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Vendiendo helados a las putas

Vendiendo helados a las putas

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de "Expreso París-Buenos Aires"
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10/07/2012

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Vendiendo helados a las putas
Putas. Esculturales, esbeltas y maravillosamente putas, de piel dorada, muslosfirmes, tetas paradas, cabello ensortijado, lacio, morocho, castaño, rubio, el quequisieras, había de todo. En realidad no sabíamos si eran putas, pero vaya si loparecían, o en todo caso nos hubiera gustado que lo fueran. Cada vez que seacercaban al puesto de helados que atendía, pidiendo algún modelo bizarro deesos que habían aparecido el último verano, con forma de torpedo o de animalridículo me veía en la obligación de dejar un rato el brazo dentro de laheladerita para hacer que me baje la temperatura. Sergio miraba divertidodesde su kioskito instalado a tres metros, reprimiendo la sonrisa, aunque, aligual que yo, no podía ocultar el bulto que crecía dentro del jean cuando algunade ellas terminaba el pase de mallas en el stand de enfrente y vea arefrescarse, sabiendo de antemano que nos ponían en una situación que nopodíamos controlar ni disimular desde la altura patética de nuestros quinceaños llenos de leche y hormonas.Ah! que diosas eran, enfundadas en esa lycra blanca o negra, enteriza o de dospiezas, que moldeaba sus cuerpos como un guante reluciente y húmedo.Recuerdo una en particular, aunque su nombre, si alguna vez lo supe, se haperdido en el patio trasero de mi memoria, no así su figura perfecta, sus bucleslargos y suaves, sus piernas estilizadas y finas.Esperaba por ella todas las santas tardes, después de haber pasado una mediahora montando el puesto de helados y ayudando a Sergio con los caramelos, loscigarrillos, los alfajores y todas las otras mierdas que su tío nos había entregadopara vender.Llegaba puntual, vestida con pantalones ajustados, zapatos de taco y unacamisa de jean que le aprisionaba los pechos, dando la impresión de que iban areventar y sarseles cosa que nos hubiera maravillado tanto de habersucedido que seguramente no hubiésemos podido aprovechar el espectáculo.Nomás verla aparecer y ya tenía la plena sensación de haberme mojado lospantalones con las gotas pegajosas que manaban de mi salchicha tuerta,encerrada en su prisión de algodón. Intercambiábamos con los puesteros de allado miradas entendidas, guos de conocedores y cejas enarcadas deadmiración, como si fuésemos capaces de estar a la altura de las circunstanciasy no los adolescentes calentones que en realidad éramos.Hermosa como una amazona, y divertida por el efecto que causaba, nossaludaba con la mano mientras se encaminaba al probador para ver qué letocaba pasar ese día. Nosotros la seguíamos con la vista, como un par de perrosfalderos, incapaces de prestar atención a los primeros clientes que empezaban apoblar la feria, tempraneros incorregibles que venían a hojear los libros quenunca en su vida iban a comprar y muchísimo menos a leer.Luego, de a poco, iba apareciendo el resto de sus compañeras, todas perfectas,como salidas de un aviso gráfico de cerveza helada, con la actitud y laseguridad que da el saberse una bomba de tiempo, un objeto deseado por milesde pares de ojos, el corte de carne más preciado en medio del racionamiento deuna guerra mundial, el premio mayor. Pero ella era mi favorita, la morocha de1
 
bucles esponjosos y tetas aguerridas. Era mi favorita porque no lucía como unavedette de cuarta categoría, sino como una puta fina. O al menos eso era parami cerebro de pendejo afiebrado, trabajador de fin de semana en una feriaatendiendo un kiosco de helados. Yo me rompía la espalda once horas por día yella llegaba, se cambiaba, mostraba un par de mallas en una especie de desfileorganizado por la marca del stand, y se iba, fresca y radiante como habíallegado, acariciada por las luces dicroicas que bañaban su cuerpo perfecto. Paramí era una puta, una puta fabulosa y deseable. Si lograba trabajar sólo doshoras mostrando sus encantos no podía ser otra cosa, y posiblemente no lofuera, salvo que de seguro la realidad de sus as fuese mucho menosglamorosa de lo que yo me imaginaba, chupando pijas de empresarios textilesde segunda y de selectores de personal de cuarta, todo para que le dieran unlugar y un empleo en esos eventos tan poco especiales.Ah! como esperaba yo, transido y expectante, el momento en que después deldesfile se acercaría hasta el puesto a pedirme “uno de esos de agua, de fruta,¿tenés?”, y yo, babeante y con el cerebro frito, reseco, abrumado por el calor delos pasillos llenos de gente hedionda y de su presencia, le diría “si claro, paravos por supuesto”, creyéndome una especie de galán en miniatura, sin ningunaconciencia de lo gracioso que resultaría a sus ojos, desde mi adolescenciarepleta de semen y erecciones nocturnas.Cada mañana al levantarme me encontraba con una mancha nueva en elcalzoncillo, producto de mis fantasías eróticas nocturnas con mi puta favorita ysu colección de bikinis y enterizas, su rostro esmerilado, blanco y sedoso, que seadivinaba tan terso al tacto, su culo redondo y cincelado bajo las costuras del jean nevado con el que hacía su aparición, antes de liberarlo en todo suesplendor enfundado en una minúscula bombacha refulgente de lycra de color.Ah! qué increíble sensación sexual la de hundir mi brazo derecho en el gélidocompartimiento a la pesca de su palito preferido en forma de torpedo de agua,que yo no podía sino asociar con la hinchazón que me atacaba ipso facto en elpreciso instante en que la veía acercárseme, mi brazo derecho congelándosemientras mi propio torpedo desencajado pugnaba por escapar para ir aencerrarse en el cálido reducto de su boca incandescente y muerta de sed.Un pichón abroquelado de unos ojos esmeralda, un cachorro calenturientopreso de un par de piernas, esclavo de una mata de pelo color almendra quecaía con gracia milimétrica sobre el más apetecible par de tetas que hubiera yodeseado poseer, tensas y desafiantes bajo su copa hilada, orgullosas y tiernascomo ciruelas maduras bañadas por el sol incandescente del verano, un babososin vergüenza inclinado sobre un montón de envoltorios multicolores,intentando encontrar al tacto el tesoro que me llevaría sin escalas al corazón y ala carne de mi amada puta despampanante y salvaje. Una vergüenza, unaauténtica vergüenza de un metro sesenta, eso era, vestido como para una fiestay detrás de un cartel con el logo de la empresa de helados más conocida delpaís, con la incipiente barba que me dejaba para parecer más grande y queindefectiblemente sólo me hacía lucir como un imberbe intentando parecerse aun hombre.2
 
Pero ah!, cómo esperaba yo esos momentos desde que volvía a casa hasta el díasiguiente, y mierda si me importaba que no me pagaran lo suficiente, al carajocon los reclamos sindicales y las horas extras que el tío de Sergio se embolsabacomo la perfecta cucaracha que era, contratando en negro menores de edad,para asegurarse máximas ganancias. No, no me importaba un carajo todo esoen tanto y en cuanto supiera que iba a ver a mi puta predilecta, “la de lasmallas, ¿no es un bombón?, viste que infierno de mina? lo buena que está?”llegar a la hora señalada a movilizarme el torpedo con un solo gesto, señalandola pizarra de los gustos.“Hay un laburo temporario que por ahí te interesa”, había dicho Sergio esasemana, a la salida de una clase aburrida, “mi tío pegó la concesión de loskioscos y puestos de helados en la Feria del Libro. Todos los fines de semana deocho de la mañana a once de la noche, ¿te va?”. Me iba. No tenía un pesopartido al medio y me iba. Vender helados, ¿cuán difícil puede ser venderhelados? Al principio me costó adaptarme a los horarios monstruosos,aburridos y largos como una cinta sin fin, pero una vez que conseguí el estadomental necesario y desconectar las neuronas suplementarias no había nada mássencillo. Se trataba de vender y cobrar, casi automáticamente, con una sonrisade ser posible, y de no quedarse sin monedas. Para alguien que se jactaba dehaber leído más de lo necesario trabajar en una feria de libros era casi como unasegunda naturaleza, una oportunidad única de ver al monstruo desde adentro.Por supuesto no era que hubiese leído más de lo necesario, sino que
creía
quehabía leído más de lo necesario, lo cual no era ni por las tapas la misma cosa.Había rechazado hacía poco una oferta para salir con un carro de helados porlas calles (“no estoy TAN en la mierda”, me había dicho a mí mismo), con locual vender palitobombonhelado modamente instalado detrás de unmostrador durante un montón de horas, y con la posibilidad de hojear todos loslibros que se me cantaran las pelotas era casi como un regalo del cielo.Cuando caí en la cuenta de que además el puesto estaba montado justo enfrentede un stand de mallas y que todos los días a determinada hora habría un desfilecon modelos paseándose impunemente en traje de baño creí que el Señor sehabía apiadado por fin de mi suerte.Todos esos culos jugosos y prístinos bamboleándose a escasos dos metros denuestros ojos! Que buena jugada! Pero que buena jugada! ¿A quién mierda leimportaba si se vendían o no los malditos helados, si sua o bajaba lafacturación o si tal o cual domingo habría más o menos visitantes que elanterior? Denme los culos! pónganlos en fila y no me molesten!. Sí, ya sé queme pagan por darte el cucurucho que estás pidiendo, pero ahora, justo ahora,en este preciso instante, viejo de mierda, ¡estoy ocupado!!!Unos metros s al, a mi izquierda, el stand de enciclopedias que selevantaba en una esquina del pasillo se convertía en una extensión de la clásicamesa de café de barrio. El gordo encargado de publicitar las maravillas de laúltima edición, con sus mapas a todo color, sus referencias cruzadas, sus listasde verbos mejores n que las del diccionario de la Real Academia, susdesplegables en papel satinado y su fina encuadernación cosida a mano nodaba crédito a lo que veía cuando se encendían las luces y el desfile comenzaba,3

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