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El Reencantamiento del Mundo
Michel Maffesoli
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EL REENCANTAMIENTO DEL MUNDOUna ética para nuestro tiempo
 
Michel Maffesoli
Capítulo I
La tela de lo real
Siempre es necesario, en los problemas esenciales, saber retroceder a fin de comprender mejor larealidad empírica. Buscar los ascendentes más secretos, y ello a fin de que las palabras empleadaspuedan convertirse en palabras operantes. Sin duda alguna, lo invisible es el núcleo central a partirdel cual se organizan las cosas humanas.
Centralidad subterránea,
ya lo he dicho, que hay que saberdescifrar en la efervescencia de los fenómenos explosivos, o en la banalidad de la vida cotidiana.De acuerdo con el sentido común los pensamientos más agudos saben perfectamente que son lasideas las que mueven el mundo. Más aún, hay que tomar distancia respecto del conformismointelectual. Incluso despreciarlo en tanto sus evidencias achaten la riqueza de lo real reduciendo a launidad la multiplicidad de las diferencias.De allí la necesidad de poner en práctica una
heterología,
es decir un saber múltiple, único capaz dereconocer la riqueza de lo vivo. "Lo muy conocido,, decía Hegel, por el hecho mismo de que es
muy conocido,
no es realmente conocido". Y, en efecto, aquellas ideas que gobiernan el mundo, loimaginario en su potencia fecundadora, permanecen en el misterio. Confusas e inseguras de símismas en muchos aspectos. Y pese a ello constituyen el cimiento que estructura el sentimiento depertenencia cuya importancia ya no puede negarse.
Strictu sensu,
los valores estéticos en torno a loscuales se aglutinan, en forma obstinada, las diversas tribus posmodernas.De este modo, la evidencia de la moral universal, así como el moralismo bienpensante que es suexpresión, ya no resiste los furiosos topetazos de las éticas particulares. Esta distinción (moral-éticas)se impone desde el momento en que constatamos lo que tiene de anticuado, de cautivador, laprofusión de los buenos sentimientos. Desde el momento, también, en que ya no se puede negar odenegar la fuerza agregativa de prácticas y pensamientos heterodoxos; extraños e inquietantes, perono menos presentes en la vida cotidiana. Es esta (re)emergencia de la paradoja la que reclama unaaudaz heterología.Indocilidad del pensamiento que acuerda con una experiencia indócil, la de la
vita ipsa,
esa vidamisma, fuente de todas las generosidades renovadas que, por más extrañas o inquietantes que sean,están allí como tantas otras
"éticas 
inmorales" para asegurar el fundamento de un estar-juntos engestación.El "buen gobierno de los espíritus" precisa que estemos atentos a dicha gestación. So pena dequedar en desfase respecto del imaginario colectivo. ¡Lo que corre el riesgo de ser mucho más
 
inquietante que los aspectos más inquietantes de la vida misma!El objeto de estudio de Michel Foucault y su aspecto prospectivo se deben justamente a que supocaptar el "umbral" de la modernidad. Cómo a partir de este umbral se operó, según sus propiostérminos, ese "arrebatamiento" formidable que fue la universalidad del discurso occidental.Quizá, justamente, debamos ser capaces de pensar a la inversa. Sé ha llegado a otro "umbral" quepuede permitir comprender que aquello que da profundidad a las prácticas sociales es, ante todo, la
 
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particularidad de los valores específicos, y la fuerza agregativa que éstos sin duda impulsan. Esto eslo que realmente importa pensar, aunque sea al precio de la destrucción de nuestras teoríastranquilizadoras y un poco anestesiantes.El término
episteme 
significa estar en el lugar indicado a fin de ver con claridad dentro de lo que sevive oscuramente. Saber expresar ese arte de vivir que es la existencia común. Eterno problema delpunto de Arquímedes, palanca metodológica que permite comprender las costumbres existentes endeterminado momento, teniendo en cuenta que las mismas no tienen nada de eterno, sino queobedecen a especificidades locales, a raíces profundas y a la súbita evolución. "¡Verdad más allá delos Pirineos, falsedad más acá!"Es precisamente esto lo que, en su tiempo, destacó G. Simmel. Lo propio de la labilidad vital esproducir formas y destruirlas. Y al hacer esto se supera a sí misma. ¡Paradoja fecunda si las hay! La
 
"forma" se constituye (costumbres, hábitos, organizaciones, instituciones...), pero si quierepermanecer viva, debe desarrollarse destruyendo lo que constituyó. Dialógica entre la
pars destruens 
y la
pars construens.
Destrucciones y construcciones van a la par. Y el arte de saber radica justamente en ajustarse al arte de vivir que reposa en dicha dialógica.La moral, tal como fue elaborada a partir del siglo XVIII: universal, aplicable en todo lugar, imperativa,es una "forma" que gobierna lo que Simmel llama la coexistencia de los individuos a partir de la"acción recíproca". Pero ésta, dentro de la secuencia lógica de la
economía de la salvación 
 judeocristiana, se convirtió, progresivamente, en algo puramente contable. De este modo la vidaquedará por completo circunscripta a "pesar, calcular, reducir los valores cualitativos encuantitativos"
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.Dicha reducción es la que presidió la dominación planetaria del Dinero-Rey, la prevalencia delproductivismo, y el desarrollo de la sociedad de consumo. Todos elementos que reposan sobre elimperativo categórico de una moral del trabajo que permite la realización del individuo y la dominaciónde la naturaleza en la que, según la prescripción divina, "con esfuerzo [el hombre] ganará su pan"
{Génesis,
3, 17).Nos encontramos aquí en el corazón de la "forma" moral: la relación de dominación que el sujetodebe establecer sobre sí mismo, fundamento de la relación de dominio que este mismo sujeto debetener sobre el objeto a dominar. Esta es justamente la napa freática que, invisiblemente, hasustentado la vida social "moderna". Es decir un estar-juntos en definitiva racional, de efectospredecibles, en pocas palabras orientado hacia una
salvación 
que se adquirirá en lo lejano (celeste oterrestre). Es así cómo la economía de la salvación conduce a la economía
stricto sensu.
 No tiene sentido volver sobre el asunto. Numerosos son los análisis, en diversos campos, que hanmostrado el lazo estrecho que une la Historia dominable, la moral que es su instrumento de elección yla salvación (Paraíso, tranquilización de la existencia, seguro contra todo riesgo...) que es suresultado. Podemos, en cambio, preguntarnos si este ciclo no está por concluir. Si a una "forma"fatigada o esclerosada no estaría por sucederle otra que reposa menos sobre la relación dedominación (de sí, del mundo) que sobre la de un
ajaste,
una conciliación. ¡Relación ética si las hay,
 
donde lo cualitativo recobraría fuerza y vigor!Para atender a dicha inversión y a los "signos" múltiples que la prefiguran es cada vez más frecuenteel uso del término "societal". Por mi parte, cuando propuse su empleo
{La violencia totalitaria,
1979),lo hice para señalar todo lo que de impredecible tenía la existencia colectiva. En particular para insistirsobre la importancia de lo imaginario, de lo lúdico, de lo onírico, cosas que no eran del orden de lavida privada, sino más bien causa y efecto de la cosa pública.Tal vez sea posible ir más lejos. Y a fin de destacar el final de un ciclo, lo que he llamado lo dialógicode la destrucción y de la construcción, aferrarse a lo que es "epocal". La emergencia de otra época ola búsqueda, moral, de la salvación, en su aspecto contable o cuantitavo, tiende a dejar lugar a una
 
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relación cualitativa en la existencia donde el gasto ocupa un lugar.Curioso retorno a orígenes míticos. Actitud cuyo resorte secreto, y desde luego inconsciente comotodo fenómeno de importancia, puede ser considerado, por decirlo en términos heideggerianos, comoel "cuidado del ser". Precisemos, no la búsqueda de una
sustancia 
precisa: Dios, el Estado, laInstitución, sino algo mucho más indefinido, a saber una adhesión, algo animal, a la vida en toda suambivalencia, bien-estar y mal-estar mezclados.Es precisamente esto lo que está enjuego en la asombrosa vitalidad de las tribus juveniles, laintensidad de sus acciones, la violencia de sus pasiones, el aspecto desconcertante e imprevisible deesas embestidas sucesivas que las caracterizan. La estética es el término esencial que permitecomprender
el juego de los afectos 
que resume todo esto. Estética que va por supuesto a la par deesas éticas plurales que vemos en práctica en el
fanatismo 
musical, en la adicción a las redesinformáticas, en las adhesiones tan intensas como provisorias a causas humanitarias u otrasacciones compasivas o caritativas, sin olvidar las agregaciones sexuales en función de los diversos"gustos" (homosexual, bisexual, transexual...).La moral general reposa sobre una concepción "ontológica" del mundo: fenómenos, situaciones,identidades intangibles y seguras de sí mismas. Estas éticas plurales son de por sí esencialmentelábiles y provisorias. Pero en vez de lamentarse frente a este costado cambiante, incierto, noinstituido de los fenómenos en cuestión, ¿no puede verse allí la expresión de un humanismoauténtico o integral, a saber una concepción de la cosa humana dinámica, explosiva, precaria perointensa? En pocas palabras, la vida en su aspecto constructor pero también destructor.Frente a ese humanismo museístico y un poco esclerosado, el de las "bellas almas", el de la buenaconciencia, el de las damas de beneficencia, el
humanismo integral 
cruel y generoso de los gruposcontemporáneos recuerda el costado aventurero, incierto, trágico de toda existencia. La vida queimplica buena parte de muerte.Le guste o no a los que imparten lecciones y a otros notarios del saber, hay algo de nietzscheano enlos excesos, así como en la ritualidad de la banalidad cotidiana: "yo, bestia de enigma, yo, monstruoluminoso, yo, derrochador de toda sabiduría". El audaz pensador se consideraba al decir esto un"temerario
[casse-cou] 
del espíritu". Pero precisamente semejante audacia, vivida más que pensada odicha, es la que encontramos en el mimetismo tribal y en la intensa circulación de informacionespropia de las redes informáticas. Los contactos que las mismas inducen son peligrosos, las relacionesque suscitan pueden ser también "imprudentes"
[casse-gueule] 
(eco trivial del "temerario"
[casse-cou] 
nietzscheano), pero expresan muy bien la inocente vitalidad del
puer aeternus,
de ese niño eternoque, sin seguridades, sin el pretil de una verdad establecida, vive día a día los diferentes enigmas dela existencia humana. Hay pudor y delicadeza en esta experiencia trágica.Atributos que pueden parecer asombrosos, pero que traducen claramente el abandono de la paranoiaque marcó a las grandes ideologías políticas propias de la modernidad. En efecto, ya no es enfunción de tal o cual sistema teórico que se elaborará la relación con el otro. De allí,
de facto,
latolerancia que prevalece frente a costumbres, maneras de ser, modas indumentarias o diferentescomportamientos que se expresan en las manifestaciones calificadas, púdicamente, como "étnicas".Éstas son, esencialmente,
homosociales,
reposan sobre un sentimiento de pertenencia muy fuerte.Pero al mismo tiempo, ya sea en la indiferencia o en el conflicto, aceptan que puedan existir otrasmaneras de ser o parecer.Este conflicto o esta indiferencia ya no se expresan en el orden de lo político, sino más bien de unmodo lúdico. Lúdico que, recordemos aquí a Caillois o a Huizinga, puede ser agonal o estar lleno deexcesivo vértigo. Tenemos aquí, todavía, una de las marcas del mito del "niño eterno" quien no tienemás que hacer calificaciones morales judicativas o normativas propias de la lógica de lo político.Retomando una expresión corriente, ser "cool" ante uno mismo, ante los otros o ante la vida en

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