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Insumisión, objecion y fuero. X Congreso Católicos y vida pública 2009

Insumisión, objecion y fuero. X Congreso Católicos y vida pública 2009

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Insumisión, objeción y fuero
XI CONGRESO CATOLICOS Y VIDA PUBLICA. LA POLITICA, AL SERVICIODEL BIEN COMUN----MESA REDONDA: LEY INJUSTA Y OBJECION DE CONCIENCIACOMUNICACION: INSUMISION, OBJECION Y FUERO
F. Javier Garisoain Otero
 Licenciado en HistoriaSecretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista
INSUMISION, OBJECION Y FUEROPRESENTACION
Desde que recibí la noticia de que este undécimo congreso de Católicos y Vida Pública ibaa tener el título general de “La política, al servicio del bien común” me he sentidoparticularmente llamado a participar de nuevo en el mismo por varias razones. El seractualmente secretario general de un grupo político de amplia historia -aunque pordesgracia de no tan amplia representación pública-no ha sido la menor de ellas. Para eltradicionalismo político español, para el carlismo, el concepto de bien común ha estadosiempre asociado al ideal del patriotismo cristiano, que por un lado nos enseña a equilibrarlos principios de solidaridad y subsidiariedad y que por otro culmina con la búsqueda y ladefensa de una Autoridad estable y no partidista: la monarquía tradicional.Pero no solo es cuestión de doctrina o de historias pasadas. El concepto de bien común llevaya un tiempo en el candelero desde que el Papa Benedicto XVI decidiera incluirlo en laenumeración de los que él ha denominado “valores no negociables”. Como es bien sabidoestos cuatro principios son el derecho a la vida, la familia “como Dios manda”, la libertad(particularmente la de educación de los padres) y el bien común. Desde mi propia y humildeexperiencia política puedo aportar a este Congreso el testimonio directo de alguien que havisto en esta enumeración de los valores no negociables un ámbito para el diálogo y lacolaboración entre los políticos y grupos que los compartimos. Y si bien es cierto que eltrazado de este límite político de “lo no negociable” no ha dado hasta el momento los frutosdeseados creo que es sólo cuestión de tiempo que llegue a concretarse de forma que, porejemplo, llegado el momento electoral, los votantes sepan qué candidaturas los defienden ycuáles no.Por mi parte presento en esta breve comunicación algunas ideas acerca de los conceptos deinsumisión, objeción y fuero como tres situaciones -imperfectas todas ellas como la vidamisma- mediante las cuales podemos acercarnos más o menos al ideal evangélico de launidad en la caridad.Finalmente quisiera expresar mi agradecimiento a esta Universidad y a la AsociaciónCatólica de Propagandistas por ofrecer una vez más este gran Congreso como punto deencuentro para el llamado “ecumenismo intraeclesial” y especialmente por haber puestosobre la mesa el concepto de bien común. Espero que entre unos y otros seamos capaces loscatólicos españoles de ponernos de acuerdo en una definición teórica y práctica que nos seaverdaderamente útil en la tarea política y social a la que estamos llamados.
INSUMISION, OBJECION Y FUEROINTRODUCCION: LA OBJECION “PROVISIONAL”
 
En este mundo no hay nada perfecto.Y no digamos en el submundo de las cosas políticas.Pero dentro del conjunto de circunstancias provisionales que convierten la res publica enuna plataforma inestable hay grados. La objeción de conciencia es siempre cosa buena ymerecedora de aplauso por muchas razones, tanto en su versión más ligera, cuandoencuentra un fácil acomodo en el sistema, como cuando, de forma heroica, roza lasactitudes de insumisión a la injusticia. Sin embargo no podemos dejar de señalar quepolíticamente, la objeción es el colmo de la provisionalidad y la excepcionalidad, el últimorecurso ante la tiranía de una ley injusta. La objeción de conciencia es el argumento finalque le queda al que ha renunciado a conseguir un cambio de la legislación y pide, al menos,que no se le obligue a actuar contra su conciencia en algún asunto que considera grave.
HACIA LA OBJECION PERMANENTE: UNA SOLUCION “FORAL” PARA UNASOCIEDAD PLURAL
¿Cuánto tiempo puede durar una situación de objeción de conciencia? En teoría podría serde una duración indefinida, pero desde el punto de vista del gobernante un objetor es comoun quiste en el organismo político, un elemento extraño al que como mucho sería aceptabletolerar durante algún tiempo limitado mientras se piensa en él como en una pieza sobrante omolesta. Cuando un grupo de personas se plantea la objeción de conciencia es que existeuna batalla todavía no resuelta en la que los objetores carecen de otro recurso de presiónque no sea su propia conciencia. No es pues una posición de fuerza. Tiene la energía del queya no puede retroceder más porque está resistiendo en la última muralla, que no es otra cosasino la conciencia inviolable de cada cual. Pero realmente la objeción es una forma dederrota.Pensemos en el factor tiempo: ¿cuántos años puede tolerar un sistema político cualquieraque un grupo más o menos minoritario de ciudadanos se oponga de forma constante alcumplimiento de alguna norma común? Desde mi punto de vista solo existen tres solucionesal dilema. O gana el poder legislativo, cuando consigue imponer su ley con todas lasconsecuencias... o ganan los objetores, si consiguen dar la vuelta a los papeles a base dehacerse con los resortes del poder. Una tercera posibilidad, muy complicada siquiera deplantear hoy en día, consistiría en llegar a una solución de compromiso en la que losobjetores dejarían de serlo para pasar a ser “aforados” o privilegiados por alguna asimetríalegal.Esta vieja idea de una ley hecha a medida, realista, prudente y justa se basa en la clásicadefinición de justicia: "dar a cada uno lo suyo" y respalda el argumento tomista que niegaincluso la categoría de ley a cualquier norma que sea injusta, irracional, abusiva... . Segúneste esquema, -que podríamos identificar fácilmente con la mentalidad del fuero y lo foral-se podría permitir a diversos grupos humanos vivir unidos bajo un mismo marco legal y deautoridad común pero diferenciados en ciertos asuntos clave por algunas leyes particulareso fueros privativos para cada uno de ellos. La aplicación de este principio general, derespeto máximo hacia una conciencia que no es solo individual sino que también escolectiva podría ser aplicable en el caso del médico que se toma en serio el juramentohipocrático, en el de la familia que prefiere educar a los hijos en casa, y hasta en la situaciónde grandes comunidades políticas, regiones o países enteros, que encuentren motivossuficientes para plantear cualquier objeción. ¿No sería este, por ejemplo, el caso tan recientey envidiable de los políticos irlandeses y polacos que han decidido luchar dentro de laUnión Europea por un “blindaje” de sus respectivas legislaciones nacionales en materia devida y familia?
LOS PREJUICIOS HACIA LO FORAL
Con estas pinceladas tocantes a lo foral no pretendo dibujar ningún sistema jurídico-político
 
nuevo ni extraer de la nada una teoría inédita. Se trata simplemente de poner sobre la mesaalgunas ideas sobre una solución típicamente medieval -y cristiana-a esos conflictos quesiempre han generado las legislaciones unitarias, generales y amplias. Dicho esto meencuentro con una ciertad dificultad a la hora de desarrollar este punto de vista porque da lasensación de que pronunciar el término “fuero” en el mundo del orden jurídico-políticoliberal triunfante es como si hubiera mencionado la sombra del padre muerto. Vivimos enel occidente postmoderno, cuyo entramado ideológico considera el verdadero año cero de lanueva cronología no el del nacimiento de Cristo sino el de los estallidos revolucionarios deFrancia e Inglaterra. Está tan extendido desde entonces el criterio uniformista y totalizadorde la ley general, universal, puramente racional, que nos da mucho reparo mirar siquiera dereojo a los modelos del sistema anterior. Los ideólogos del nuevo régimen no admiten niaún la mera especulación sobre los conceptos antiguos. Hablar de fueros es para ellos algotan anacrónico como hacer funcionar con un tiro de caballos el último modelo devolkswagen. No se dan cuenta, sin embargo, de que igual de anacrónico e injusto resultaobligar a todos los vehículos, incluidos los viejos carros o hasta a los peatones, a circular a120 Km por hora.Si nos liberásemos de los prejuicios mencionados que despierta lo foral podríamos entenderque el bien común y la misma idea de organización social no son en absoluto incompatiblescon la existencia de sociedades plurales, diversas, policulturales. Para entender esto, sinembargo, es preciso contemplar al conjunto social -cualquier conjunto, desde el municipalhasta el europeo o el mundial- como un cuerpo, no como una masa. Como una estructura,no como un conglomerado. Como un mosaico, no como un puré.Desde mi punto de vista el temblor de tierra político que actualmente se produce cuando lospolíticos legisladores se enfrentan a alguna clase de contestación social es porque no hanasumido un orden clásico -y netamente cristiano-de las leyes justas que podría servir paraapaciguar gran parte de los conflictos. Intentaré resumir la tesis en pocas palabras: la ley justa es aquella que ordena el máximo responsable de cuidar el bien común, es decir, laautoridad, sin propasar el límite de la conciencia de cada persona o grupo social. ¿Por quéno se acepta en el moderno esquema político esta tesis? En primer lugar porque no secomprende la existencia de una autoridad que sea por definición más responsable del biencomún que los demás; en segundo lugar porque hay una hipertrofia legal y positivista queno se sabe cómo frenar; y finalmente y no menos importante porque no se cree en laexistencia de un alma inmortal que justifique el respeto verdadero a la concienciaindividual.
EL BIEN COMUN, LA LEY Y LA AUTORIDAD
El bien común, cuya definición indiscutida es de todo menos común, debe entenderse comoun bien supremo que afecta al conjunto de la comunidad y que no necesariamente tiene queresponder al bien inmediato de cada una de las partes. Esto se entiende perfectamente en elejemplo clásico de la amputación del miembro corrupto. Pero por otra parte el bien comúnno puede ser alcanzado si se niega la personalidad de las partes. Es el eterno debate entre launidad y la diversidad, el centro y la periferia, lo centrípeto y lo centrífugo, lo general y loparticular. Debate cuya única solución -siempre imperfecta- ha de plasmarse en la ley comoexpresión de la justicia que da a cada uno lo suyo.Volviendo al asunto de la objeción diré que, desde mi punto de vista, lo único que puedegarantizar no ya la objeción sino lo que podríamos llamar “objeción institucionalizada” o“ley hecha a medida” es la existencia de una autoridad que permanezca centrada en labúsqueda del bien común -a salvo de vaivenes partidistas-y que respete con conviccióntrascendente el alma de cada ciudadano o grupo de ciudadanos.

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