasinsuficiencias -la falta de perspectiva numérica, laapreciación exagerada de coincidencias que no tienen
 
otro significado, la aceptación crédula de la seudo-ciencia, la incapacidad de reconocer los convenios so-ciales, etc.-, en gran medida tiene un tono más biendemoledor. No obstante, espero haber sabido evitarel estilo excesivamente serio y el tono de reprimendacomún a muchas tentativas semejantes.De principio a fin, el enfoque es ligeramente ma-temático, y se hecha mano de conceptos de la teoríade la probabilidad y la estadística que, a pesar detener un significado profundo, se pueden captar consólo una pizca de sentido común y un poco de arit-mética. Es raro encontrar discusiones sobre muchasde las ideas que se presentan aquí en un lenguaje ac-cesible para un público amplio y pertenecen al tipo decuestiones a las que mis estudiantes suelen contestarcon la pregunta: «Bueno, pero ¿va para examen?».Como no habrá examen, el lector podrá disfrutar deellas gratis, y saltarse impunemente aquellos párrafosque de vez en cuando le parezcan demasiado difíciles.Una de las aseveraciones en la que se insiste en ellibro es que las personas anuméricas tienen una mar-cada tendencia a personalizar: su imagen de la rea-lidad está deformada por sus propias experiencias, opor la atención que los medios de comunicación demasas prestan a los individuos y a la situaciones dra-máticas. De ello no se desprende que los matemáticoshayan de ser necesariamente impersonales o for-males. No lo soy yo, ni tampoco lo es el libro. Al es-cribirlo, mi objetivo ha sido interesar a las personas12que, aunque cultas, son anuméricas, o por lo meno,a aquellas que, sintiendo temor ante las matemáticasno experimenten un pánico paralizante. El esfuerzode escribir el libro habrá valido la pena si sirve paraempezar a aclarar cuánto anunierismo impregna nues-tras vidas, tanto en su aspecto privado como en el pú-blico.13
1 Ejemplos y principios
Dos aristócratas salen a cabalgar y uno desafía alotro a decir un número más alto que él. El segundoacepta la apuesta, se concentra y al cabo de unos mi-nutos dice, satisfecho: «Tres». El primero medita

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