ARDE, BRUJA,ARDE
Abraham Merritt
 
 Arde, Bruja, Arde Abraham Merritt  
INTRODUCCIÓN
Soy médico especialista en neurología y enfermedades mentales. Mis actividades sedesenvuelven singularmente en el campo de la psicología anormal, donde gozo de granprestigio. Tengo clínica en dos de los principales hospitales de Nueva York, y he recibidograndes honores, tanto en mi país como en el extranjero. Dejo esto sentado, aun a riesgo deque se me identifique, no por vanagloria, sino porque quiero demostrar mi competenciapara observar y analizar desde un punto de vista científico los extraños sucesos que van aser objeto de mi relato.Digo que me arriesgo a la identificación, porque no me llamo Lowell. Es unseudónimo, como lo son todos los nombres que aplico a los personales de mi narración, enel transcurso de la cual aparecerá con creciente claridad el motivo que tengo para ocultarlos verdaderos.Pero he considerado un deber ineludible seleccionar, poner en limpio y ordenar deuna manera lógica los datos y observaciones que conservo revueltos en una carpeta de mi biblioteca, con el titulo de “Los Muñecos de Madame Mandilip” y darlos a conocer. Claroque podía hacerlo a manera de informe dirigido a una de las sociedades médicas a quepertenezco; pero estoy demasiado seguro de la rechifla con que se acogería mi escrito y delrecelo, la lástima y quizás el desprecio con que me mirarían en adelante mis colegas,viendo que yo pretendía establecer un orden de causas y efectos tan contrario a la nociónque de éstos se tiene como Incontrovertible.Pero, aun considerándome un medico ortodoxo como el que más, no puedo dejar depreguntarme si, en realidad, no hay otras causas que las que admitimos fuerzas y energíasque nos obstinamos en negar porque no hallamos en los estrechos límites de nuestroconocimiento nada que nos las explique, energías cuya realidad está reconocida en elfolklore, en las antiguas tradiciones de todos los pueblos, y a las que, para justificarnuestra ignorancia, motejamos de mitos o supersticiones.Una sabiduría, una ciencia de antigüedad incalculable, nacida antes que la historia,pero nunca muerta ni del todo perdida; una ciencia oculta, pero siempre con sussacerdotes y sacerdotisas encargados de guardar su llama sagrada, que se conserva desiglo en siglo; la llama de la ciencia prohibida... que ardió en Egipto antes de construirselas pirámides, en los templos derruidos más allá de los arenales de Gobi; conocida de loshijos de Adán. a quienes, al decir de los árabes, Alá convirtió en piedras por sushechicerías, muchos años antes de que Abraham pasase por las calles de Ur de los caldeos;conocida en China, y conocida del lama tibetano, de los buriates de las estepas siberianas yde los brujos del Pacífico.Llama secreta la ciencia satánica, recóndita en las sombras.
 
 Arde, Bruja, Arde Abraham Merritt  
CAPÍTULO PRIMEROUNA MUERTE MISTERIOSA
Oí dar la una mientras subía la escalinata del hospital. Ordinariamente ya estabadurmiendo a tales horas de la noche, pero tenía un caso que me interesaba, y Braile, miauxiliar, me avisó por teléfono que acababa de producirse cierta alteración, y yo deseabaobservarla personalmente. Era una clara noche de noviembre y me detuve un momento enlo alto de la escalinata a mirar el resplandor de las estrellas. En esto, vi que un automóvilse paraba ante la puerta.Permanecí inmóvil, intrigado ante la posibilidad de una visita a hora tanintempestiva, y he aquí que vi salir a un hombre, que después de mirar recelosamente a ununo y a otro lado de la calle, abrió la portezuela. Entonces bajó otro hombre y vi que losdos se volvían al coche y braceaban en su interior. Por fin se irguieron y entonces advertíque sostenían en sus brazos a un tercero y echaban a andar con él, no ayudándole, sinotransportándolo. La cabeza le caía sobre el pecho y los miembros le colgaban inertes.Otro individuo salió del coche.Lo reconocí. Era Julián Ricori, un célebre jefe de los bajos fondos, uno de los yaacabados productos de la ley seca, un terrible contrabandista, Varias veces me lo habíanseñalado, pero también lo hubiera reconocido por haber visto con frecuencia su retrato enlos periódicos. Enjuto de carnes, alto, con los cabellos plateados, siempre intachablementevestido, por su porte externo más bien parecía un tipo acomodado que un dirigente deactividades como aquellas de que le acusaban.No se percataron de mi presencia, porque estaba en la sombra; pero apenas me dejéver, los dos hombres cargados se detuvieron como sabuesos que sorprenden la caza, yhundieron la mano que les quedaba libre en el bolsillo de la chaqueta. En aquelmovimiento había una amenaza, por lo que me apresuré a gritar—Soy el doctor Lowell, médico del hospital Sigan.No me contestaron. Ni apartaron de mí la vista ni se movieron. Ricori se les adelantó,con las manos también en los bolsillos. Después de mirarme, se volvió a los otros,haciéndoles una seña. y noté que la actitud de alerta se relajaba.—Le conozco, doctor —dijo afablemente en inglés pintoresco— Pero se ha puestousted en un serio peligro. Si me permite darle un consejo, no se presente tan de improvisocuando se le acerquen hombres a quienes no conoce, y menos de noche y en esta ciudad.—Pero yo le he conocido en seguida, señor Ricori.—Entonces —replicó el otro sonriendo ligeramente— su indiscreción es doble y miconsejo mucho más pertinente.Siguió un momento de embarazoso silencio, que rompió él mismo.—Siendo quien soy, comprenderá que estaré mejor dentro que fuera.Abrí las puertas. Los dos hombres pasaron con su carga, siguiéndoles Ricori y yo. Yadentro me dejé llevar por mis inclinaciones profesionales y me acerqué al hombre quetransportaban los otros dos. Estos dirigieron una rápida a Ricori, que asintió con la cabeza.

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