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Resumen - Fradkin Raúl (2008)

Resumen - Fradkin Raúl (2008)

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Raúl Fradkin (2008) ¡FUSILARON A DORREGO! Introducción
Cuando Gregorio Aráoz de Lamadrid regresó a Buenos Aires en marzo de 1828 no encontró sencillo tener una vida normal. Pocos, muy pocos en esa época deben haberla tenido. El itinerario de Lamadrid estuvo signado por la revolución. Desde 1811 se incorporó al ejército y, desde entonces, no dejo de vivir en continua agitación. La carrera militar le prometía nuevos e impensados horizontes, pero estaba llena de azares e imprevistos. Así, Lamadrid
Raúl Fradkin (2008) ¡FUSILARON A DORREGO! Introducción
Cuando Gregorio Aráoz de Lamadrid regresó a Buenos Aires en marzo de 1828 no encontró sencillo tener una vida normal. Pocos, muy pocos en esa época deben haberla tenido. El itinerario de Lamadrid estuvo signado por la revolución. Desde 1811 se incorporó al ejército y, desde entonces, no dejo de vivir en continua agitación. La carrera militar le prometía nuevos e impensados horizontes, pero estaba llena de azares e imprevistos. Así, Lamadrid

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1
Raúl Fradkin
(2008)¡FUSILARON A DORREGO!
 Introducción
Cuando Gregorio Aráoz de Lamadrid regresó a Buenos Aires en marzo de 1828 no encontró sencillo tener una vida normal.Pocos, muy pocos en esa época deben haberla tenido. El itinerario de Lamadrid estuvo signado por la revolución. Desde 1811se incorporó al ejército y, desde entonces, no dejo de vivir en continua agitación. La carrera militar le prometía nuevos eimpensados horizontes, pero estaba llena de azares e imprevistos. Así, Lamadrid vio que su futuro se tornaba incierto cuandodespués de 1820 fue pasado a retiro. Igual que otros oficiales, intentó rehacer su vida y se puso al frente de una estancia enBuenos Aires, pero al poco tiempo ya estaba entremezclado en nuevas luchas, esta vez contra los indios. Tiempo después sereintegró a las filas y fue enviado al norte. Sin embargo, terminó haciéndose elegir gobernador de su Tucumán natal en 1825y se convirtió en uno de los principales apoyos en el interior del presidente unitario Bernardino Rivadavia. Tras tres añosLamadrid regresaba a una Buenos Aires en la cual la situación política había cambiado por completo. Ahora gobernaba la provincia su más férreo adversario, el líder de los federales porteños, Manuel Dorrego. No sólo era un conocido de Lamadrid,con quien había compartido los avatares del Ejército del Norte, sino que, además, era su compadre. Sin embargo, la entrevistaque mantuvieron lo desilusionó. Pese a todo, las relaciones que tenía le permitieron sortear este frio recibimiento y terminó por ser reincorporado al ejército y agregado al estado mayor aunque sin mando de tropa.El 1º de diciembre de 1828 las tropas que al mando de Juan Lavalle regresaban de la recién finalizada guerra con el Imperiodel Brasil acababan de sublevarse y habían depuesto al gobernador. Por suerte para Lamadrid, su suegro era uno de losministros y terminó por sumarse a los sublevados. Dorrego escapó de a ciudad y logró reunir a las fuerzas que se manteníanleales para enfrentar al ejército unitario. Ambos bandos se enfrentaron en Navarro el 9 de diciembre y el saldo fue un triunfocompleto de los sublevados. Pocos días después Dorrego fue traicionado y entregado al jefe insurrecto, quien, sin juicio nisumario previo, dispuso su inmediato fusilamiento. Lamadrid fue uno de los testigos de este dramático episodio. Y sus lazos personales lo pusieron en una situación bien problemática dado que era yerno de un ministro clave del gobierno de Lavalle ya la vez Dorrego era su compadre. No sólo de él: otro de sus compadres era Juan Manuel de Rosas, el comandante general deMilicias del gobierno de Dorrego y su principal apoyo para enfrentar a los sublevados. La situación de Lamadrid no era nadasencilla e intentó evitar la batalla, que habría de librarse en Navarro a través de una fallida negociación con Rosas. Másdramático aún fue su último encuentro con Dorrego. El prisionero le pidió que convenciera a Lavalle para que lo recibiera, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. El dramatismo de la situación no puede ser obviado e ilustra con claridad la profundidad de las rupturas que los enfrentamientos políticos estaban generando en la trama más íntima de las relacionestanto sociales como personales. Unitarios contra federales. Federales contra unitarios. Hemos escuchado y leído tantas vecesese violento enfrentamiento que es imposible no pensar en que se trataba de dos bandos claramente diferenciados y opuestos.Con lo visto hasta aquí, se puede advertir que las cosas fueron bastante más complejas. En este sentido, conviene recordar que las vidas de Dorrego y Lavalle tenían varios puntos en común.La muerte de Dorrego impactó profundamente en la sociedad de la época, aun entre quienes simpatizaban en ese momentocon Lavalle. Y, mucho más, entre quienes habían sido sus seguidores. Así, en poco tiempo se multiplicaron las coplas y loscielitos populares narrando su drama y clamando venganza. Después de matar a Dorrego los sublevados deben haber pensadoque su triunfo era completo. En definitiva, se habían apoderado de la ciudad y del gobierno sin demasiada dificultad. Sinembargo, lo que parecía un triunfo total se transformó en muy poco tiempo en una violenta confrontación política, social einterétnica cuando toda la campaña de Buenos Aires fue sacudida por un masivo alzamiento protagonizado por fuerzasheterogéneas. Buenos Aires vivía una situación inédita: la guerra civil había estallado en el mismo territorio bonaerense yemanaba de sus entrañas. De este modo, lo que parecía ser el triunfo completo de los unitarios, comenzó a revertirse. Y nofaltó mucho tiempo para que los sublevados quedaran confinados al recinto de la ciudad adquiriendo plena conciencia de suaislamiento social. Así, a mediados de 1829 Lavalle debió iniciar negociaciones de paz con Rosas. Largas y complicadasfueron estas negociaciones pero a fin de año daban un resultado palmario: la legislatura era reinstalada y ahora elegía a Rosasconvertido en el jefe indiscutido de la facción federal porteña.La deposición y el fusilamiento de Dorrego fueron un punto de inflexión en el desarrollo de las luchas política posrevolucionarias y así quedo grabado en la memoria colectiva. El libro busca ofrecer una mirada sobre este acontecimientoapoyándose en las investigaciones que han renovado en los últimos años el conocimiento de la sociedad y la política de laépoca. Pero ese suceso será sólo un prisma a través del cual considerar las razones que llevaron a tal exacerbación de lalucha política, a la irrupción de formas novedosas de movilización, a las tensiones sociales que se expresaron a través de lalucha de facciones y a las condiciones históricas que hicieron posible la construcción de un liderazgo caudillista y su mismanaturaleza
 
2
 
1.
 
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A fines de noviembre de 1828, las tropas que llegaban a Buenos Aires de la Banda Oriental tras la guerra con el Imperio delBrasil fueron recibidas con enorme entusiasmo. Esta guerra había comenzado en 1825 y supuso una enorme movilización detropas. En un principio, la guerra concitó un enorme apoyo popular y exaltó los sentimientos patrióticos y de rechazo a portugueses y brasileros. En esas condiciones se formó una autoridad de alcance nacional. El Congreso dispuso la formaciónde un ejército, y en febrero de 1826 eligió a Bernardino Rivadavia como Presidente de la República. De ese modo, losunitarios se transformaban en la facción política gobernante y contaban con un gran ejército en operaciones cuya oficialidadadhería por completo a ellos. Sin embargo, la guerra se hizo larga y su desenlace, incierto. A mediados de 1827 Rivadavia,acosado por los requerimientos de la guerra oriental y la creciente oposición interna, envió una misión negociadora a Río deJaneiro a cargo de su ministro Manuel José García, quien acordó un tratado de paz preliminar que aceptaba la anexión de laBanda Oriental al Imperio del Brasil. El rechazo fue generalizado y Rivadavia se vio forzado a renunciar. El gobiernounitario y la autoridad nacional habían sucumbido.En tal situación, la provincia de Buenos Aires recuperó su autonomía y sus instituciones y Manuel Dorrego fue electogobernador. De esta manera, la oposición federal llegaba por primera vez al gobierno provincial. Aunque las tratativas de pazsuscitaron intensos desacuerdos y generaron múltiples acusaciones, lo cierto es que la inmensa mayoría de la sociedadrecibió de buen grado la noticia: por fin había terminado la contienda. Con el fin de la guerra llegaba también a su fin el bloqueo de la armada brasilera al puerto de Buenos Aires y las actividades comerciales recobraban su antiguo vigor.Aunque lejos estaba de haber obtenido un triunfo, el ejército que regresaba portaba sus laureles y sus oficiales podían presentarse con orgullo. Por ello, en los últimos días de noviembre, cuando las tropas comenzaron a arribar a la ciudad, lascalles del centro estaban embanderadas e iluminadas con esmero, y la recepción popular fue entusiasta. Sin embargo, en elgobierno de Dorrego, imperaba la prevención. En definitiva, ese ejército tenía una oficialidad completamente partidaria del bando unitario.
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Así habría descrito Lavalle, el jefe del ejército que volvía de la Banda Oriental, la situación durante el gobierno de ManuelDorrego. Cierta o no, la expresión sintetizaba los sentimientos de la oposición unitaria y de la oficialidad del ejército queinspiraron a los amotinados del 1º de diciembre. Para ellos el gobierno de Dorrego era inadmisible e intolerable. Para elgolpe de diciembre los unitarios encontraron en Lavalle a su nuevo líder. Sus bases sociales eran reducidas y sí tenían unapoyo firme éste residía en ese ejército ³nacional´ que el gobierno unitario había organizado. De cualquier modo, lossublevados se hicieron fácilmente con el control de la ciudad sin tener que enfrentar en ella una oposición demasiado abierta.Y el triunfo del 9 de diciembre en Navarro parecía indicar que nada podría detenerlos.
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A las diez de la noche del 12 de diciembre Juan Cruz Varela terminaba así su carta a Lavalle. Varela era un típico exponentede los letrados que conformaban la facción unitaria. Ahora era uno de los intelectuales decididos a darle orientación a lafuerza militar que habían logrado movilizar contra Dorrego y los federales. Otro influyente unitario era Salvador María delCarril, un abogado sanjuanino que pertenecía a una de las típicas familias ³decentes´ de la provincia y que había llegado agobernador en 1825 y era por entonces uno de los más fervientes aliados del grupo rivadaviano. Mientras tanto, las cartastambién circulaban entre individuos afines al gobierno derrocado. Por lo pronto, Juan J. Anchorena, primo de Rosas y uno delos más importantes comerciantes y propietarios de tierras y ganados de la provincia, se apuró a comunicarle a uno de losmayordomos de sus estancias que Rosas no debía volver a la provincia. La confianza de los grupos altos que habían apoyadoa Dorrego era prácticamente nula. El propio Rosas, después de la derrota de Navarro, ordenó a sus milicianos que sedispersaran y buscaran reagruparse al sur del río Salado mientras él marchaba hacia Santa Fe.
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Así decía Lavalle en la carta que comunicaba a su gobierno el fusilamiento de Dorrego. La decisión del fusilamiento estabadestinada a marcar un antes y un después en el desarrollo de la conflictividad política. Tamaña decisión venía a quebrar lazos personales que anudaban la trama de una elite que, pese a sus diferencias, había compartido la aventura de la revolución yahora aparecía desgarrada por los enfrentamientos interiores. Algo resulta claro de las cartas que se enviaron en esos díasLavalle y Del Carril: ambos aparecen muy preocupados por encontrar un modo de legitimar la decisión que tomaron pero
 
3
 
también muy atentos a encontrar formas de atraer apoyos sociales al gobierno que habían instaurado tanto en la ciudad comoen la campaña.
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Así concluía otra de sus cartas Salvador María del Carril el 20 de diciembre. En ella no dejaba de hacer algunos pronósticos, por demás sugestivos, sobre la figura de Dorrego. Estaba advirtiendo así un escenario clave en el que habría de desarrollarsela contienda: era lo que se llamaba la ³guerra de opinión´, una disputa que por múltiples medios buscaba ganar los corazonesy las conciencias. El mecanismo principal de circulación de la información para la mayor parte de la población eran losrumores de los cafés, salones y billares donde solía reunirse la ³gente decente´ de la ciudad y algunos pueblos, como en las plazas, los mercados, las pulperías y las parroquias que constituían los ámbitos primordiales de la sociabilidad popular. Peroa la prensa periódica y a los rumores había que sumar los panfletos y los pasquines. Y, sobre todo, las payadas, esa forma decantar diciendo que tanto predicamento tenía entre los paisanos. La carta de Del Carril pone de manifiesto la desazón de loslíderes unitarios al advertir la conmoción que había provocado en la misma ciudad la noticia de la muerte de Dorrego y susfunerales.¿Cuáles eran las razones que habían llevado a los unitarios a tomar tamaña decisión? ¿Por qué la lucha de facciones quedividía a la elite porteña llegaba ahora, en 1828, a tales extremos? Imposible entenderlo sin intentar una comprensión dellugar que ocupaba Dorrego en la política porteña de entonces y la popularidad que había conseguido.
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Durante las elecciones del 4 de mayo de 1828, los unitarios no se resignaron a aceptar el triunfo del bando federal eintentaron disputar el control de las mesas electorales de la ciudad, que eran la clave del resultado que habría de tener lacompulsa. Pero el gobierno no estaba dispuesto a resignar posiciones y apeló a todos los recursos que habían sido por demáshabituales desde la instauración del nuevo régimen electoral a fines de 1821 y, especialmente, a la movilización de soldados,milicianos, marineros y otros grupos plebeyos para imponer el triunfo de sus listas.
G
abriel Di Meglio
ha recuperadoalgunos de los gritos que hicieron escuchar los seguidores de Dorrego durante esas convulsionadas elecciones:
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e
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dor Dorrego! ¡Muer 
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c
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y viv
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a
 jo pueb
o! ¡Viv
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a
dre Dorrego!
Esos gritos nosacercan a algunas mutaciones sustanciales que se habían producido en la cultura política popular así como a algunas de sus permanencias. La fórmula de atronar con gritos de ¡viva! y ¡muera! Durante una convulsión popular estaba lejos de ser unainvención reciente sino que se trataba de un componente típico de las movilizaciones plebeyas a lo largo del imperio español.Aquí, el lugar del rey había sido reemplazado por el del gobernador. Esta encarnación en una figura que se transformaba enemblemática era, entonces, también un modo construir una identidad colectiva. No era la única continuidad que seevidenciaba. Dorrego, en tanto gobernador, era vivado y exaltado como un padre y, por ende, un protector. Sin embargo, losgritos escuchados ese día contenían una novedad fundamental, algo que era completamente nuevo y distinto y no tenía precedentes: en esos gritos los plebeyos aparecían vivando no sólo a su líder sino vivándose a sí mismos. De este modo, laconfrontación política estaba expresando también un conflicto social profundo que tendía a oponer dos campos claramentedelimitados: de un lado, los de ³casaca y levita´; del otro ³el bajo pueblo´; es decir, los de ³poncho y chiripá´.
³¡No os
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por est 
a
 
a
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a
rición!´
Así de desafiante empezaba el primer número del nuevo períodico que Dorrego comenzaba a publicar el 11 de octubre de1826 y que, no por casualidad, llevaba el nombre de
 El 
Tribuno
. No por casualidad, pues tenía una connotación muy precisa:el termino ³tribuno´ evocaba una figura clásica, la del tribuno de la plebe, aquel portavoz de los plebeyos frente a laaristocracia senatorial en la Roma antigua. A través de su banca y de la prensa Dorrego fue tomando posiciones que lodiferenciaban claramente del oficialismo gobernante y que ayudan a comprender la simpatía que estaba ganando entre lossectores populares. Otro tema característico de sus discursos era el antiespañolismo, el que había desarrollado con intensidaddurante la década revolucionaria y con el que había ganado por completo la simpatía de los sectores populares. Susintervenciones contra el proyecto de constitución que propiciaba el gobierno de Rivadavia lo acercaban a las posturas de los jefes federales de las provincias, especialmente al denunciar su acusado centralismo. Pero tenía ribetes propios, pues se opusoa los intentos unitarios de establecer un régimen electoral que pretendía excluir a los analfabetos, los artesanos, los labradoresy los jornaleros. De esta manera, el discurso político dorreguista era claramente distinguible en un aspecto; su recurrente

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