continuidad o bien la resurrección de unas tradiciones profundas o de unas corrientes reprimidasdurante largos años, disimuladas tal vez por la utilización de un mismo 1éxico o por las continuasreferencias a una ideología común al menos en lo que a los principios se refiere.En resumen, en nuestra opinión, este trabajo, publicado en 1962, constituye un instrumento quepermite comprender la crisis por la que atraviesan en nuestros días los partidos y Estados que seautodenominan socialistas y usufructúan de un modo u otro la experiencia de la Unión Soviética, yopinamos así porque continuamente se hace referencia en sus páginas a la acción de unas fuerzas yde unas presiones sociales que nunca ha n desaparecido por completo y que siguen constituyendo laestructura, contradictoria a veces, de tales partidos y Estados. Cualquier tipo de explicación global, yase refiera al “marxismo-leninismo” concebido como un dogma o bien a su naturaleza «totalitaria» o«dictatorial», resulta de todo punto inoperante a este respecto, es decir, en cuanto concierne a lasrealidades contemporáneas de crisis, desgarramiento, antagonismos y conflictos en el propio seno delsistema. Incluso la versión que durante varios años defendió el llorado Isaac Deustcher, aquella quese refería a la posibilidad de una «reforma desde arriba», avalada durante cierto tiempo por laexperiencia jrushoviana, revela plenamente en la actualidad su impotencia, .a la hora de interpretar una crisis que se traduce en una serie de conflictos de carácter puramente revolucionario. De hecho,el tema que aquí se aborda es tal vez el más difícil que puede plantearse la Historia contemporánea.En efecto, sobre esta cuestión, nadie puede alardear de neutralidad -y el historiador puede hacerlo tanpoco como el político o el periodista-, todo autor, todo lector, expresan, consciente oinconscientemente, una serie de apriorismos hostiles o favorables que no son sino los reflejos de unaconcepción del mundo que no se siente obligada a tener en cuenta el imperio de los datos objetivos ola constelación de rigurosas exigencias que se imponen al trabajo del historiador. Por otra parte, losacontecimientos cotidianos y 1o que éstos ponen en juego, contribuyen, en tales cuestiones, a falsear los datos básicos de la propia labor historiadora, aunque sólo fuese por su contribución, directa oindirectamente, a la deformación, falsificación, sustracción o supresión de los documentos queintegran su insustituible materia prima.A este respecto resulta además altamente significativo el hecho de que la trama básica de condicionesde investigación acerca de la Unión Soviética, desde la revolución de octubre de 1917 hasta nuestrosdías, tanto desde el punto de vista de la ubicación de documentos como desde el de la merahistoriografía, se articule de forma perfectamente natural en torno a las .fechas que suponen decisivosvirajes en la historia política del país. Así, 1924 supone la muerte de Lenin pero también el enunciadode las premisas de lo que sería dictadura estaliniana y 1956 marca el principio de la denuncia del«culto a la personalidad» de Stalin a cargo de sus lugartenientes de ayer convertidos en sussucesores.Después de la revolución, los primeros años del nuevo régimen presenciaron un enorme esfuerzodirigido hacia la publicación de los materiales de la historia para la Historia, panfletos y artículos, actasy documentos oficiales, memorias y recuerdos, encuestas, antologías de artículos o de discursosfueron así dados a la luz en una actividad cuya única limitación fue la mediocridad de los mediosmateriales disponibles y las imperiosas presiones primero de la guerra civil y más tarde de lareconstrucción económica. No obstante esta abundancia, de incalculable valor para la investigaciónhistórica y la reflexión política , fue tristemente efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de losdirigentes domina directamente no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también lamera publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más elementales. A partir de sutercera edición, las obras completas de Lenin aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podíanser interpretadas como una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que lamayor parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente, al público engeneral. Las obras de los autores que han sido anatemizados en el terreno político como Trotsky,Bujarin, Ziníviev y muchos más son retiradas de la circulación y su impresión queda terminantementeprohibida, mas no se detiene en este punto la represión cultural contra los vencidos, también las obrasmenos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando una visión justa delpapel desempeñado realmente por ellos en la fundación del nuevo régimen, son objeto de idénticotratamiento. La conclusión para el estudio es que todo documento proveniente de la Unión Soviéticadebe ser objeto de un examen cuidadoso no ya en función de su contenido sino con vistas a la fechade su publicación, resultante en casi todos los casos de un cálculo político basado en los intereses delmomento y desprovisto de todo tipo de interés para la historia política.En tales condiciones, este documento, al que es necesario aplicar la duda metódica por principio,pierde toda significación por sí mismo convirtiéndose en un mero indicio de un trasfondo quepermanece inaccesible. El trabajo de investigación se torna entonces punto menos que imposible. Lasituación se hace todavía más grave a partir de 1930; durante todo el periodo posterior a esta fechalos documentos oficiales de la U.R.S.S. son prácticamente inutilizables en su totalidad. Por esta épocase produce, como buena prueba de lo dicho, la somera condena de que Stalin hace objeto alhistoriador Slutsky, que se suicidó tras de su expulsión del partido, con el siguiente somero veredictoque convierte de paso a la historia en un menester impracticable: «¡Sólo los burócratas incurables ylas ratas de biblioteca pueden fiarse de unos documentos que no son más que papel!» Esta es latónica general hasta 1956.Sin embargo, el historiador dispone de algunas fuentes documentales. Para el periodo que va de 1917hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky que fueron depositados enAmsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética; se trata de una serie de documentos,densos y continuos hasta 1928, que empiezan a serlo menos posteriormente; no obstante, 1a mayor parte de la correspondencia está vedada a la investigación hasta 1980. Los documentos másesenciales de estos archivos han sido reproducidos en las principales obras de Trotsky y en la prensa«trotskista» internacional. Hasta 1939, el historiador podía contar además con otros datos de valor: losaportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones debían ser contrastadascuidadosamente pues el escritor había reproducido sus informaciones de memoria al haberle sidoincautados sus archivos en Moscú, y las memorias del veterano comunista yugoslavo Anton Ciliga,