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Jiddu Krishnamurti - Comentarios Sobre El Vivir, Tercera Serie

Jiddu Krishnamurti - Comentarios Sobre El Vivir, Tercera Serie

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Aldous Huxley animó a Krishnamurti a que escribiera estos comentarios sobre la vida, que consisten en una serie de diálogos con seres humanos ordinarios. Estos encuentro, que tuvieron lugar en diferentes parajes de la India, Europa y América son a la vez intensos y clarificadores. En ellos, la aguda inteligencia de Krisg¡hnamurti investiga y desvela los comportamientos del yo, y nos ayuda a restablecer la antigua certeza de que los seres humanos son capaaces de completarse a sí mismos, no a través de ningún agente externo o de la fe, sino prestando la debida atención y sabiendo escuchar.
Aldous Huxley animó a Krishnamurti a que escribiera estos comentarios sobre la vida, que consisten en una serie de diálogos con seres humanos ordinarios. Estos encuentro, que tuvieron lugar en diferentes parajes de la India, Europa y América son a la vez intensos y clarificadores. En ellos, la aguda inteligencia de Krisg¡hnamurti investiga y desvela los comportamientos del yo, y nos ayuda a restablecer la antigua certeza de que los seres humanos son capaaces de completarse a sí mismos, no a través de ningún agente externo o de la fe, sino prestando la debida atención y sabiendo escuchar.

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COMENTARIOSSOBRE EL VIVIR 
Tercera serie del libro de notas de
J. KRISHNAMURTI
Recopilado por 
D.
RAJAGOPALSEXTA EDICIÓNEDITORIAL KIER, S.A.AV. SANTA FE 12601059 BUENOS AIRES
 
Título original inglés
Commentaries on Living, third series
Copyright © 1966 por Krishnamurti Foundation of AmericaReservados todos los derechos sobre este libro, ninguna parte del cual podrá utilizarse o reproducirse en forma alguna sin autorizaciónescrita excepto en el caso de breves citas, incorporadas en artículos críticos y revistas. Para información, dirigirse a: KrishnamurtiFoundation of America, P.O. Box 1560, Ojai, California 93023, USA.Ediciones en españolEditorial Kier, S.A. Buenos Airesaños: 1966, 1972, 1975, 1978, 1984, 1989Libro de edición argentinaIS8N: 950-17-1132-3 (tercera serie)ISBN: 950-17-1129-3 (las tres series}Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723© 1989 by Editorial Kier, S.A. Buenos AiresImpreso en la ArgentinaPrinted in Argentina
 
EL DETERIORO DE LA MENTE
A
LO
 
LARGO
de la parte alta de la dilatada y ancha curva del río estaba la población, muy santa y muy sucia. El ríodaba allí una amplia vuelta y chocaba con fuerza contra el borde de la ciudad, inundando muchas veces los peldaños que bajaban hasta el agua y algunas de las viejas casas. Mas, por mucho daño que hiciera en su furia, elrío seguía siendo sagrado y hermoso. Estaba particularmente hermoso aquella tarde, con el sol poniente bajo laoscura población y detrás del singular minarete, que parecía extender toda la ciudad hacia el cielo. Las nubes erande un rojo dorado, inflamadas con el brillo de un sol que había viajado sobre un país de intensa belleza y tristeza.Y, al desaparecer el brillo, allí, sobre la oscura ciudad, estaba la luna nueva, dulce y delicada. Desde la orillaopuesta, alguna distancia río abajo, todo el encantador espectáculo parecía mágico, y sin embargo perfectamentenatural, sin un toque artificioso. Lentamente la luna nueva descendió tras la oscura masa de la población, yempezaron a aparecer luces; pero el río retenía aun la luz del cielo vespertino, un áureo esplendor de increíblesuavidad. En esta luz, que era el río, había centenares de botes de pesca. Toda la tarde, hombres delgados ymorenos, con largos palos, habían estado remontando laboriosamente la corriente, en una sola fila cerca de laorilla; partiendo de la aldea pesquera situada bajo la ciudad, cada hombre en su bote, a veces con un niño o dos,había remontado lentamente el río hasta pasar el largo y pesado puente, y ahora bajaban por centenares, llevados por la fuerte corriente, Estarían pescando durante toda la noche, capturando grandes y pesados peces de diez aquince pulgadas de largo, que después, coleando aun algunos de ellos, serían echados en embarcaciones mayoresamarradas a la orilla, para venderse al día siguiente.Las calles de la ciudad se hallaban atestadas de carros de bueyes, autobuses, bicicletas y peatones, con algunavaca suelta acá y allá. Estrechas y tortuosas callejas, con tiendas mal alumbradas, estaban cenagosas por lasrecientes lluvias, y sucias con el lodo de hombres y bestias. Una de estas callejas conducía a los anchos peldañosque bajaban hasta el borde mismo del río, y en estos escalones se hacía de todo. Algunas personas estaban sentadascerca del agua, con los ojos cerrados, en silenciosa meditación; próximo a ellas un hombre cantaba ante unaentusiasta multitud, que se extendía por lo alto de los escalones; más allá, un mendigo leproso extendía la manomarchita, mientras que un hombre con la frente encenizada y el cabello desgreñado instruía a la gente. Cerca deallí, un
sannyasi
, limpio de cara y de piel, con túnica recién lavada, estaba sentado inmóvil, con los ojos cerradosy la mente centrada, por una larga y fácil práctica. Un hombre que tenía la mano en posición ahuecada implorabacalladamente de los cielos que se la llenasen; y una madre, con el pecho izquierdo desnudo, amamantaba a su nene,inconsciente de todo. Más allá, río abajo, estaban quemándose en grandes y rugientes hogueras, cadáveres traídosde las aldeas próximas y de la extensa y sucia población. Allí se desarrollaba todo, porque aquella era la mássagrada de las ciudades. Mas la belleza del río, que corría silenciosamente, parecía borrar todo el caos humano,mientras los cielos sobre él contemplaban con amor y maravilla.Estábamos allí varios, dos mujeres y cuatro hombres. Una de las mujeres, de bien formada cabeza y ojos penetrantes, había sido muy bien educada, en el país y en el extranjero; la otra era más modesta, de mirada apenadae implorante. Uno de los hombres, un ex comunista que había dejado el partido hacía varios años, era enérgico yexigente; otro era artista, tímido y retraído, pero lo bastante resuelto para afirmar su idea cuando la ocasión loexigía; el tercero era funcionario de la burocracia oficial; y el cuarto era un maestro, muy afable, con pronta sonrisay anheloso de aprender.Todos estuvimos en silencio un rato, y luego habló el ex comunista.“¿Por qué hay tanto deterioro en todas las ramas de la vida? Yo puedo comprender que el poder, aunque seejerza en nombre del pueblo, es esencialmente malo y corruptor, como lo habéis señalado. Vemos este hechodemostrado en la historia. El germen del mal y de la corrupción está inherente en todas las organizaciones políticasy religiosas, como se ha visto en la iglesia al correr de los siglos, y en el moderno comunismo, que prometía tanto pero que se ha vuelto él mismo corrupto y tiránico. ¿Por qué tiene que deteriorarse todo de esta manera?”“Sabemos muchísimo sobre muchas cosas”, añadió la señora instruida, “pero el conocimiento no parecedetener la corrupción que está en el hombre. Yo escribo un poco y he publicado algunos libros, pero veo cuánfácilmente puede la mente perder su integridad una vez que ha dominado alguna cosa. Si aprendéis la técnica de la buena expresión, si descubrís unos cuantos temas interesantes o impresionantes, y si os acostumbráis a escribir,quedáis ya establecido para toda la vida; llegáis a ser popular y estáis perdido. No digo esto con ninguna actitudmaliciosa o amargada, porque haya fracasado o haya tenido sólo algún éxito indiferente, sino porque veo este proceso actuando en otros y en mí misma. Parece como si no pudiéramos librarnos de la corrosión de la rutina y lacapacidad. Para iniciar algo, hacen falta energía e iniciativa, pero, una vez puesto en marcha, lleva en sí inherenteel germen de la corrupción. ¿Puede uno escapar jamás de este proceso corruptor?”“Yo también”, dijo el burócrata, “estoy atrapado en la rutina decadente. Proyectamos para un futuro de cincoo diez años, construimos presas y fomentamos nuevas industrias, todo lo cual es bueno y necesario; pero, aunquelos diques estén bellamente construidos y perfectamente conservados, y las máquinas funcionen con un mínimo deineficiencia, nuestro pensar, por otra parte, se vuelve cada vez más ineficiente, estúpido y perezoso. Lascomputadoras y otros complejos dispositivos electrónicos superan al hombre a cada paso, pero sin el hombre no podrían existir. El hecho cierto es que unos cuantos cerebros están activos y son creadores, y que el resto denosotros vivimos de ellos, pudriéndonos y con frecuencia regocijándonos en nuestra podredumbre”.

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