del ejército –uno de ellos de alto rango–, quienes se vieron favorecidos con laamnistía general de 1993.Los familiares y compañeros de la comunidad académica y religiosa de los mártires,representados por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (enadelante la Universidad Centroamericana o la UCA), han buscado justicia en lostribunales desde el año 2000, para que sean investigados los autores intelectualesde los asesinatos. No obstante, el acceso a la justicia ha sido denegado,reiteradamente, por autoridades fiscales y judiciales desde entonces, lo que hamotivado a las víctimas a invocar la justicia constitucional.En su informe final de marzo de 1993, la Comisión de la Verdad para El Salvadoratribuyó la autoría intelectual de los crímenes a miembros de la alta jerarquíamilitar de aquel entonces; las víctimas, también han imputado responsabilidad, enel mismo sentido, al ex Presidente de la República, Alfredo Félix Cristiani y al exMinistro de la Defensa, General Rafael Humberto Larios.La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, emite el presenteinforme especial, de conformidad a sus facultades establecidas en el Artículo 194.I,ordinales 1°, 11° y 12° de la Constitución de la República, en atención a la altarelevancia que el presente caso reviste para el tránsito hacia la democracia y elimperio de la justicia en El Salvador.Como declaramos en nuestro informe especial sobre la impunidad en el asesinatodel Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, esta Procuraduría“hace suya la aspiración nacional de una verdadera reconciliación entre lossalvadoreños, de la cual nazca un esfuerzo común y permanente por construir unverdadero Estado Constitucional y Democrático de Derecho; no obstante, tal comolo manda nuestra Constitución y el derecho internacional de los derechos humanos,este proceso no puede partir de la negación de los más elementales derechos deaquellas víctimas que, pese a la evidencia de los atroces atropellos que sufrieron,se han visto sistemática y abrumadoramente vulnerados en sus derechos deconocer la verdad, de acceder a recursos judiciales efectivos y obtenerreparaciones adecuadas. Aceptar que la construcción de la paz y la democraciarequiere del olvido y abandono de estas víctimas, es una aberración que altera ensu esencia el alto principio constitucional que consagra a la persona humana comoel origen y el fin del Estado”.El perdón es necesario, por supuesto, pero tal como ha señalado el señor Louis Joinet: “el perdón, condición de toda reconciliación, supone, como acto privado, quela víctima conozca al autor de las violaciones y que éste haya tenido la posibilidadde manifestar su arrepentimiento: en efecto, para que pueda ser concedido elperdón, es menester que haya sido previamente solicitado”.En el presente caso, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos nopuede obviar que las ejecuciones arbitrarias de los sacerdotes jesuitas, la señoraRamos y su hija, constituyen crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra, loque vuelve imperativa la aplicación plena de la justicia y el esclarecimientofehaciente de la verdad, sobre todo respecto a la autoría intelectual en losasesinatos.Hemos tomado como referencias indispensables, los resultados y recomendacionesque sobre el caso han publicado dos altas instancias de autoridad moralincuestionable; tales son la Comisión de la Verdad para El Salvador (en adelante laComisión de la Verdad), constituida en el marco de los Acuerdos de Paz, hace unadécada, y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (en adelante laComisión Interamericana, la Comisión o la CIDH), cuyos informes de 1993 y 1999