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Edgar y El Caramelo Rojo

Edgar y El Caramelo Rojo

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Published by: Miguel Ángel Mendaro on Feb 21, 2010
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10/01/2012

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E
dgar y el caramelorojo
Relato de Miguel Ángel Mendaro Johnson
 
Su nombre es Edgar. Viste con sombrero de copa y traje oscuro y seapoya con elegancia sobre un bastón. Erguido cual aristócrata disfruta con jactancia lasombra proyectada de su propia figura por una farola en un viejo callejón. <<Cuánimportante es dar una imagen correcta. ¡La imagen!>> piensa sin mover un solomúsculo de su rostro impoluto ni un pelo de su bigote en espiral.Mira el reloj. Faltan cinco minutos exactos para que una hermosa mujer aparezca en elinterior de una cochera enganchada por dos majestuosos caballos (o eso desea Edgar), para ir a cenar al restaurante más caro de la ciudad.Por el rabillo del ojo derecho algo sugerente capta su atención; pero no tiene valor paramirar. Es más, no debe mirar. Es para él imperante mantenerse erguido, recto como unmilitar dulcificado. Sin embargo… ¿Qué debe ser aquello que tanto inquieta a Edgar?¿Por qué parece que esa cosa tenga brillo, alma y olor?Aunque sólo divisa a una prostituta en la distancia, decide arriesgarse y echar un vistazocon disimulo. Hace que mira el reloj y da con un caramelo rojo tirado en el suelo. ¿Uncaramelo? ¡Un ridículo caramelo! Pero un caramelo…
…Rojo como la sangre……Sabroso como un beso…
Edgar se siente tentado y dominado por la golosina. ¿Podría acaso aquel dulce poseer ladudosa virtud de hechizar? Así lo parece, ya que no puede soportarlo y apenas dominala excitación y camina con discreción hacia él. Dos pasos y la prostituta, entonces,advierte su presencia.
¡Caballero! ¿Quiere pasar unos minutos inolvidables?
Edgar ve a la mujer aproximarse. Le preocupa que su hermosa cita pueda aparecer y loasocie al vicio y al rojo. ¿O teme que esa prostituta pueda tocar su recién encontrado ysuave y rojo carmesí tesoro?¡Aléjese de mí mujer! ¡No deseo nada de usted! Gritó Edgar con un enorme rugido. Ala sazón y al escuchar la mención al tiempo, piensa: <<¿Minutos? ¿Tiempo?>> Y mirasu reloj. Tres minutos y cuarenta y
rojo, rojo, rojo
… segundos para la hora delencuentro.La prostituta se desvanece y Edgar, en cierto modo, encuentra alivio.Sin darse cuenta toca el caramelo con su zapato derecho. Se excusa en el destino,gesticula sorpresa y estudia al caramelo como un niño. Un primer y superficial repaso le produce un asco visceral, tanto que le produce una arcada que logra contener.
¡Terrible suerte la mía! ¡Aquel caramelo ya estuvo antes en otra boca!
Exclama. Podía verse conclaridad la saliva que rodeaba al caramelo y le hacía flotar en un charquito de babas.
 
Siente decepción y furia. Por un caramelo traicionó su imagen y semblante intachables.¿Y si la hermosa mujer de su cita hubiera aparecido cuando él miraba al caramelo? Peor todavía… ¿Y sí la prostituta y yo nos hubiéramos peleado por él! ¡Diablos! Grita y alzael puño. Decide dar un puntapié al caramelo. Éste sale rodando sólo unos pies y acabaen un charco que pronto se tiñe de rojo.Un olor a cereza ácida penetra en las fosas nasales de Edgar y despierta cada sentido ensu interior. Sus ojos, entonces, se inyectan de un rojo vivo y su boca saliva sin control.Apreta su mandíbula y sus dientes chirrían. Cereza, cereza, cereza.
¡Rojo!¡Rojo!¡Rojo!
Mira el reloj: ¿Su cita? ¡Qué importa!Como un animal se arroja a cuatro patas sobre el charco. Bebe sin mesura de él.Busca restos del caramelo y encuentra lo único que queda de él. Lo lame sinescrúpulos, con ansia, con gula, con orgullo. Sus bigotes ya no mantienen laespiral. Su impoluto traje está manchado de rojo. Su boca y sus manos, también.
¡Una bestia! ¡Una bestia!
Grita la prostituta aterrada. Sus gritos de pavor consiguenque algunos curiosos despierten y se asomen.Edgar, al verse reflejado en el charco y en los ojos de quienes le miran asimila aqué se redujo por la tentacn de un riculo caramelo. Se levanta y huyecobijándose entre las sombras. Avergonzado de él mismo, piensa que nunca jamáspodrá volver a mirarse en nada que le refleje: ¡La imagen, la imagen, oh, ladichosa imagen!
Ruego me perdones
, dijo Edgar a la mujer que plantó en una segunda cita la nochesiguiente.
Es insólito en perderme, pero lo hice. ¡De verdad lo hice!
La mujer ríe dentro de la cochera.
¡Pensé que mi chofer se equivocó y guió mal a los caballos! Es tan fácil perderse...
<<Y que lo digas...>> Pensó Edgar.
¿Es perfume de cereza eso que huelo? 

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