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1
 
 
Francisco
 
Coloane
 
El
 
último
 
Grumete
 
de
 
la
 
Baquedano
 
 
 
2
¡EL ULTIMO GRUMETE!¡ Alza arriba! —Unpotente grito del contramaestre estalló desde. la escotilla delentrepuente. Un estridente toque de corneta anunció la diana, y,como un solo hombre, todos los marineros saltaron de sus coyes.Alejandro también bajó de su coy y sintió sobre sí la mirada deasombro de cientos de ojos. —,Y éste? —dijo, en tono despectivo, un marinero. —¡Sólo falta que traigan guaguas y mujeres! —gritó otro. —¡Caliente el biberón, mi cabo Santos! —.exclamó un pecoso malacara.El niño, parado, con sus ropas ajadas, sintió una Intensa congoja.Ese enorme y obscuro entre- puente, lleno de hombres extraños,hostiles, burlones, sobrecogió su tierno espíritu. El pañol de lasratas era un paraíso al lado de la desolación que le produjo tantagente extraña.Los marineros fueron saliendo por la escalera hacia la cubierta.Todos pasaban a echarle una mirada, una mirada de curiosidadalgunos, de indiferencia otros, y algunos de bondad.Pronto la escotilla, como una boca abierta a la luz, se tragó al últimomarinero, y el entrepuente quedó vacío como una gigantescatumba. El niño tiritó de desamparo, sin saber qué hacer; miró susropitas, el cielo raso gris, y apretó sus manos arrugando losextremos de su modesta chaquetita. ¡Oh, esto era más duro de loque se imaginaba!Por la escotilla apareció de pronto una cabeza redonda, una carablanca y unos ojos buenos.
 
 
3
Un grumete de unos diecisiete años descendió por la escalera defierro y se dirigió a Alejandro: —Ven arriba, a lavarte; anoche te vi cuando te sacaron de tuescondite, no tengas miedo, no seas tonto, sólo algunos de esosviejos brutos son malos, el resto son buenos, les gusta hacerchistes pero no hacen daño. Ya verás, si quedas a bordo lo vas apasar bien; yo te vine a buscar, porque me gustan los tipos “gallos”,y no es cualquiera el que se atreve a embarcarse de “pavo” en unbuque de guerra.“¡Si quedas a bordo!. • .“ --e1 niño recordó las palabras delcomandante:—: “La orden de viaje dispone seguir directo a PuntaArenas.“; esto lo hizo sentirse confortado. —Gracias —dijo, y siguió al grumete, que 1. pasó su toalla y su jabón. —Después preguntas dónde queda la “Ayudantía”, y te presentas alsargento primero escribiente; él te ordenará lo que hagas —le dijoaquél.En la cubierta, la tripulación estaba formada pasando revista, y, enrealidad, se dio cuenta de que nadie se fijaba en él ahora, como sino existiera. Esto lo alentó: prefería sentirse solo; se lavó, devolvióa su protector los útiles de aseo y se dirigió a la Ayudantía, quequedaba en el centro del buque.De paso, pudo ver un mar verde, florecido de olas regulares, quereventaban en espuma, empujadas por un fresco viento que dabade’ costado en las velas. La nave, siempre escorada de babor,corría velozmente surcando el Océano Pacífico; costas no sedivisaban por ninguna parte, a pesar de la claridad del día, brillantede sol.El agudo silbato del contramaestre se dejó oír, y, al pie de los palos,voces vigorosas ordenaron: “Cargar las escotas de las cuchillas yde la mesana!”Los grumetes se apiñaron junto a los motones y jarcias, se oyó elchillido de cabos que se cobran, las velas verticales que quedan
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