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23. Cornellà I: Visto para sentencia
Da miedo que uno pueda encontrarse ante un tribunal y, sinninguna garantía y sin suficiente prueba, se vea condenado aese mundo de la cárcel —que no debe ser, y que muchos seempeñan en que siga siendo, tenebroso—. Nos dio muchomiedo
El proceso
de Kafka.
G
ÉRARD
T
HOMÀS
, «Películas de miedo»,
El País
, 12 de enero de 2007
Gérard Thomàs Andreu era el presidente de la sec-ción novena cuando llegué a Barcelona a principios de junio de 2006. Su tribunal había sido el primero en con-denar a Ahmed Tommouhi, en 1992, por las violacionesen Cornellà y cuando el fiscal pidió el indulto, en 1999,el primero en informar al ministerio. El informe era fa-vorable, así que fui a verlo pensando que algo habríacambiado su impresión sobre los hechos que él y sus co-legas habían declarado probados.—Si informamos a favor del indulto, que no espara nada vinculante, fue porque, bueno, si lo había pe-dido el fiscal, que coordina también la investigación so-bre los otros casos, pues será por algo; en todo caso, esal Gobierno a quien le corresponde resolver, no a mí, nia mi tribunal; ahí tenga el Gobierno su patata caliente—dijo. A las puertas de su sección, en un pasillo solea-do junto a uno de los patios interiores y acristalados delPalacio de Justicia, vestía pantalón y camisa azul mari-no. La luz resaltaba el blanco del pelo y la barba.Thomàs había llegado a la Audiencia en 1989, y no seacordaba bien del caso—: Ni tengo tiempo para recor-darlo —aclaró—. Si yo tuviera tiempo libre, pues lo po-dría perder contigo revisando un sumario de hace ca-
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torce años, pero ya te digo que no —añadió con tran-quilidad y media sonrisa. Le insistí entonces en las ra-zones que le habían llevado a apoyar el indulto para uncondenado por la violación de dos menores—. Pregun-ta en el ministerio, porque allí lo enviamos —dijo.En el juicio denegaron un informe de sangre y se-men —aunque yo aún no sabía que ni él ni sus com-pañeros lo habían entendido— que exculpaba a To-mmouhi, así que le pregunté el porqué y respondiómordiéndose la cola:—Si no procedió admitir la prueba, es porque noprocedía […]. El que se admita o no depende de la con-vicción que tuviera el tribunal en su momento. […] Laley no habla de certeza, habla de convicción —siguióhablando, hasta que terminó, para anclar la certeza delos reconocimientos, con una reflexión afilada—: Hom-bre, ponte en el caso contrario, que un señor un día teponga un cuchillo en la garganta, a ver si te vas a olvi-dar tú de su cara.El 10 de junio volví a la cárcel. Era sábado por lamañana y Ahmed Tommouhi estaba más serio que eldomingo anterior. Tenía las bolsas de los ojos —eranpoco más de las diez de la mañana— más hinchadas,con sus lunares repartidos por la cara. «Margarita Ro-bles fue la primera que me condenó. Ella, yo la he vistoluego muchas veces por la tele. Siempre hablando de losvascos», dijo. Entre 1995 y 1996, Margarita Robles, alfrente del ministerio del Interior —Juan Alberto Be-lloch era el superministro de Interior y Justicia—, habíaimpulsado, entre otras cosas, la investigaciones que ayu-daron a esclarecer los asesinatos de los presuntos etarrasLasa y Zabala a manos de los GAL, y que acabaron conla condena de cuatro guardias civiles, entre ellos el ge-neral Galindo, y el ex gobernador civil de Guipúzcoa,Julen Elgorriaga. Tommouhi estaba harto del tema vas-
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