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Dick, Philip - Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch

Dick, Philip - Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch

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02/22/2015

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original

 
LOS TRES ESTIGMAS DE PALMER ELDRITCH
Philip K. Dick
T
í
tulo original: The Tree Stigmata of Palmer EldritchTraducci
ó
n: Marcelo Tombetta
 © 
1964 by Philip K. Dick
 © 
2003 Ediciones MinotauroISBN: 84-450-7368-0Edici
ó
n digital: SadracRevision: Sadrac, Ren&StimpyVersi
ó
n 2.0
Lo que quiero decir es que debemos tener en cuenta que al fin y al cabo venimos del polvo. S 
é 
que eso no es mucho para seguir adelante, pero no deber 
í 
amos olvidarlo. E incluso a pesar de esto, de este mal comienzo, no nos est 
á 
yendo tan mal. De manera que, por mi parte, estoy convencido de que no obstante la
é 
sima situac
ó 
n en la que nos encontramos, podemos saliadelante. ¿He sido claro? De una audio-circular interna dictada por Leo Bulero a su regreso de Marte y difundida entre los consultores pre-fashion de Equipos PP.
1Barney Mayerson se despert
ó
con un ins
ó
lito dolor de cabeza. Estaba en unahabitaci
ó
n desconocida de un conapt desconocido. A su lado, con la s
á
bana cubri
é
ndolelos hombros desnudos y tersos, dorm
í
a una chica desconocida que respiraba con la bocaentreabierta y cuya cabellera era una mata blanca como el algod
ó
n.Apuesto a que llego tarde al trabajo, se dijo. Se desliz
ó
para salir de la cama y,tambale
á
ndose, se incorpor
ó
; ten
í
a los ojos cerrados y procuraba dominar la n
á
usea quesent
í
a. S
ó
lo sab
í
a que se encontraba a varias horas de viaje de su oficina, y quiz
á
nisiquiera en Estados Unidos. Sea como fuere, estaba en la Tierra; la gravedad que lehac
í
a perder el equilibrio era familiar, normal.Y m
á
s all
á
, en la habitaci
ó
n contigua, al lado del sof
á
, un malet
í
n conocido, el de supsiquiatra, el doctor Smile.Descalzo, entr
ó
en el sal
ó
n sin hacer ruido y se sent
ó
junto al malet
í
n; lo abri
ó
, puls
ó
 unos interruptores y se conect
ó
al doctor Smile. Los contadores se activaron y elmecanismo emiti
ó
un zumbido. —¿D
ó
nde estoy? —pregunt
ó
Barney—. ¿Y a qu
é
distancia me encuentro de NuevaYork?Eso era lo m
á
s importante. Entonces vio el reloj en la pared de la cocina delapartamento: eran las 7.30 horas. Todav
í
a era temprano.El mecanismo, que era la extensi
ó
n port
á
til del doctor Smile y estaba conectado pormedio de un micro-rel
é
con el ordenador del s
ó
tano de Renown 33, el conapt de Barney
 
en Nueva York, exclam
ó
con una voz met
á
lica: —¡Se
ñ
or Bayerson! —Mayerson —lo corrigi
ó
Barney, alis
á
ndose el pelo con los dedos crispados—. ¿Qu
é
 pas
ó
anoche? —S
ó
lo entonces, sintiendo a la vez una repulsi
ó
n visceral, vio sobre labarra de la cocina las botellas medio vac
í
as de whisky, de bitter y de agua mineral, loslimones exprimidos y los cubos de hielo—. ¿Qui
é
n es esa chica? —La chica que est
á
en la cama es la se
ñ
orita Rondinella Fugate. Roni, como ellamisma le ha pedido que la llamara.El nombre le son
ó
vagamente familiar y, en cierto modo, curiosamente relacionado consu trabajo. —Oiga —dijo hacia el malet
í
n. Pero justo en ese momento la chica comenz
ó
a moverseen el dormitorio; Barney desconect
ó
al doctor Smile en un santiam
é
n y se incorpor
ó
,inc
ó
modo y avergonzado al estar s
ó
lo en calzoncillos. —¿Ya te has levantado? —pregunt
ó
la chica con una voz somnolienta. Se levant
ó
 como pudo y se sent
ó
frente a
é
l. No est
á
mal, pens
ó
Barney tiene unos ojos grandes yhermosos—. ¿Qu
é
hora es? ¿Ya est
á
listo el caf
é
?Barney fue a la cocina y encendi
ó
el hornillo; el agua para el caf
é
empez
ó
a calentarse.Oy
ó
el ruido de una puerta que se cerraba; la chica se hab
í
a retirado al cuarto de ba
ñ
o.Se o
í
a correr el agua. Roni estaba duch
á
ndose. Barney regres
ó
al sal
ó
n, y volvi
ó
aconectarse con el doctor Smile. —¿Qu
é
tiene que ver ella con Equipos PP? —pregunt
ó
. —La se
ñ
orita Fugate es su nueva asistente; lleg
ó
ayer de la China Popular, eraconsultora pre-fashion de Equipos PP en aquella regi
ó
n. De todas formas, aunque tengatalento, tiene muy poca experiencia, y el se
ñ
or Bulero decidi
ó
que trabajar de asistentepara usted durante un tiempo le permitir
í
a... iba a decir «adquirir experiencia», pero noquisiera que me interpretara mal, dado que... —Perfecto —dijo Barney.Entr
ó
en la habitaci
ó
n, encontr
ó
su ropa amontonada en el suelo —sin duda, tal como
é
l la hab
í
a dejado— y comenz
ó
a vestirse despacio. Sent
í
a unas n
á
useas muy fuertes ycada vez le costaba m
á
s reprimir las ganas de vomitar. —Tiene raz
ó
n —le dijo al doctor Smile mientras volv
í
a al sal
ó
n aboton
á
ndose la camisa —. Recuerdo el informe del viernes sobre la se
ñ
orita Fugate. Su talento conjetural esintermitente. Se equivoc
ó
con aquel art
í
culo «Monitor con Escenas de la Guerra CivilAmericana»..., cre
í
a que iba a tener
é
xito en la China Popular. —Se ri
ó
.La puerta del ba
ñ
o se entreabri
ó
; alcanz
ó
a ver a Roni, que estaba sec
á
ndose: rosada,limpia y satinada. —¿Me llamabas, cari
ñ
o? —No —respondi
ó
 
é
l—. Hablaba con mi m
é
dico. —Todo el mundo comete errores —sentenci
ó
el doctor Smile, algo ausente. —¿C
ó
mo fue que ella y yo... —inquiri
ó
Barney se
ñ
alando la habitaci
ó
n— en tan pocotiempo...? —Es una simple cuesti
ó
n de alquimia —respondi
ó
el doctor Smile. —Vamos, en serio. —Bueno, siendo ambos precognitores, hab
é
is previsto la posibilidad de tener unarelaci
ó
n er
ó
tica. As
í
, despu
é
s de tomar unas copas, hab
é
is pensado: ¿para qu
é
seguiresperando?
Ars longa, vita brevis 
.El malet
í
n dej
ó
de hablar porque Roni Fugate apareci
ó
, desnuda, en la puerta del ba
ñ
o;pas
ó
sigilosamente frente a ellos y fue hacia la habitaci
ó
n. Barney pudo ver su cuerpoestrecho y esbelto, de un porte soberbio, los pechos peque
ñ
os y erguidos, con unos
 
pezones que no eran mucho m
á
s grandes que dos guisantes rosados. O, mejor dicho,dos perlas rosadas, pens
ó
corrigi
é
ndose. —Quer
í
a pregunt
á
rtelo anoche —dijo Roni Fugate—. ¿Para qu
é
consultas a unpsiquiatra? Dios m
í
o, adem
á
s lo llevas contigo a todas partes; no te has separado de
é
l niuna sola vez y lo has dejado encendido incluso cuando... —Arque
ó
una ceja y lo mir
ó
 inquisitivamente. —Pero ah
í
mismo lo apagu
é
—observ
ó
Barney. —¿Me encuentras bonita?Poni
é
ndose de puntillas, de pronto se estir
ó
, se pas
ó
las manos por detr
á
s de lacabeza y, ante el asombro de Barney, se lanz
ó
a una serie de fren
é
ticos ejercicios, dandosaltos y volteretas, sacudiendo los pechos. —Claro que s
í
—susurr
ó
 
é
l, desconcertado. —Calculo que pesar
í
a una tonelada si cada ma
ñ
ana no hiciera estos ejercicios de laUnidad de Artiller
í
a de la ONU —dijo Roni Fugate, jadeante—. ¿Querr
á
s servir el caf
é
,cari
ñ
o? —¿De verdad que eres mi nueva asistente en Equipos PP? —pregunt
ó
Barney. —Por supuesto. ¿Acaso no lo recuerdas? Me parece que eres como la mayor
í
a de losmejores precogs: ves el futuro con tanta claridad que apenas tienes vagos recuerdos delpasado. Y de anoche, ¿qu
é
recuerdas exactamente?Roni interrumpi
ó
los ejercicios, jadeando. —Bah, creo que todo —respondi
ó
 
é
l vagamente. —Escucha. El
ú
nico motivo por el que te paseas con un psiquiatra es porque hasrecibido la convocatoria al servicio militar, ¿no es cierto?Tras una pausa, Barney asinti
ó
. De eso s
í
que se acordaba. Hab
í
a recibido el famososobre alargado y azul verdoso una semana antes; el mi
é
rcoles pr
ó
ximo le tocaba pasar laprueba psicol
ó
gica en el Hospital Militar de la ONU, en el Bronx. —¿Te ha servido? —pregunt
ó
ella se
ñ
alando el malet
í
n—. ¿Te ha hecho sufrir losuficiente?Barney se volvi
ó
hacia la extensi
ó
n port
á
til del doctor Smile: —¿Y a usted qu
é
le parece?El malet
í
n respondi
ó
: —Desgraciadamente, se
ñ
or Mayerson, es usted todav
í
a absolutamente apto para elservicio; puede soportar hasta diez freuds de estr
é
s. Lo siento. Aunque todav
í
a nosquedan algunos d
í
as, acabamos de empezar.Roni Fugate fue a la habitaci
ó
n, recogi
ó
la ropa interior y empez
ó
a vestirse. —Imagina —dijo ella, pensativa—. Si te reclutan, mi querido Mayerson, y te mandan alas colonias... quiz
á
podr
é
ocupar tu puesto. —Sonri
ó
y dej
ó
ver una hilera de dientesblancos y sim
é
tricos.Era una perspectiva nada halag
ü
e
ñ
a. Y frente a ella el talento de precog no pod
í
aayudarlo: el resultado pend
í
a graciosamente, en perfecto equilibrio, de la balanza de lasfuturas relaciones de causa y efecto. —T
ú
no podr
í
as hacer mi trabajo —dijo
é
l—. Ni siquiera pudiste hacerlo en la ChinaPopular, donde la situaci
ó
n es relativamente simple en cuanto a la determinaci
ó
n depreelementos.Pero alg
ú
n d
í
a ella iba a poder; eso era algo que
é
l pod
í
a prever claramente. Era muy joven y desbordaba talento innato: para igualarlo —y no hab
í
a otro como
é
l en su oficio—s
ó
lo necesitaba unos a
ñ
os de experiencia. A medida que tomaba conciencia de susituaci
ó
n fue despert
á
ndose del todo. Era muy probable que fuera reclutado y, aunque nolo fuera, Roni Fugate pod
í
a arrebatarle el puesto sin ning
ú
n problema, ese puesto tan

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