Arde, Bruja, Arde Abraham Merritt
CAPÍTULO PRIMEROUNA MUERTE MISTERIOSA
Oí dar la una mientras subía la escalinata del hospital. Ordinariamente ya estabadurmiendo a tales horas de la noche, pero tenía un caso que me interesaba, y Braile, miauxiliar, me avisó por teléfono que acababa de producirse cierta alteración, y yo deseabaobservarla personalmente. Era una clara noche de noviembre y me detuve un momento enlo alto de la escalinata a mirar el resplandor de las estrellas. En esto, vi que un automóvilse paraba ante la puerta.Permanecí inmóvil, intrigado ante la posibilidad de una visita a hora tanintempestiva, y he aquí que vi salir a un hombre, que después de mirar recelosamente a ununo y a otro lado de la calle, abrió la portezuela. Entonces bajó otro hombre y vi que losdos se volvían al coche y braceaban en su interior. Por fin se irguieron y entonces advertíque sostenían en sus brazos a un tercero y echaban a andar con él, no ayudándole, sinotransportándolo. La cabeza le caía sobre el pecho y los miembros le colgaban inertes.Otro individuo salió del coche.Lo reconocí. Era Julián Ricori, un célebre jefe de los bajos fondos, uno de los yaacabados productos de la ley seca, un terrible contrabandista, Varias veces me lo habíanseñalado, pero también lo hubiera reconocido por haber visto con frecuencia su retrato enlos periódicos. Enjuto de carnes, alto, con los cabellos plateados, siempre intachablementevestido, por su porte externo más bien parecía un tipo acomodado que un dirigente deactividades como aquellas de que le acusaban.No se percataron de mi presencia, porque estaba en la sombra; pero apenas me dejéver, los dos hombres cargados se detuvieron como sabuesos que sorprenden la caza, yhundieron la mano que les quedaba libre en el bolsillo de la chaqueta. En aquelmovimiento había una amenaza, por lo que me apresuré a gritar—Soy el doctor Lowell, médico del hospital Sigan.No me contestaron. Ni apartaron de mí la vista ni se movieron. Ricori se les adelantó,con las manos también en los bolsillos. Después de mirarme, se volvió a los otros,haciéndoles una seña. y noté que la actitud de alerta se relajaba.—Le conozco, doctor —dijo afablemente en inglés pintoresco— Pero se ha puestousted en un serio peligro. Si me permite darle un consejo, no se presente tan de improvisocuando se le acerquen hombres a quienes no conoce, y menos de noche y en esta ciudad.—Pero yo le he conocido en seguida, señor Ricori.—Entonces —replicó el otro sonriendo ligeramente— su indiscreción es doble y miconsejo mucho más pertinente.Siguió un momento de embarazoso silencio, que rompió él mismo.—Siendo quien soy, comprenderá que estaré mejor dentro que fuera.Abrí las puertas. Los dos hombres pasaron con su carga, siguiéndoles Ricori y yo. Yadentro me dejé llevar por mis inclinaciones profesionales y me acerqué al hombre quetransportaban los otros dos. Estos dirigieron una rápida a Ricori, que asintió con la cabeza.
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