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 Rikki TIkki Tavi Joseph Rudyard Kipling 
Rikki-Tikki-Tavi
 Joseph Rudyard Kipling
 
 Rikki TIkki Tavi Joseph Rudyard Kipling 
Ésta es la historia de la gran guerra que Rikki-tikki-tavi sostuvo,con su solo esfuerzo, en los cuartos de baño del gran bungalow,en el acantonamiento militar de Segowlee. Ayudóla Darzee, elpájaro tejedor, y Chuchundra, el almizclero, que no anda nuncapor en medio del piso, sino que se arrastra arrimado a lasparedes, fue quien la aconsejó; mas Rikki-tikki llevó todo elpeso de la encarnizada lucha.Era una mangosta, muy parecida a un diminuto gato en la piel yen la cola; pero mucho más semejante a una comadreja por lacabeza y por las costumbres.Los ojos y el extremo de su inquieto hocico teníalos de colorrosa; podía rascarse donde se le antojara con cualquiera de suspatas que quisiera usar, fueran las anteriores o las posteriores;sabía enderezar la cola poniéndola de modo que pareciera unescobillón, y su grito de guerra mientras se deslizaba por lahierba era: Rikk-tikk-tikki-tikki-tchick.Un día, una de las grandes avenidas del verano llevósela de lamadriguera en que vivía con sus padres, y la arrastró, pateandoy cloqueando como una gallina, hasta una zanja abierta alborde de un camino.Encontró allí un hacecillo de hierbas que flotaba en el agua y secogió a él; así permaneció hasta que perdió el sentido. Alvolver en sí estaba echada al sol en mitad de uno de loscaminillos de un jardín, muy mal cuidado, por cierto, y un niñodecía junto a ella:
 
 Rikki TIkki Tavi Joseph Rudyard Kipling 
-Aquí hay una mangosta muerta. Vamos a enterrarla.-No –dijo su madre-. Vamos a llevarla adentro para secarla. Talvez noesté muerta aún.Lleváronla a la casa, donde un hombre grueso la cogiócon el pulgar y el índice, y dijo que no estaba muerta, sinomedio ahogada, por lo cual la envolvieron en algon, lacalentaron, y ella entonces abrió los ojos y estornudó.-Ahora –dijo el hombre grueso (un inglés que acababa demudarse al bungalow)-, no la asustéis, para que no se escape,y luego veremos los que hacemos con ella.Diéronle un pedacito de carne cruda, que a Rikki-tikki le gustómuchísimo y, cuando lo hubo comido, fuese a la galería de lacasa, se sentó al sol y erizó todos los pelos de su piel para quese secaran hasta la raíz. Y hecho esto, sintióse mejor.-Hay en esta casa s cosas que descubrir –se dijo- quecuantas pudiera hallar toda mi familia en su vida. Yo aquí mequedo, para irlo inspeccionando todo.A las primeras horas de la mañana siguiente, Rikki-tikki,colocada sobre el hombro del niño, fue llevada a almorzar a lagalería; comió allí plátano y huevo pasado por agua, y púsosesucesivamente sobre las rodillas de todos, porque no haymangosta bien educada que no sienta siempre la esperanza dellegar a convertirse algún día en animal doméstico, teniendo asu disposición salas en que corretear, y, además, la madre de

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