EL EVANGELIO DIGITAL
HANS MAGNUS ENZENSBERGER
1. Las cabriolas de la teoría
Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que lahumanidad comenzó a romperse la cabezaacerca de los medios que le habían sido da-dos. Primero la lengua, más tarde la gramá-tica, la retórica, la lingüística, la filosofíadel lenguaje; primero la escritura, más tar-de la reflexión sobre sus leyes; primero lamoneda, más tarde la numismática. La teo-ría se arrastra en pos de sus objetos.Ésa esla situación que se ha venido produciendoa lo largo de un par de siglos. También setardó en reflexionar sobre los nuevos me-dios con el retraso correspondiente. Éstosse desarrollaron, por decirlo así, de modoespontáneo a espaldas de la sociedad. Nohabía ningún pensador al lado de los há-biles manitas y artesanos, los matemáticosalejados del mundanal ruido, los humil-des ingenieros y los genios ignorados quelos trajeron al mundo. Las implicacionesdel invento de Gutenberg sólo han llega-do a analizarse a fondo en el siglo
XX
, enlas postrimerías del arte de la imprenta.Cuando apareció el telégrafo, no fue-ron los académicos, sino los militares y los especuladores, quienes comprendieronsu importancia. Igual de subrepticiamen-te llegaron al mundo la fotografía y el ci-ne. Daguerre y Talbot, los hermanos Lu-mière, Etienne-Jules Marey y GeorgesMéliès desarrollaron su obra en tallerescaseros y laboratorios improvisados, engraneros y ferias, no en el marco de unauniversidad. Mucho antes de que Kra-cauer escribiera sus obras de teoría cine-matográfica, el Estado mayor alemán ha-bía sentado los cimientos de la empresaUfa, porque se había dado cuenta de lasposibilidades que el medio proporcionabapara la propaganda. El texto premonito-rio de Brecht sobre la “radio como apara-to de comunicación” se publicó en 1932,en un momento en que el mugido de Hi-tler resonaba ya en toda Europa. Las fa-cultades de filosofía ignoraron estos traba- jos con un obstinado silencio, igual que hi-cieron con la obra de Walter Benjamin.Todavía en los años cincuenta, el interés delas facultades se reducía a un apéndicedela germanística, la llamada ciencia delperiodismo que se ocupaba de un medioque tenía 300 años de edad. Y cuando fi-nalmente Marshall McLuhan, a partir de1962, revolucionó la escena con su teoríade la televisión, la caja estaba ya asentadaen uno de cada dos cuartos de estar.Desde luego, lo que no han faltadonunca han sido vaticinadores y amonesta-dores. La crítica cultural es más antiguaque su nombre. Puede rastrearse hasta laantigüedad. El mito de la caverna de Pla-tón es su paradigma inigualado. A cadamedio le persigue como una sombra lasospecha de la pérdida de sentido y la ina-decuación. Difícilmente se puede pasarpor alto el interés político que está en laraíz misma del dedo acusador. La alfabeti-zación fue una amenaza para el privilegiode estar informados que detentaban lossabios y los ilustrados, y cada uno delos nuevos medios ponía en peligro a losojos de la autoridad la moral de los súbdi-tos. Ya en el siglo
XVIII
se prevenía contrala lectura de novelas con los mismos argu-mentos que se traen a colación actual-mente contra la televisión. Desde enton-ces, esta crítica no ha ganado en toleran-cia. Los gestos con los que defiendecualquier “valor” recuerdan al policía detráfico que señala el semáforo en rojo aquien se salta las normas. Que la difusiónde los medios pudiera restringirse de estaforma es poco probable, aunque sólo seaporque la crítica no despierta ningún in-terés digno de mención para los hechos.Quien suponga, por ejemplo, que podría-mos divertirnos hasta límites extremos,no es consciente del horror de la publici-dad ni de la necesidad de repetición delos programas, que en realidad no prome-ten ninguna diversión, sino un aburri-miento concentrado al máximo; pareceno ser consciente tampoco de que los ac-cidente trágicos ante el televisor son raros,en comparación con las víctimas quepierden la vida por la acción de los Ka-láshnikov,los automóviles y otras armas.Se trata aquí de formas de la crítica de losmedios que deben clasificarse en la esferade la literatura trivial antes que en la de laciencia.Pero por lo que se refiere a la teoría,ésta ha dado un gran paso adelante en lasúltimas décadas. Desde que se ha difundi-do que la industria del conocimiento seha convertido en una rama fundamentaldel siglo que termina, la ciencia de la co-municación y de los medios se ha conver-tido en un campo en auge académico y periodístico. (Cómo podría delimitarse esigual de poco claro que su definición es-pecífica). Entretanto, oír hablar de la “in-dustria de la cultura” es algo cada vez másfamiliar. También se puede poner el acen-to en la dimensión técnica y hablar demedios electrónicos. Quien como PeterGlotz no haya olvidado la economía polí-tica, preferirá la expresión “capitalismodigital”. Probablemente todas las modifi-caciones generadas por una época recibensiempre su bautismo definitivo sólo
post festum.
La carrera por la actualización dela teoría ha conducido a resultados sor-prendentes. Fases de la historia de los me-dios que han quedado muy atrás se hanestudiado analíticamente y se han com-prendido sus consecuencias hace sólomuy escaso tiempo. En Alemania, los tra-bajos de Friedrich Kittler y Jochen Ho-risch, sobre todo, han demostrado lo quepueden llegar a dar de sí tales investiga-ciones. El hecho de que se haya dedicadoa la nueva disciplina una manada deadeptos más bien variopinta no deberíasorprendernos. Filólogos desilusionados,sociólogos rebotados, periodistas engreí-dos, filósofos más o menos serios, escrito-
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CLAVES
DE RAZÓN PRÁCTICA
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