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Ambelain Robert - El hombre que creo a Jesucristo

Ambelain Robert - El hombre que creo a Jesucristo

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02/15/2014

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El Hombre Que Creó a Jesucristo
Robert Ambelain
Índice
Advertencia...................................................................................................................................................................................1Introducción..................................................................................................................................................................................2Primera parte - El gran sueño de Saulo-Pablo..............................................................................................................................6Segunda parte - Pablo, el que creó a Cristo................................................................................................................................64Tercera parte - Las llamas de Roma............................................................................................................................................92Anexo........................................................................................................................................................................................121
La costumbre romana consiste en tolerar ciertas cosas y en silenciar otras... gregorio VII, carta del 9 de marzo de 1078 aHugues de Die, legado pontificio¡Desde tiempos inmemoriales es sabido cuan provechosa nos ha resultado esa fábula de Jesucristo! león
 
X
,
carta al cardenalBembonota: La carta de Gregorio VII la cita Fierre de Luz en
Histoire des Papes (Imprimatur, Albín
Michel, París, 1960, tomo I, p.148). La carta de Juan de Mediéis, alias León X, citada por Pico de la Mirándola, dice lo siguiente en latín:
«Quantum nobisnotrisque que ea de Christo fábula profuerit, satis est ómnibus seculis notum...».
Su tercer sucesor, Alejandro Farnesio, aliasPablo III, confiaría al duque de Mendoza, embajador de España en Roma, que al no haber podido descubrir ninguna pruebade la realidad histórica del Jesucristo de la leyenda cristiana, se veía obligado a sacar la conclusión de que se hallaban anteun dios solar mítico más.
Advertencia 
La Historia es una ciencia que, para merecer ese calificativo, tiene la obligación de ser exacta, de reposar sobre documentosy sobre su confrontación, sobre severos controles cronológicos y sobre datos que puedan probarse.A menudo la leyenda no es otra cosa que su deformación, ampliada por amor a lo maravilloso, y alimentada a vecesexpresamente, en provecho de intereses de lo más materiales.Así pues, la Historia es para los adultos, y la Leyenda para aquellos que todavía no lo son, o lo son de forma incompleta. Fuepor eso por lo que el académico Marcel Pagnol pudo decir en su estudio definitivo sobre
Le Masque de Fer:
«El primer deber del historiador consiste en restablecer la verdad destruyendo la Leyenda. Sin él, la historia de los pueblos no sería más queun extenso poema, donde los hechos, engrandecidos y dramatizados por la imaginación de las multitudes, enormementeembellecidos o inventados por los aduladores de los reyes, brillarían, en color de oro y de sangre, en medio de una luminosabruma».En estas páginas a veces se encontrarán citas de documentos repetidas. Estas nos han parecido indispensables, ya quecada uno de los capítulos de esta obra constituye un todo, y el mismo argumento puede verse requerido como testimonio endiferentes circunstancias y con diferentes fines. Y ese argumento puede haberlo olvidado el lector...Como decíamos en nuestra obra
Jesús o el secreto mortal de los templarios
1
,
un verdadero lavado de cerebro dogmático haimpregnado, por las buenas o por las malas, durante más de quince siglos, la psique hereditaria del hombre occidental, y amenudo, sin que él se diera cuenta, lo ha hecho más o menos refractario a la crítica, o incluso a la lógica más evidente.Contra esa verdadera tortura intelectual, que todavía sigue vigente en nuestra época, el historiador deseoso de servir a laverdad se ve obligado a utilizar los mismos argumentos.
1
Martínez Roca, S. A., Barcelona, 1982.
1
 
Y se excusa de antemano por ello, aunque, como decía también Marcel Pagnol: «Esas repeticiones no son elegantes, peroeste libro no es una obra literaria. No es sino la instrucción de un caso criminal en la cual la precisión y la oportunidad de unaobservación tienen a menudo mucha más importancia que la pureza del estilo».¿Qué añadir a estas palabras?robert ambelain
Junio de 1970 
Introducción 
¿Hijo del deseo o hijo del tumulto?
Costobaro y Saulo tenían también consigo gran número de guerreros, y el hecho de que fueran de sangre real y parientes delrey les hacía gozar de una gran consideración. Pero eran violentos y siempre estaban dispuestos a oprimir a los másdébiles...flavio josefo
 Antigüedades judaicas
,
XX,
8.
Guinneth-Saar,
el «Jardín de los príncipes»...
Los rabinos denominan a este valle
Kinnereth,
según el antiguo nombre que figura en sus escrituras, pero los kanaim, ozelotes, por odio a los incircuncisos privilegiados que tienen allí sus ricas mansiones, lo llaman
Gehenne-Aretz 
(de lo que losgentiles hicieron
Genesa-ret,
debido a una mala pronunciación), es decir el «valle de la aridez», del mismo modo quedenominan «negrura» a Mentís, la capital religiosa del odiado Egipto, cuando el mismo nombre en egipcio hierático significa«blancura». Juego de palabras, inversión, que a la vez quiere ser maldición, pero que no puede hacer olvidar el viejo
dict 
rabínico:«De los siete mares que creó el Eterno, el de
Kinnereth
constituye su mayor gozo...».En este valle afortunado, situado en la orilla occidental del mar de Galilea, crecen libremente las palmeras datileras, loslimoneros, los naranjos, que mezclan sus aromas al de los altos eucaliptos plateados. Todos los árboles frutales (ciruelos,albaricoqueros, melocotoneros e higueras) se asocian a los olivares para ofrecer al hombre el beneficio de sus sabrososfrutos, como si temieran ser desbancados por sus hermanos aristocráticos (adelfas rosas y blancas, con perfume de miel,áloes, agaves) y todas las variedades de flores silvestres (narcisos, anémonas, etc.). Y cuando llega la primavera, prontoanunciada por el presuntuoso almendro, predomina por encima de todos esos olores el aroma voluptuoso de la acaciasilvestre, el árbol que, según Salomón, vela sobre las cenizas de Adoniram, prodigioso derrumbador de las columnas delTemplo y esposo secreto de Baikis la misteriosa.En medio de toda esta flora embriagadora se cruzan, al borde de la orilla, los rosados flamencos, los cormoranes, las pollasde agua, los patos salvajes y los pelícanos; a veces incluso algunos ibis rojizos, aventurados lejos del piadoso Egipto.Durante el día, muy arriba en el cielo, el vuelo del águila real se cruza con el del lento buitre, y cuando llega la noche con suluz rosada, en los aromáticos maquis, compuestos de enebros, madroños y lentiscos, se desliza silencioso e indolente, perocon la vista y el oído al acecho, el ágil y majestuoso guepardo.Mar adentro, hacia el norte, unas velas blancas inmóviles esperan que el viento de la tarde, procedente del mar de Fenicia,muy próximo, al oeste, permita a los pescadores desplegar su destreza de marinos y conducir a Cafarnaúm y Betsaida lospescados que sus redes han capturado.Éste es el cuadro que nos ofrece de día, en el año 8 del reinado de Tiberio César, el mar de Galilea y sus encantadorasplayas alrededor de la desembocadura del Zaimon, que constituye el eje del valle de
Guinneth-Saar.
Pero una vez de noche,el ambiente es completamente distinto.A la hora en que comienza este relato de restitución, un poco de luz se refleja sobre las aguas turbias del lago, pues la luna,en su cuarto menguante, ilumina vagamente la cadena montañosa que bordea la orilla oriental. Innumerables estrellassalpican con su brillo el oscuro terciopelo azul del cielo de Galilea, y los pastores, si conocen las constelaciones, pueden ver ascender por oriente a
Ibt-al-Jauza,
el Hombro del Gigante, estrella que los gentiles llaman Betelgeuse, mientras que
Yed- Alphéraz,
el Hombro del Corredor celeste, a quien los mismos denominan por entonces Markab, culmina en el cenit. Lanoche es fresca y suave, y la humedad se condensa poco a poco.En una pequeña península que se adentra en las aguas se yergue una masa oscura. Elevados muros, de más de diez codosde altura, en ligera pendiente que termina en un camino de ronda, sostienen y aíslan un promontorio cubierto por una ampliaterraza enlosada. El único acceso posible lo constituye una estrecha puerta de bronce, que se abre hacia una escalerainterior tallada en la roca. Sobre esa terraza se eleva una gran mansión de tipo griego, con tres pisos de pérgolas superpues-tas. Alrededor de las columnatas de sostén de estas últimas se enroscan y trepan plantas aromáticas: jazmín y madreselva.Está abierto un único batiente hacia la brisa nocturna que llega de las montañas de la orilla oriental, y de esa abertura sale untímido haz de luz rojiza, que se extiende sobre la terraza como un mantel de sangre seca. La silueta oscura de un arquero deNubia en cuclillas e inmóvil frente al parapeto, como una estatua, es lo único que rompe la monotonía del lugar.Y a intervalos casi regulares, con la monótona cadencia de un eco, se eleva un clamor en el silencio de la noche, un grito queparece caminar a lo largo del camino de ronda, que decrece y que luego vuelve a empezar en
crescendo
para terminar muy
2
 
cerca:
«Schemero... Schemero... Schemero...
»
1
. Son los centinelas, que intercambian el grito de alerta reglamentario, unodetrás de otro, a fin de mantenerse en contacto y despiertos.Y es que esta mansión es la de Cypros, princesa herodiana, la segunda que lleva este nombre, esposa de Antipater II,sobrino de Heredes el Grande, y su aislamiento a casi una milla romana de distancia de Tiberíades, la nueva ciudad queerige en honor del emperador Tiberio su hermanastro Heredes Antipas, tetrarca de Galilea, exige una severa vigilancia diurnay nocturna.Porque no es raro ver descender de los valles perdidos de la alta Galilea a clanes de montañeses peludos y barbudos,armados con lanzas, con las cortas
sicca y 
el pequeño escudo redondo. Éstos, drogados por el
boanerges,
el «hijo deltrueno», la terrible seta alucinógena,
2
caen sobre las ricas residencias de la dinastía idumea y de sus más importantesoficiales, tanto por amor al pillaje y a la guerra como por odio a los «incircuncisos». Porque entre los galileos es donde serecluían principalmente aquellos a quienes los ocupantes romanos llaman
sicarii,
los griegos de la Decápolis,
zelotes,
y los judíos de las diversas sectas,
kanaim.
Por eso los arqueros nubios y los guardianes sirios que forman la pequeña guarnición de la mansión de Cypros y deAntipater (una cincuentena de hombres, a lo sumo) tienen siempre a punto la hoguera para dar la señal de alerta, que lesbastará con encender por la noche o hacer humear durante el día, a fin de avisar a la guarnición de Tiberíades, apenas sedeje oír a lo lejos el ritmo sordo y lancinante de los tamboriles de combate kanaítas.Esta noche su atención está más alerta que de costumbre, ya que se ha señalado una importante concentración zelote en laorilla sur del mar de Galilea, allá donde el Jordán reanuda su curso. Entre esos hombres, los observadores han reconocido avarios hijos de Judas el Gaulanita, y entre ellos el famoso Ieschuah. De manera que los arqueros negros de la guardiaconservan el arco a punto, con su cuerda alrededor del hombro derecho, y el carcaj de cuero a la espalda, al alcance de lamano, bien provisto de flechas de hierro dentado; de su cintura pende, además, la corta y ancha espada de reglamento. Losmercenarios sirios, por su parte, van armados de una gruesa lanza de hierro, una larga espada y un escudo de madera,recubierto de cuero de rinoceronte o de hipopótamo, pieles llegadas del alto Nilo por la ruta de las caravanas; así están aprueba de dardos y venablos. Todos llevan un casco de metal redondo, sin visera ni cimera.Pero todo parece en calma. Demetrios, el jefe de la guardia, acaba de volver de su ronda con algunos hombres y dosguepardos sujetos con correas. Y es que esta noche no es como las otras, y Demetrios, un griego de la cercana Decápolis, losabe mejor que nadie: Cypros, esposa de Antipater, va a alumbrar a un nuevo hijo. El primero fue una niña. Y si la opinión dela matrona es acertada, el acontecimiento se producirá antes del alba. Por eso Demetrios ha extendido su ronda hasta lastiendas montadas cerca del lago, donde acampan los arqueros negros y los lanceros sirios que no se hallan esta noche deservicio en la mansión. Penetremos con él en ésta.En una amplia estancia, cuya puerta está abierta de par en par sobre la terraza, lámparas de bronce provistas de aceite denafta prodigan una luz danzarina. Un trípode de plata sostiene una cazoleta de bronce con brasas rojizas sobre las que sehan echado virutas de madera de sándalo, y su azulado y aromático humo se eleva despacio y oblicuamente hacia la puertaabierta. Gruesos tapices venidos de muy lejos, unos de Catay y otros de Ecbatana, Edesa o Nyssa, están tirados al azar, losunos sobre los otros, cubriendo las anchas losas de mármol blanco. A lo largo de las paredes se alinean irregularmentecofres de maderas preciosas, con maravillosas incrustaciones de nácar o de marfil. Altos y pesados cortinajes de lino,hechos de varias telas gruesas juntas, y cuyos bordados y matices armonizan con el destino y la decoración de la estancia ala que están encarados, separan la cámara principesca de las salas colindantes.Sentadas en el suelo, sobre sus talones, algunas sirvientas judías o beduinas esperan en silencio. La matrona acaba depalpar una vez más el abdomen de la parturienta. Ésta se halla tendida, con su camisón de seda carmesí levantado hasta lasaxilas. Quizás sea hermosa, pero sus rasgos, deformados por la angustia y los primeros dolores, no permiten juzgarlo eneste momento. El lecho de bronce es alto; sus anchas tiras de cuero oloroso, que apenas unas gruesas mantas separan delos riñones de la paciente, no hacen sino acrecentar con su dureza los sufrimientos de ésta.—Uakhaiti, ¿ha regresado el señor? —pregunta en voz baja y cansada.—No, Lallah.
3
El señor Antipater se ha quedado en Tiberíades, al lado del Tetrarca, y hay pocas posibilidades de que estéaquí antes de que amanezca —responde la joven.La mujer suspira, luego prosigue:—Uakhaiti, toma tu laúd y cántame la canción de Débora la profetisa, el
Canto de la Victoria.
Mi madre, la reina Mariamna, lohizo cantar cuando yo nací, pues esperaba dar a luz a un hijo, y no a una hija, como asimismo lo esperaba mi padre, el reyHerodes.
4
Y Uakhaiti, hermana de leche de Cypros II, como indica su sobrenombre, toma su laúd y canta:
1
En arameo: «Centinelas... Centinelas...». Hasta el siglo XIX los ejércitos europeos conservaron el uso de ese grito decontrol: «¡Centinelas! ¡Estad alerta!».
2
 
 Boanerges:
antiguo término acadio que significa «hijo del trueno» y que designa a una seta alucinógena, la
 Amonitamuscaria,
que por aparecer inmediatamente después de la tormenta, fue denomina así por los pueblos primitivos deSumeria y Acadia. La utilizaban para obtener visiones. Jesús, Santiago y Juan hicieron uso de ella, como lo prueban losevangelios: Marcos, 3, 17 y 21. (Cf. JOHN M.
ALLEGRO
,
 Le Champignon sacre et la Croix,
Albin Michel, París, 1971.
3
 
Uakhaiti:
hermanita, en árabe.
 Lallah:
señora, en árabe.
4
Cypros II era judía por parte de su madre, Mariamna, e idumea por parte de su padre, Herodes el Grande.
3

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