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Cap 17 La noche de autos

Cap 17 La noche de autos

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06/14/2009

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Salvador Bayona- 96 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
XVII.- LA NOCHE DE AUTOS
Antes incluso de haber cargado el camión en el palazzo VolpiMichael, el orondo suboficial encargado, y Franz un cabo de bonachonasonrisa habían liquidado sendas botellas de chianti y varios botellines decerveza.Llevaban en Italia desde que el barón von Behr estuviera destinadoen la embajada de Roma, es decir, que Phillip los conocía en profundidadpor ser los militares más antiguos en este destino y los más incompetentesde los militares adscritos al servicio diplomático y, aunque su carencia deambición y su poco disimulada afición por la bebida había contribuido aúnmás a su poco deseable reputación, él sentía cierta simpatía por ellos,precisamente por resultar fácilmente manejables, aunque mucha menos de laque sentían ellos por el príncipe, que casi podía calificarse de devoción. Encualquier caso, el príncipe no dejaba de reconocer que se trataba de dos seresperfectamente prescindibles.Precisamente los había escogido por su prescincibilidad y estamezcla de fidelidad que mostraban hacia su persona, como perrosdomésticos, derivada de simples atenciones regulares siempre que visitabala embajada en Roma y alguna que otra gratificación de tan granimportancia simbólica como poco cuantiosa. Aquel día, una opípara comidacon él y una cantidad casi ilimitada de bebida a su costa había constituido elprimer paso hacia el éxito del plan.Casi lamentaba que fueran a morir.Durante la tarde, tras haber enviado a Pontoni el mensaje con Lauray haber recibido confirmación a través de ésta que Gaviota emboscaría alcamión aquella noche, mientras esperaba en la biblioteca la llamada deLohse, había intentado sin éxito encontrar un plan alternativo, tal vez a
 
El restaurador y la madonnina della creazione- 97 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
causa de la simpatía que despertaban en él los dos borrachines, pero desistióde ello después de recibir a un enviado de Tagliabue, que portaba unapesada maleta de piel marrón para él, en cuyo interior colocó, con extremocuidado, una botella de licor.Después de hablar con Lohse por teléfono recogió al notario deComo al volante de su propio coche y guió al zigzagueante camión hacia lasafueras de Cantú hasta la casa de Scarampa, a la que llegaron apenas mediahora antes que Lohse. El notario era un anciano afable con el que guardabauna buena relación, casi amistosa, a fuerza de compartir reuniones sociales ymesa en el casino de Pontoni y al que podía pedir que se tomara ciertaslicencias en su trabajo, ya de por sí ciertamente laxo a causa de su avanzadaedad y lo acomodaticio de su posición.Por un momento temió que el estado de Michael y Franz lesimpidiera conducir el camión de regreso a Milán, pero los años de prácticales había conferido una resistencia al alcohol fuera de lo común, de maneraque después de sentir el fresco aire en el rostro durante el breve trayectoambos parecían plenamente recuperados y dispuestos a seguir bebiendo.Por fortuna, el notario hizo gala de su jovialidad en casa deScarampa, con quien mantenía una buena relación desde su juventud,evitando que aquella media hora de espera resultara especialmenteviolenta. No obstante su presencia también significó que Phillip no pudieramantener con Scarampa, y fue él quien lo inició ante la rigidez pétrea deéste, más que un breve intercambio de palabras que nadie más entendió paraconfirmar que los detalles del plan se mantenían conforme a lo acordado.
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Este hombre es una esfinge para mí –se decía Phillip mientras elnotario contaba anécdotas relativas a la propiedad- y me sorprendeque mantenga la sangre fría en un momento como éste. Esta nocheyo me juego el ser o no ser en el programa de arte del tercer Reich,pero él se arriesga a perder su pequeño dios familiar. Debería estarnervioso. Debería contemplar la posibilidad de que yo le traicionara,y eso debería ponerle nervioso... a no ser que cuente con unaalternativa, un seguro. Seguramente eso es lo que yo habría hecho ysí, sin duda, eso es lo que le da a él esa serenidad que tanto meexaspera. Desde luego, él podría intentar traicionar nuestro acuerdohablando con Lohse, pero entonces perdería también la oportunidadde conservar la tabla. Sin embargo, el hecho de que yo no pueda verla forma en que pudiera traicionarme no significa que no pueda o no
 
Salvador Bayona- 98 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
vaya a hacerlo. En realidad sólo puedo esperar a ver cómoevolucionan los acontecimientos.Scarampa se levantó al escuchar un silbido, poco antes de que elruido del motor de un coche se hiciera sentir en el despacho. Contrariamentea lo que Phillip le había visto hacer en todas las ocasiones en las que habíaestado en su casa, se encaminó hacia el exterior para recibir a Lohse, ante locual Phillip se vio obligado a seguirle, no así el notario, quien permanecióunos instantes más concentrado en la libación su copa de licor como si nohubiera nada en el mundo más importante.
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Tenía la esperanza de que no viniera –dijo Scarampa tendiendo lamano a Lohse, quien ya se había apeado del coche y dabainstrucciones a los operarios-.
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Lo comprendo, pero ya ve usted que nuestro interés es firme y queel acuerdo sigue en pie. ¿Ha llegado ya el notario?
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Sí, el príncipe tuvo la bondad de traerlo en su propio coche.Lohse le esbozó una ligera sonrisa de cortesía al mismo tiempo queinclinaba su cabeza y él correspondió de igual forma.
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En ese caso, me gustaría que procediéramos ya a la lectura y firmade los documentos. Lo cierto es que vamos un tanto apurados detiempo. Cuanto antes pueda darle su dinero y llevarme la tabla,antes podremos descansar todos.
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Por supuesto. Sígame, por favor.
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¡Pobre imbécil! –pensó Phillip al verlos dirigirse hacia el interior dela casa-. Ni tan siquiera es capaz de ver que no le llega a la suela delos zapatos a Scarampa. Está convencido de que negoció conhabilidad... ¡Un momento!, ¿es esto compasión por él?. Será mejorque me concentre o yo mismo puedo echarlo todo a perder porculpa de una tontería como ésa.
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¿Nos acompañará usted, príncipe? –Lohse se volvió hacia él pocoantes de abrir la puerta- ¿quiere usted estar presente en la firma delos documentos?.Sus ojos se encontraron con los de Lohse que parecían dudar entre elrecelo que todavía debía sentir hacia él y una cierta necesidad de tener juntoa sí a alguien que le diera seguridad. Fuera lo que fuera lo que había tras lamirada del joven, Phillip sabía muy bien lo que había de hacer en aquelmomento.
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No, por favor. Me agrada su propuesta, pero yo ya no soyimportante ahí dentro. Es más, dado que el tiempo apremia, y si no

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