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P s i K o l i b r o
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Crítica de la razón pura
 
Immanuel Kant
Traducción de Manuel G. MorenteEdición digital basada en la edición de Madrid, Libreria General deVictoriano Suárez, 1928.
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Indice
Prólogo................................................................................................................................................4
 
Prólogo De la segunda edición, en el año de 1787.....................................................................11
 
Introducción.....................................................................................................................................27
 
Primera parte:La estética transcendental....................................................................................45
 
Primera sección de la Estética transcendental. Del espacio.
..................................................48
Segunda sección de la Estética transcendental. Del tiempo
..................................................54
Segunda parte:La lógica transcendental.....................................................................................68
 
Introducción
.................................................................................................................................68Primera división: Analitica
transcendental
.................................................................................75
Segunda división: Dialéctica transcendental
........................................................................210
Primera oposición de las ideas transcendentales
..................................................................262
 
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A Su Excelencia el real ministro del Estado, Barón de Zedlitz.
Señor:Fomentar el progreso de las ciencias, en la parte en que cada uno puedehacerlo, es trabajar en el interés de Vuestra Excelencia; pues éste se hallaíntimamente unido con aquéllas, no sólo por el elevado puesto de protectorque ocupáis, sino porque tenéis con las ciencias la íntima relación de unaficionado y de un conocedor ilustrado de las mismas. Por eso hago uso delúnico medio que está en cierto modo a mi alcance, para testimoniar miagradecimiento por la confianza con que Vuestra Excelencia ha queridohonrarme, considerándome capaz de contribuir en algo a sus propósitos
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.A la misma favorable atención con que Vuestra Excelencia honró laprimera edición de esta obra, dedico ahora esta segunda; y le encomiendo almismo tiempo también las demás circunstancias de mi vocación literaria. Soycon la más profunda veneración de Vuestra Excelencia súbdito y obedienteservidor.
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La primera edición, sigue así: Para aquel que encuentra placer en la vida especulativa, es, en susmoderados deseos, la aprobación de un juez esclarecido y competente, no poderoso aliento de susesfuerzos cuya utilidad es segura, bien que lejana y por eso desestimada totalmente por el vulgo.A un juez semejante y a su favorable atención dedico este escrito; a su cuidado encomiendotodas las demás circunstancias de mi vocación literaria y soy con la más profunda veneración deVuestra Excelencia súbdito y servidor obedienteImmanuel KantKönigsberg
el 29 de Marzo de 1781
 
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Prólogo
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La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destinoparticular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le sonpropuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampocopuede contestar, porque superan las facultades de la razón humana.En esta perplejidad cae la razón sin su culpa. Comienza con principios,cuyo uso en el curso de la experiencia es inevitable y que al mismo tiempo sehalla suficientemente garantizado por ésta. Con ello elévase (como lo llevaconsigo su naturaleza) siempre más arriba, a condiciones más remotas. Peropronto advierte que de ese modo su tarea ha de permanecer siempreinacabada porque las cuestiones nunca cesan; se ve pues obligada arefugiarse en principios que exceden todo posible uso de la experiencia y que,sin embargo, parecen tan libres de toda sospecha, que incluso la razónhumana ordinaria está de acuerdo con ellos. Pero así se precipita enobscuridades y contradicciones; de donde puede colegir que en alguna partese ocultan recónditos errores, sin poder empero descubrirlos, porque losprincipios de que usa, como se salen de los límites de toda experiencia, noreconocen ya piedra de toque alguna en la experiencia. El teatro de estasdisputas sin término llámase
Metafísica.
 Hubo un tiempo en que esta ciencia era llamada la
reina
de todas lasciencias y, si se toma el deseo por la realidad, ciertamente merecía tanhonroso nombre, por la importancia preferente de su objeto. La moda esahora mostrarle el mayor desprecio y la matrona gime, abandonada ymaltrecha, como Hecuba:
modo maxima rerum, tot generis natisque potens - nunctrahor exul, inops.
(Ovidio,
Metamorfosis
).Su dominio empezó siendo
despótico,
bajo la administración de los
dogmáticos.
Pero como la legislación llevaba aún en sí la traza de la antiguabarbarie, deshízose poco a poco, por guerra interior, en completa
anarquía, ylos escépticos,
especie de nómadas que repugnan a toda construcciónduradera, despedazaron cada vez más la ciudadana unión. Mas eran pocos,por fortuna, y no pudieron impedir que aquellos dogmáticos trataran dereconstruirla de nuevo, aunque sin concordar en plan alguno. En los tiemposmodernos pareció como si todas esas disputas fueran a acabarse; creyóse quela legitimidad de aquellas pretensiones iba a ser decidida por medio de cierta
 Fisiología
del entendimiento (del célebre Locke). El origen de aquella supuestareina fue hallado en la plebe de la experiencia ordinaria; su arroganciahubiera debido por lo tanto, ser sospechosa, con razón. Pero como resultó sin
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De la primera edición, en el año 1781. (N. del T.)
 
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embargo que esa
genealogía,
en realidad, había sido imaginada falsamente,siguió la metafísica afirmando sus pretensiones, por lo que vino todo denuevo a caer en el
dogmatismo
anticuado y carcomido y, por ende, en eldesprestigio de donde se había querido sacar a la ciencia. Ahora, después dehaber ensayado en vano todos los caminos (según se cree), reina el hastío yun completo
indiferentísimo,
madre del Caos y de la Noche en las ciencias,pero también al mismo tiempo origen, o por lo menos preludio de unapróxima transformación e iluminación, si las ciencias se han tornado confusase inútiles por un celo mal aplicado.Es inútil en efecto querer fingir
indiferencia
ante semejantes investigaciones,cuyo objeto
no
puede ser
indiferente
a la naturaleza humana. Esos supuestos
indiferentistas,
en cuanto piensan algo, caen de nuevo inevitablemente enaquellas afirmaciones metafísicas, por las cuales ostentaban tanto desprecio,aun cuando piensen ocultarlas trocando el lenguaje de la escuela por el hablapopular. Esa indiferencia empero, que se produce en medio de la prosperidadde todas las ciencias y que ataca precisamente aquella, a cuyos conocimientos-si pudiéramos adquirirlos- renunciaríamos menos fácilmente que a ningunosotros, es un fenómeno que merece atención y reflexión. Es evidentemente elefecto no de la ligereza, sino del Juicio
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maduro de la época, que no se dejaseducir por un saber aparente; es una intimación a la razón, para queemprenda de nuevo la más difícil de sus tareas, la del propio conocimiento, yestablezca un tribunal que la asegure en sus pretensiones legitimas y que encambio acabe con todas las arrogancias infundadas, y no por medio deafirmaciones arbitrarias, sino según sus eternas e inmutables leyes. Estetribunal no es otro que la
Crítica de la razón pura
misma.Por tal no entiendo una crítica de los libros y de los sistemas, sino de lafacultad de la razón en general, respecto de todos los conocimientos a queesta puede aspirar
independientemente de toda experiencia;
por lo tanto, la críticaresuelve la posibilidad o imposibilidad de una metafísica en general, y
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Óyense de vez en cuando quejas sobre la superficialidad del modo de pensar de nuestro tiempo ysobre la decadencia de la ciencia rigurosa. Pero yo no veo que las ciencias cuyo fundamento estábien asentado, como v. g. la matemática, la física, etcétera, merezcan en lo más mínimo estereproche, sino que más bien mantienen la vieja reputación de exactitud y hasta incluso, en laúltima, la superan. Y ese mismo espíritu se mostraría también eficaz en las demás especies deconocimiento, si se cuidase ante todo de rectificar sus principios. A falta de esa rectificación, laindiferencia, la duda y finalmente la severa crítica son más bien pruebas de un modo de pensarriguroso. Nuestra época es la época de la crítica, a la que todo tiene que someterse. La
religión
porsu
santidad
y la
legislación
por su
majestad,
quieren generalmente sustraerse a ella. Pero entoncessuscitan contra sí sospechas justificadas y no pueden aspirar a un respeto sincero, que la razón sóloconcede a quien ha podido sostener libre y público examen.
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determina, no solo las fuentes, sino también la extensión y límites de lamisma; todo ello, empero, por principios.Ese camino, el único que quedaba libre, lo he emprendido yo hoy y meprecio de haber conseguido así apartar todos los errores que hasta ahorahabían dividido la razón, oponiéndola a sí misma, cuando actuaba sinbasarse en la experiencia. Y no es que haya eludido sus cuestiones,disculpándome con la incapacidad de la razón humana, sino que las heespecificado todas por principios y, después de haber descubierto el punto dedesavenencia de la razón consigo misma, las he resuelto a su enterasatisfacción. Cierto que la contestación a esas cuestiones no ha recaído comopudiera esperarlo el exaltado afán dogmático de saber; pues este afán nopodría satisfacerse más que con artes de magia, de que yo no entiendo. Perotampoco es ese el destino natural de nuestra razón; y el deber de la filosofíaera disipar la ilusión nacida de una mala inteligencia, aunque por ello hubieraque aniquilar tan preciada y amada ilusión. En este trabajo, ha sido midesignio el hacer una exposición detalladísima y me atrevo a afirmar que noha de haber un solo problema metafísico que no esté resuelto aquí o al menosde cuya solución no se dé aquí la clave. Y, en realidad, es la razón pura unaunidad tan perfecta, que si su principio fuera insuficiente para solo una de lascuestiones que le son propuestas por su propia naturaleza, habría desdeluego que desecharlo, porque entonces no sería adecuado para resolver, concompleta seguridad, ninguna otra.Al decir esto, creo percibir en el rostro del lector una indignación mezcladacon desprecio, por pretensiones al parecer tan vanidosas e inmodestas; y sinembargo, son ellas sin comparación más moderadas que las de cualquierautor del programa más ordinario, que se jacta de demostrar en él quizá lanaturaleza simple del
alma
o la necesidad de un primer
comienzo del mundo.
Tal autor se compromete en efecto a extender el conocimiento humano másallá de todos los límites de la experiencia posible, cosa que, lo confieso,supera totalmente a mi facultad. En vez de eso, he de ocuparme solo de larazón misma y de su pensar puro, y no he de buscar muy lejos suconocimiento detallado, pues lo encuentro en mí mismo, y ya la lógicaordinaria me da un ejemplo de que todas sus acciones simples puedenenumerarse completa y sistemáticamente; solo que aquí se plantea la cuestiónde cuanto puedo esperar alcanzar con ella, si se me quita toda materia yayuda de la experiencia.Esto es lo que tenía que decir sobre la
integridad
en la consecución de
cadauno
de los fines y la
exposición detallada
en la consecución de
todos
 juntos; queno constituyen un propósito arbitrario, sino que la naturaleza del
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