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Dick, Philip - Cuentos Completos 3

Dick, Philip - Cuentos Completos 3

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08/07/2014

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original

 
CUENTOS COMPLETOS 3
EL PADRE-COSAPhilip K. Dick
T
í
tulo original: The father-thingTraducci
ó
n: Eduarde G. Murillo
 © 
1987 by the estate of Philip K. Dick
 © 
1992 Ediciones Mart
í
nez Roca S.A.
 
Gran v
í
a 774 - BarcelonaISBN: 84-270-1676-XEdici
ó
n digital de los relatos: Ar
á
cnidoRevisi
ó
n y compaginaci
ó
n: Sadrac
Í 
NDICEIntroducci
ó
n
, por John Brunner
Coto de caza,
Fair Game 
 
 © 
1959.
El ahorcado,
The Hanging Stranger 
 
 © 
1953.
Algunas peculiaridades de los ojos,
The Eyes Have It 
 
 © 
1953.
El hombre dorado,
The Golden Man 
 
 © 
1954.
Y gira la rueda,
The Turning Wheel 
 
 © 
1954.
El
ú
ltimo experto,
The Last of the Masters 
 
 © 
1954.
El Padre Cosa,
The Father-Thing 
 
 © 
1954.
Un para
í 
so extra
ñ
o,
Strange Eden 
 
 © 
1954.
Tony y los escarabajos,
Tony and the Beetles 
 
 © 
1953.
Nul-O,
Null-O 
 
 © 
1958.
Servir al amo,
To serve the master 
 
 © 
1956.
Pieza de colecci
ó
n,
Exhibit Piece 
 
 © 
1954.
Los reptadores,
The Crawlers 
 
 © 
1954.
Campa
ñ
a publicitaria,
Sales Pitch 
 
 © 
1953.
La estratagema,
Shell Game 
 
 © 
1954.
Sobre la desolada Tierra,
Upon the Dull Earth 
 
 © 
1954.
Foster, estas muerto,
Foster: You’re Dead 
 
 © 
1955.
La paga del duplicador,
Pay for the Printer 
 
 © 
1954.
Veterano de guerra,
War Veteran 
 
 © 
1955.
La barrera de cromo,
The Chromium Fence 
 
 © 
1955.
Desajuste,
Misadjustment 
 
 © 
1954.
Un mundo de talentos,
A World of Talent 
 
 © 
1954.
¡Cura a mi hija, mutante!,
Psi-Man Heal My Child! 
 
 © 
1955.
Notas
 
INTRODUCCI
Ó
N
Tengo treinta y tres libros de Philip K. Dick en mi biblioteca. Dentro de poco conf 
í 
o en tener treinta y ocho, m 
á 
s del doble que cualquier otro autor de ciencia ficci 
ó 
n. Su m 
á 
cercano contendiente s 
ó 
lo llega a dieciocho vol 
ú 
menes, cuatro de los cuales son antolog 
í 
as preparadas por 
é 
l.¿Por qu 
é 
? ¿Por qu 
é 
tengo m 
á 
s libros de Dick que de ning 
ú 
n otro? Bien, dig 
á 
moslo as 
í 
. Dick fue el hombre que me convenci 
ó 
, siquiera durante la duraci 
ó 
de una novela, de que pod 
í 
a existir una sociedad cuya moneda de curso legal fuera la mermelada de naranja.He intentado recordar mi primer contacto con la obra del interfecto. Sospecho que debi 
ó 
 ser cuando le 
í 
su primer relato del g 
é 
nero publicado, Aqu 
í 
yace el wub. Estaba contado con un estilo competente y cierto sentido de! humor; en conjunto, un debut notable. Sin embargo,los relatos que siguieron (se dec 
í 
a que escrib 
í 
a uno por semana) daban la impresi 
ó 
n de que su autor a 
ú 
n intentaba encontrar su propia voz. En concreto, percib 
í 
muchos ecos del llorado Henry Kuttner. Tuve que esperar a sus novelas para darme cuenta de cuanta imaginaci 
ó 
n originalidad pose 
í 
a Dick, con qu 
é 
ingenio deformaba nuestro mundo en pautas extra 
ñ 
as, o lo enfocaba desde un 
á 
ngulo inusual para crear una perspectiva nuera e inquietante,combinada con un sentido de la «otredad» que hac 
í 
a mella en el subconsciente de! lector durante d 
í 
as y, en ocasiones, meses.Recuerdo que compr 
é 
un ejemplar de segunda mano hecha trizas de Loter 
í 
a solar y lo devor 
é 
de una sentada. Recuerdo que me mord 
í 
a las u 
ñ 
as de impaciencia entre las entregas de Tiempo desarticulado, cuando Ted Carnell la public 
ó 
por partes en New Worlds. Despu 
é 
de leer ambas novelas, qued 
é 
convencido. Supe que deb 
í 
a ir a la caza de todas las obras de Dick que pudiera encontrar.En 1966, tambi 
é 
n en New Worlds, publiqu 
é 
un art 
í 
culo entusiasta y encendido sobre su obra (en aquel tiempo poco conocida en Gran Breta 
ñ 
a) que, debo admitir, fue motivado en parte por ego 
í 
smo: quer 
í 
a leer m 
á 
s libros suyos... Diez a 
ñ 
os despu 
é 
s, tuve el placer de que me invitaran a escribir un prefacio para The Best of Philip K. Dick, publicado por Ballantine.Una d 
é 
cada
á 
s tarde, en 1986, me han solicitado que realice una tarea similar igualmente gratificante.Pero mucho m 
á 
s dif 
í 
cil. No quiero autoplagiarme, y cuando rele 
í 
mi art 
í 
culo de 1976 descubr 
í 
que hab 
í 
a resumido en 
é 
l todo lo que pensaba, y todo lo que todav 
í 
a pienso, sobre aquello que convierte la obra de Dick en extraordinaria. Habl 
é 
sobre la naturaleza del mundo dickiano, su casi vaciedad, su esterilidad, su parecido con el nuestro o sus inquietantes diferencias. Habl 
é 
sobre las percepciones alteradas que era capaz de inducir en la mente del lector, y la habilidad con que sosten 
í 
a presunciones absurdas el tiempo que fuera necesario,con tal de impedir que el lector incr 
é 
dulo, abandonara el libro. La mermelada como moneda ser 
í 
a uno de los incontables ejemplos. Habl 
é 
sobre su pr 
ó 
diga generosidad con ideas y conceptos que muchos escritores considerar 
í 
an fundamentales, pero que 
é 
l trataba como secundarias, y citaba por encina de todos aquella maravillosa escena en que un personaje dice a otro: «Dios ha muerto». Y es un hecho cierto: un ser lo bastante evolucionado para 

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