territorio de Colonias, hubiéramos ganado antes« Carmelo ¿por qué no puedo llevar a mi muñeca a lo de Cabayo
Caiburenda? Total, sólo faltandos horas para volver a casa«Yo, como vos, soy hombre de montes y ríos,este desierto nos está matando, Carmelo«
decía el sargento movima conuna voz que volaba cansada sobre el aire líquido de ese amanecer tan lejosde Magdalena.Carmelo se contuvo para no llorar esas lágrimas de hombres queatravesaban el acero de su alma y de las que nacían quebrachos de piedracuando tocaban el suelo. Como todo camba, Carmelo era un guerrero concorazón de poeta«-
Descanse, soldado«
dijo el capitán Cuéllar con la cabeza baja sobre elescritorio, decidido a no ver más a Antonio y empezó a escribir con esaletra menuda de las almas fuertes para que el sargento Chory comprenda por fin lo que había pasado aquel día remoto, allá, en lo del CabayoCaiburenda«
³Antonio Chory, µel macho¶ murió cazado de un balazo como un pajarito.Sólo uno. Cayó el mismo 14 de junio de 1935 a las 10 de la mañana, doshoras antes de que se callaran para siempre los cañones de Guerra del Chaco. Yo había recibido la orden de ocupar un lugar denominado³Cabayo
Cabuirenda´, pero con la instrucción de que no vaya yo y, entodo caso, que fuera un clase responsable para evitar choques con el enemigo.
Era una misión
delicada que le encomendé al Suboficial Alberto Bloomfield. El Sargento Chory pertenecía a esa sección. Dispuse queChory no llevara su ametralladora semipesada que manejaba con muchahabilidad y que adoraba tanto que le decía ³mi muñeca´. La amaba, jugaba con ella en el combate a caballo o a pie. Ocupado el puesto, Chory se adelantó, nadie sabe por qué, unos cien metros por el borde del caminohacia Guirapitindy y se encontró de frente con una patrulla enemiga quevenía también para ocupar el puesto que ya era nuestro. Se encontró al enemigo sin su ³muñeca´ en las manos. No hubo choque, ni escaramuza,nada, fue sólo un tiro y la patrulla paraguaya se replegó y no volvió nuncamás. La guerra terminó
dos horas después. Antonio Chory
murió sin ³sumuñeca´, que aquel día había dejado apesadumbrado por orden mía. Hasta hoy me remuerde la conciencia por haber cumplido esa orden. Antonio, ¿es que todavía no sabés que llevás
varios años de muerto?
Perdoname, Antonio.
Cuando Carmelo soltó la pluma, el espectro ya no estaba ahí. Era como si jugase a las escondidas, como si fuera y viniera a través del tiempo, a ratoscaminando sobre el polvo rojo del Chaco rumbo a Cabayo Cabuirenda sinsu ³muñeca´ en las manos, a ratos de pie sobre el suelo húmedo de
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