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Música por la calle
 
Ana Iturgaiz
© Ana Iturgaiz, 2009
 
© Ana Iturgaiz, 2009
1
 —¡Mamá, mamá! ¡Ven corriendo! ¡Angustias! ¡Ven rápido!Isabel daba saltos de alegría asomada en la galería de su casa, situada en el número 6de la calle Astarloa. Hacía más de dos años que la familia Sierra Blanco se había afincado enBilbao procedente de su Burgos natal e Isabel era la primera vez que veía nieve desdeentonces. Y aquella no era una nevada cualquiera. —¿Qué pasa, muchacha? —preguntó Angustias mientras se secaba las manos conun trapo que traía de la cocina. —¡Ha nevado! —le indicó Isabel emocionada señalando la capa blanca de más dediez centímetros que cubría toda la calle. —Ya lo sé, ya lo sé. Tenías que haberlo visto esta mañana, antes de que lo pisaraalguien. Parecía una nube de algodón —comentó al asomarse—. El portero del númerocuatro ya está despejando la calle.En ese momento, la madre de Isabel apareció también en el comedor. —¿Qué son esos gritos? —¡Ha nevado! ¡Es el mejor regalo de cumpleaños que podía tener! —¿El mejor regalo? Ayer decías que el mejor regalo eran tus zapatos nuevos. Vamos, date prisa en asearte que vas a llegar tarde a la clase.Isabel recordó entonces que era miércoles y los miércoles, al igual que los lunes y los viernes, acudía a clase de piano en el Conservatorio. —¿Qué hora es? ¡Llego tarde! —exclamó y salió corriendo por el pasillo hacia suhabitación. —Hija, ¡abrígate y ponte las botas!Las dos mujeres se rieron ante la desmedida exaltación de la muchacha.
 
© Ana Iturgaiz, 2009
2
 —Pretende ser una mujer, pero en realidad no es más que una niña, de diecisieteaños, es cierto, pero una niña al fin y al cabo. —Déjela, está emocionada —comentó Angustias divertida antes de darse la vuelta y regresar a su tarea en la cocina.***En su habitación, Isabel se afanaba en colocarse la falda marrón de vuelo, la camisablanca y la rebeca beis. Estaba a punto de ponerse los zapatos cuando oyó un ruido al otrolado de la puerta. Era su madre. —¡Ponte las botas! —le dijo.Isabel lanzó un suspiro. —¡Mamá! ¡Son de niña! —Hace frío, está nevando, ¿no pretenderás salir de casa con los zapatos nuevos? Y date prisa, que llegarás tarde —añadió.Isabel la oyó alejarse por el pasillo sin esperar su respuesta. Acabó de calzarse loszapatos y cogió la bufanda y sus guantes de piel, que había dejado sobre las partiturasencima de su tocador. Abrió la puerta de su habitación cautelosa y recorrió el pasillo depuntillas, lo más silenciosa que pudo. Del perchero de la entrada, cogió el abrigo y salió a lacalle con cuidado de no hacer ningún ruido. Justo antes de cerrar, gritó al aire: —¡Me marcho!El portazo sacudió la tranquilidad del hogar de los Sierra. —¡Isabel!, ¿te has puesto las botas?La pregunta se perdió en las habitaciones vacías. Isabel ya había dejado atrás laplanta principal y estaba a punto de aterrizar delante de la portería.El portero estaba en la calle. Tenía una pala en la mano y se afanaba en despejar laparte de la acera que correspondía a la finca.
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