8LA POÉTICA DEL ESPACIO
propio, un dinamismo propio. Procede de una
ontología directa.
Y nosotrosqueremos trabajar en esta ontología.Es, pues, en la inversa de la causalidad, en la
repercusión,
en la resonancia, tan finamente estudiada por Minkowsky,
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donde creemos encontrar lasverdaderas medidas del ser de una imagen poética. En esa resonancia, laimagen poética tendrá una sonoridad de ser. El poeta habla en el umbraldel ser. Para determinar el ser de una imagen tendremos que experimentar,como en la fenomenología de Minkowsky, su resonancia.Decir que la imagen poética escapa a la causalidad es, sin duda, una declaración grave. Pero las causas alegadas por el psicólogo y el psicoanalistano pueden nunca explicar bien el carácter verdaderamente inesperado de laimagen nueva, ni la adhesión que suscita en un alma extraña al proceso desu creación. El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, su imagen arraiga enseguida en mí. La comunicabilidad de una imagensingular es un hecho de gran significado ontológico. Volveremos a esta comunión por actos breves, aislados, activos. Las imágenes arrastran —despuésde surgir—, pero no son los fenómenos de un arrastre. Claro está que en lasinvestigaciones psicológicas se puede prestar atención a los métodos psicoa-nalíticos para determinar la personalidad de un poeta, se puede encontrarasí una medida de las presiones —sobre todo de la opresión— que el poeta hadebido padecer en el curso de su vida, pero el acto poético, la imagen súbita, la llamarada del ser en la imaginación, escapan a tales encuestas. Para iluminar filosóficamente el problema de la imagen poética es preciso llegar auna fenomenología de la imaginación. Entendamos por esto un estudio delfenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captadoen su actualidad.
II
Se nos preguntará tal vez por qué, modificando nuestro punto de vista anterior, buscamos ahora una determinación
fenomenológica
de las imágenes.En nuestros trabajos anteriores sobre la imaginación, en efecto, estimamospreferible situarnos lo más objetivamente posible ante las imágenes de loscuatro elementos de la materia, de los cuatro principios de las cosmogoníasintuitivas. Fieles a nuestros hábitos de filósofo de las ciencias, habíamos tratado de considerar las imágenes fuera de toda tentativa de interpretaciónpersonal. Poco a poco, dicho método, que tiene a su favor la prudencia cien-Cf. Eugéne Minkowsky,
Vers une cosmologie,
cap. IX.
INTRODUCCIÓN
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tífica, me ha parecido insuficiente para fundar una metafísica de la imaginación. La actitud "prudente", ¿no es acaso por sí sola la negación de obedecer a la dinámica inmediata de la imagen? Por otra parte hemos comprobado cuán difícil resulta despegarse de esta "prudencia". Decir que seabandonan los hábitos intelectuales es una declaración fácil, ¿pero cómocumplirla? Hay ahí, para un racionalista, un pequeño drama cotidiano, unaespecie de desdoblamiento del pensamiento que, por parcial que sea su ob jeto -una simple imagen— no deja de tener una gran resonancia psíquica.Pero este pequeño drama de cultura, este drama al simple nivel de una imagen nueva, contiene la paradoja de una fenomenología de la imaginación:¿Cómo una imagen, a veces muy singular puede aparecer como una concentración de todo el psiquismo? ¿Cómo, también, ese acontecimiento singular y efímero que es la aparición de una imagen poética singular, puedeejercer acción -sin preparación alguna- sobre otras almas, en otros corazones, y eso, pese a todas las barreras del sentido común, a todos los prudentes pensamientos, complacidos en su inmovilidad?Nos ha parecido entonces que esta transubjetividad de la imagen no podía ser comprendida, en su esencia, únicamente por los hábitos de las referencias objetivas. Sólo la fenomenología —es decir la consideración del
surgir de la imagen
en una conciencia individual— puede ayudarnos a restituirla subjetividad de las imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentidode la transubjetividad de la imagen. Todas esas subjetividades y transubje-tividades no pueden determinarse de una vez por todas. En efecto, la imagen poética es esencialmente
variable.
No es, como el concepto,
constitutiva.
Sin duda, la tarea de desprender la acción mutadora de la imagen poéticaen el detalle de las variaciones de las imágenes es dura, aunque monótona.Para un lector de poemas, la referencia a una doctrina que lleva el nombretan a menudo mal entendido de fenomenología, corre el riesgo de permanecer oscura. Sin embargo, fuera de toda doctrina, esa referencia es clara.Se pide al lector de poemas que no tome una imagen como un objeto, menos aún como un sustituto de objeto, sino que capte su realidad específica.Para eso hay que asociar sistemáticamente el acto de la conciencia donadora con el producto más fugaz de la conciencia: la imagen poética. Al nivelde la imagen poética, la dualidad del sujeto y del objeto es irisada, espejeante, continuamente activa en sus inversiones. En ese dominio de la creaciónde la imagen poética por el poeta, la fenomenología es, si así puede decirse, una fenomenología microscópica. Por esta razón, dicha fenomenologíatiene probabilidades de ser estrictamente elemental. En esta unión, por laimagen, de una subjetividad pura pero efímera y de una realidad que no vanecesariamente hasta su constitución completa, el fenomenólogo encuentra un campo de innumerables experiencias; aprovecha observaciones que