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El Amor a Dos Tiempos

El Amor a Dos Tiempos

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Trabajo final para la cátedra Lengua y Cultura Latina II, UNS, 2009
Trabajo final para la cátedra Lengua y Cultura Latina II, UNS, 2009

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Published by: Maria Victoria Gomez Vila on Mar 30, 2010
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EL AMOR A DOS TIEMPOS
(Según nos han recitado)Por Ma. Victoria Gomez Vila
Pago, no retribuido, pasional o catacsmico, el amor puedeexperimentarse de la manera en que le plazca. Sin embargo, el másvital y envidiado de todos es aquel que se escribe, se lee y, tal vezluego, se cante.Las historias de relaciones desenfrenadas han inundado nuestrosmejores momentos, pero en esta ocasión hemos decidido centrarnosen tan sólo dos: aquel ardiente relato de un poeta llamado Catulo, yaquel otro de tantos viriles varones que decidieron apodar con elnombre de “tango”.Ese joven bordador de palabras, que en sus pergaminos amaba a unatal Lesbia, por las noches rondaba la cama de su real homónima,Clodia. Adinerada, inescrupulosa y ágil, pasaría a la eternidad graciasa la mala reputación que le otorgaría su famoso amante. Catulo,abandonando toda pretensión de seguir los dictámenes de su familia,se dedicó a redactar composiciones en un lenguaje semejante quehaa rodar los ojos de los personajes s reservados en la altasociedad. Será justamente un selecto número de poetas y críticos elprivilegiado destinatario de su obra.No debemos, de ningún modo, desdeñar este inusual aspecto en laescritura de Catulo: aquellos vocablos mordaces, repletos deexcitación y remordimiento, hacen a la cotidianeidad que dibuja lascalles de las grandes ciudades romanas. Es esta apología de unlenguaje ordinario, maniobrado por el miembro común del
 populus,
la que nos da la pauta de mo vian los antiguos su propiasensualidad. Se rumorea, por ejemplo, que más de una treintena delupanares atestaban las noches en Pompeya, con el atractivo datodemográfico de diez mil personas como el total de la poblaciónauctona. Ciertamente, este hecho parecería confirmar el viejorefrán de “los números no dan”.Algunos catedráticos se animan a aventurar que, en verdad, nopodemos aseverar la cifra exacta de burdeles en las distintas zonasurbanas, dada una fuerte disputa respecto de si los romanosempleaban el concepto moderno de “zona roja”. Investigadores comoRay Laurence y Andrew Wallace Hadrill imprimen una perspectivaanacrónica en sus estudios, al asegurar que los romanos encuadrabanen un área espefica de la ciudad a ese tipo de “actividadesimdicas”, con el objetivo de alejarlas de las mujeres y niñospertenecientes a clases sociales más elevadas. Thomas McGinn, por su parte, critica esta postura ante la falta deevidencia de una “segregación moral”. A su vez, puntualizaacertadamente que la oferta sexual no se limitaba a la existencia deprostíbulos, sino que también podía darse en lugares públicos comocircos, templos y baños. Si bien las propiedades de los ciudadanos deraigambre no se encontraban aisladas del resto de la comunidad,
 
tampoco podemos asumir que se demarcaran con tanta tenacidad lasfronteras de un supuesto barrio prohibido. McGinn, no obstante,comete un grave error al desestimar las descripciones, halladas en laliteratura antigua, de una marcada distinción entre los distritospobres y ricos. Sin importar cuán ficticio pueda ser un texto, no hayrazón para creer que ninguno de los escritores de la épocaintencionalmente crearía una barrera topográfica y social.
1
 Imaginemos, entonces, en las callejuelas de una importante ciudad,cautivantes meretrices, vestidas en togas y apoyadas contra la paredde alguna edificación. Sobre sus cabezas, se lee la inscripción de sunombre y la lista de precios que se procure solicitar.Inmerso en este singular peodo, Catulo transita un romanceimpregnado con el perfume de Clodia. A pesar de verse atormentadopor sus continuas traiciones, de todos los insultos que pudo concebir, jamás la definió como “prostituta”. Los versos de Catulo, activadospor la voz humana en presencia de un público expectante, ahora sonleídos en silencio, sin escapar los márgenes del libro.¿Qué sucedería, ahora, si se disipara la bruma de la península itálica ynos trasladáramos al mundo porto de inicios del siglo XX?Creeríamos estar vislumbrando un progreso aparente. Conventilloscercanos a puertos y estaciones de tren, mujeres vestidas en prendasraídas de percal y los mismos crímenes de pasión. Hombres solitarios,oriundos de tierras lejanas, combinan unos sutiles pasos, al compásde un bandoneón. En un rincón oculto, detrás del telón colocado porla sociedad bacana, emerge esa pequeña danza que algún orillerotituló “tango”. Los estribillos y las partituras vendrían años más tarde;pero en cuanto a sus comienzos nos concierne, Discépolo supodefinirlo de esta manera:
“el tango es ese sentimiento triste que sebaila”.
Para amenizar la espera o tal vez, como preludio del actoamoroso, las orquestas convocaban a las parejas a garabatear consus zapatos el ritmo de cabaret. Con el advenimiento de las letras, eltango se convirten la adecuada expresn de este mundosubterneo e inmigrante. Una infinidad de temas poan serabordados, pero aquellos vinculados al desasosiego amoroso son lospredilectos: una muchacha virginal, hija de arduos trabajadores, esatraída por la oratoria de un joven galán e ingresa al ámbito de laprostitución, para no escapar nunca s de él. Otra recurrentetemática es la del hombre perdidamente enamorado de una meretriz,quien jamás podrá corresponderle. Llamativamente, a pesar delambiente en el cual el tango se circunscribe, aquí tampocoencontraremos el rmino “prostituta” de manera explícita. ssorpresivo aún es el hecho que, a partir de la anuencia otorgada porel papa Pío X y las presentaciones de conjuntos de tango en la ciudadde París, esta musicalización de vida aireada pasaría a ser uno de lossemblantes más importantes en el talento cultural argentino.
1
Por ejemplo, si en diversas crónicas de la Antigüedad se señala al MontePalatino, localizado en Roma, como el sitio predilecto de los acaudalados,interpretémoslo como cierto.
 
Veamos, entonces, de qué manera podemos asimilar ambasexpresiones artísticas. El primer
carmen
de Catulo que tendremos encuenta es el 5, donde poeta aún no ha padecido ningún engaño porparte de su amante.
Vivamus mea Lesbia, atque amemus,rumoresque senum severiorumomnes unius aestimemus assis!soles occidere et redire possunt:nobis cum semel occidit brevis lux,nox est perpetua una dormienda.
Nos resultará asombroso el hallar, siglos s tarde, una letraarrabalera rodeando el mismo tema con prácticamente las mismasfrases.
Hay que reír y bailarque es un dolor el vivir...Bebamos, pues, hoy en los ojosde toda mujer de locura,mañana serán los despojosque duermen en la sepultura...[…]Hay que reír y bailarsi una vez hay que morir...Cantemos, pues, hoy la demenciade un sueño de amor y alegría,mañana tal vez la existencianos muestre su faz más sombría...[…]“¡Cómo nos divertimos!” de Dante Linyera
La correlacn entre el amor y la muerte parecea generar unentrecruzamiento vital en toda forma de manifestación romántica.Pasando al poema 32, podemos ver claramente las similitudes con eltango “Quedémonos aquí”, por uno de los más grandes compositoresde siglo XX, Homero Espósito.
Amabo, mea dulcis Ipsitilla,meae deliciae, mei lepores,iube ad te veniam meridiatum.Et si iusseris, illud adivuato,ne quis liminis obseret tabellam,neu tibi lubeat foras abire,sed domi maneas paresque nobisnovem continuas fututiones.Verum si quid ages, statim iubeto:nam pransus iaceo et satur supinus

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