© Ana Iturgaiz, 2009
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—Pretende ser una mujer, pero en realidad no es más que una niña, de diecisieteaños, es cierto, pero una niña al fin y al cabo. —Déjela, está emocionada —comentó Angustias divertida antes de darse la vuelta y regresar a su tarea en la cocina.***En su habitación, Isabel se afanaba en colocarse la falda marrón de vuelo, la camisablanca y la rebeca beis. Estaba a punto de ponerse los zapatos cuando oyó un ruido al otrolado de la puerta. Era su madre. —¡Ponte las botas! —le dijo.Isabel lanzó un suspiro. —¡Mamá! ¡Son de niña! —Hace frío, está nevando, ¿no pretenderás salir de casa con los zapatos nuevos? Y date prisa, que llegarás tarde —añadió.Isabel la oyó alejarse por el pasillo sin esperar su respuesta. Acabó de calzarse loszapatos y cogió la bufanda y sus guantes de piel, que había dejado sobre las partiturasencima de su tocador. Abrió la puerta de su habitación cautelosa y recorrió el pasillo depuntillas, lo más silenciosa que pudo. Del perchero de la entrada, cogió el abrigo y salió a lacalle con cuidado de no hacer ningún ruido. Justo antes de cerrar, gritó al aire: —¡Me marcho!El portazo sacudió la tranquilidad del hogar de los Sierra. —¡Isabel!, ¿te has puesto las botas?La pregunta se perdió en las habitaciones vacías. Isabel ya había dejado atrás laplanta principal y estaba a punto de aterrizar delante de la portería.El portero estaba en la calle. Tenía una pala en la mano y se afanaba en despejar laparte de la acera que correspondía a la finca.
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