Bossi, además, una índole sacrílega. Pues la Cruz es una invitación a la concordia, unsigno redentor que abraza el sufrimiento de los hombres; cuando esa vocaciónprimigenia de la Cruz se tuerce, o es suplantada por una coartada belicosa, Dios vuelvea ser crucificado.Allá en mi ciudad levítica, llegué a aprender de memoria un poema de mi paisano LeónFelipe, que desde entonces guardo en mi devocionario particular. Rezaba así: «Mássencilla, más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se veandesnudos / los maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazohacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno / quedistraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. / Más sencilla,más sencilla; / haz una cruz sencilla, carpintero». No creo que sea posible compendiar con palabras más elementales y austeras el significado de la Cruz y su doble vocaciónhumana y divina. Los brazos en abrazo hacia la tierra, esto es, vueltos hacia lahumanidad que sufre, en actitud hospitalaria y confortante; el astil disparándose a loscielos, con esa sed de misterio que empuja al hombre a vislumbrar la presencia de Diosentre las tinieblas de la desesperación. León Felipe no era, desde luego, el prototipo delpoeta beatorro y meapilas. Pero entendió que en esos dos maderos cruzados quedabanregistrados, en una síntesis escueta, los dos anhelos más enaltecedores del hombre, el«equilibrio de los dos mandamientos». Podría haber escrito un poema en que la Cruzrepresentara los episodios de fanatismo y barbarie que los cristianos hemosprotagonizado, a lo largo de los siglos; pero prefirió recuperar su mensaje prístino,celebrando la grandeza de aquel hombre entreverado de Dios que murió defendiendosus palabras -sencillas como la misma Cruz- frente a la ira de los fanáticos.Los episodios del Evangelio que más nos conmueven son aquellos en los que Jesucristoinfringe el código de exclusiones imperante en la sociedad de su tiempo. Cuando,sentado al pie de la fuente de Jacob, le suplica a una samaritana que le dé un poco deagua, Jesús nos anticipa la universalidad de su misión, que alcanza su apoteosis trágicaen el Calvario. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí? -le pregunta, perpleja,la mujer samaritana, que se apresta a llenar de agua su cántaro-. Porque judíos ysamaritanos se aborrecen». Los samaritanos, que se negaban a adorar a Yavé en eltemplo de Jerusalén, eran unos apestados sociales. No puedo imaginar, sin embargo, aJesús imponiéndoles por decreto la veneración de un símbolo que nos recuerda el barrodel que procedemos, la luz a la que aspiramos y, en definitiva, toda nuestra genealogíade culpa y redención. Convertir ese símbolo en un cachivache de uso obligatorio quizásea la forma más obscena de negar su vigencia; sería como volver a matar al hombreentreverado de Dios que lo enalteció con su sangre.
2.Algoreando en el Matrix progre
Ser progre consiste en tener siempre razón; si la realidad te lleva la contraria, peor parala realidad. Como los sastres de la fábula, el progre viste de aire al rey y lo pasea