/  10
 
C
CARMELO CUÉLLAR JIMENEZ ³La Leyenda´
y
 
D
arwin Pinto Cascan
Abrió los ojos de golpe a la mitad de la noche y se encontró con la miradaoscura del sargento Antonio Chory. El movima que había sido su mejor clase en la Guerra del Chaco, yacía de pie, mirándolo, apoyado ligeramentea la ventana del dormitorio como si estuviera muy cansado, a contraluz delos rayos de la luna que bañaban a una Montevideo sumergida en las aguasnegras de un mal sueño.-
Carmelo
, dijo Chory con una voz que venía de lejos.-
Carmelo
, repitió eso que pese a llevar uniforme caqui con abarcas llenasde polvo del pasado, igual era una sombra que se fundía con las olas de lacortina movida por el viento«El capitán Carmelo Cuéllar se incorporó de la cama empapado en un sudor que no parecía de angustia y se le quedó mirando a aquel visitanteinesperado con el corazón agitado por algo peor que la tristeza. Pese a quehabía llorado muchas veces en los tiempos de la Guerra Grande, jamás sehabía dejado ver con nadie en esos menesteres, puesto que aquel era uníntimo rito de limpieza de su alma que él no podía darse el lujo demostrarle a los demás. Pero este era el sargento Chory, beniano como él ycon quien el capitán Cuéllar sentía que tenía una deuda.-
 Nadie nunca te sintió llegar, querido camba ³pisablandito´,
dijo Carmelocon una casi ternura contenida por la rudeza de su carácter, pero ya elsargento Chory se había ido. Carmelo se limpió una lágrima de hombre conel dorso de su mano morena de los hijos de Magdalena y entonces sintió unleve dolor en la cara. Estaba un poco hinchada, nada serio ni demasiadovisible. Afuera, el Montevideo del exilio dormía con la boca abierta y un pie afuera de la manta de la noche. Amanecía sobre el Río de la Plata yCarmelo dijo entre dientes«-
También amanece sobre Magdalena y Trinidad.
 Trató de acomodarse nuevamente en la cama bajo el argumentoinexpugnable de que debía descansar porque en unas horas más tendría elduelo de honor con ese irritable argentino y antiperonista, el tal doctor Sanmartino. Pero fiel a la energía interior que lo había convertido en unaleyenda viviente como jefe militar y revolucionario a favor de loshumildes, reflexionó para sus adentros: ³
dormir demasiado es el consuelo
 
que les queda a los que no han vivido. Sé que la vida no me va a alcanzar  para conseguir todo lo que he soñado, ¡pero es que he soñado tanto!«
´Suspiró empapado en el sudor amargo de la melancolía y una avalancha derecuerdos desordenados le llenó la mente con habilidades de turbión. Pensóen las cosas que había soñado desde los años desolados de su huérfanainfancia y se vio en Villamontes dirigiendo a los revolucionarios de PazEstensoro rumbo a Tarija; se vio desnudo y feliz en su Magdalenaverdísima y húmeda, cuya luz había sido la primera que sus ojos vieron. Unhormigueo le recorrió la espalda y de inmediato se vio también en SantaCruz de la Sierra pasando clases en el Colegio Nacional Florida junto a suscompañeros de adolescencia y correrías, que después fueron sus camaradasen los días duros de esa infortunada guerra que aún retumbaba en sucabeza.
D
e golpe ese mosaico mental que mezclaba el pasado con el futuro se hizo pedazos cuando volvió a ver al Sargento Chory yendo otra vez con lasmanos vacías rumbo a Cabayo Cabuirenda, como aquella vez, allá en elinfierno«Vio pasar de nuevo al sargento movima a través de la ventana desu cuarto montevideano rumbo a su destino, pero entonces Carmelo nosintió miedo, sintió algo peor.¿Miedo? él había vencido el miedo desde los años remotos de su niñez,cuando a los 8 años, en su natal Magdalena perdió a su padre, GonzaloCuéllar, víctima de un mal que hoy con el avance de la ciencia llamaríamoscáncer. Su madre había muerto el mismo año pero de pura tristeza y él, elmenor de seis hermanos, se había quedado casi solo en el mundo«¿miedo? Cuando alguien se queda huérfano a una edad en la que todo se veen dimensiones gigantes sin que haya nadie que te dé una mano, no se tienederecho a tener miedo.-
 No se tiene derecho a tener miedo«
repitió Carmelo casi en un murmullo.Se pasó la mano por un lado de la cara para limpiarse el sudor yredescubrió que la tenía un poco hinchada y adolorida, cubierta por unasensación de latente y húmedo calor. Nada grave, eso era el resultado delataque más suave que había recibido en su vida.
D
e pantaloncillos y camiseta, el capitán Cuéllar se levantó de la cama ycaminó descalzo sobre el piso helado de su modesto departamento deexiliado hasta el escritorio iluminado por la luna que entraba a través de laventana por donde nuevamente lo miraba Antonio Chory.-
Carmelo, quiero a mi ³muñeca´. Carmelo quiero irme a Yacuma.Carmelo, con unos diez como vos y otros diez como los Buschs y Bilbaos Riojas y Marzanas y un puñado más de cambas benianos, cruceños y del 
 
territorio de Colonias, hubiéramos ganado antes« Carmelo ¿por qué no puedo llevar a mi muñeca a lo de Cabayo
 
Caiburenda? Total, sólo faltandos horas para volver a casa«Yo, como vos, soy hombre de montes y ríos,este desierto nos está matando, Carmelo«
decía el sargento movima conuna voz que volaba cansada sobre el aire líquido de ese amanecer tan lejosde Magdalena.Carmelo se contuvo para no llorar esas lágrimas de hombres queatravesaban el acero de su alma y de las que nacían quebrachos de piedracuando tocaban el suelo. Como todo camba, Carmelo era un guerrero concorazón de poeta«-
 Descanse, soldado«
dijo el capitán Cuéllar con la cabeza baja sobre elescritorio, decidido a no ver más a Antonio y empezó a escribir con esaletra menuda de las almas fuertes para que el sargento Chory comprenda por fin lo que había pasado aquel día remoto, allá, en lo del CabayoCaiburenda«
³Antonio Chory, µel macho¶ murió cazado de un balazo como un pajarito.Sólo uno. Cayó el mismo 14 de junio de 1935 a las 10 de la mañana, doshoras antes de que se callaran para siempre los cañones de Guerra del Chaco. Yo había recibido la orden de ocupar un lugar denominado³Cabayo
 
Cabuirenda´, pero con la instrucción de que no vaya yo y, entodo caso, que fuera un clase responsable para evitar choques con el enemigo.
 
 Era una misión
 
delicada que le encomendé al Suboficial Alberto Bloomfield. El Sargento Chory pertenecía a esa sección. Dispuse queChory no llevara su ametralladora semipesada que manejaba con muchahabilidad y que adoraba tanto que le decía ³mi muñeca´. La amaba, jugaba con ella en el combate a caballo o a pie. Ocupado el puesto, Chory se adelantó, nadie sabe por qué, unos cien metros por el borde del caminohacia Guirapitindy y se encontró de frente con una patrulla enemiga quevenía también para ocupar el puesto que ya era nuestro. Se encontró al enemigo sin su ³muñeca´ en las manos. No hubo choque, ni escaramuza,nada, fue sólo un tiro y la patrulla paraguaya se replegó y no volvió nuncamás. La guerra terminó
 
dos horas después. Antonio Chory
 
murió sin ³sumuñeca´, que aquel día había dejado apesadumbrado por orden mía. Hasta hoy me remuerde la conciencia por haber cumplido esa orden. Antonio, ¿es que todavía no sabés que llevás
 
varios años de muerto?
 
 Perdoname, Antonio.
 Cuando Carmelo soltó la pluma, el espectro ya no estaba ahí. Era como si jugase a las escondidas, como si fuera y viniera a través del tiempo, a ratoscaminando sobre el polvo rojo del Chaco rumbo a Cabayo Cabuirenda sinsu ³muñeca´ en las manos, a ratos de pie sobre el suelo húmedo de

Share & Embed

More from this user

Add a Comment

Characters: ...