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estancia, se encontraba envuelto en una desgastada manta de lana, el pequeño Tim, cuyos verdosos ojos miraban a un infinito permanente, loscálidos rayos procedentes del Sol, los habían dañado sin compasión desdeel primer día que emergió en este mundo, reduciendo en suma medida sudeteriorada visión; sin embargo, su extraordinaria capacidad de crear elementos inverosímiles, con la única ayuda de sus habilidosas manos yuna pequeña descripción producto de la imaginación de cualquier persona, por ello fue obligado a ingresar en el olvidado ³Proyecto Alfa´. Sobre elhúmedo suelo, con las largas piernas entrecruzadas y con una mirada perdida en las mohosas paredes de la habitación, estaba John, el cual conun semblante siempre pensativo y meditabundo, parecía encontrarse en elinterior de su propio ser, absorto en sus pensamientos.Un punzante sonido, procedente de un oxidado altavoz, indicaba elansiado momento de descansar el magullado cuerpo, tras una larga ymonótona jornada. Harald ya tumbado, extendió sus apretados huesos y susmúsculos curtidos de tantas privaciones para permitir que dolorosos pensamientos invadieran su mente.Domingo, 21 de marzo de 2010:Una débil sacudida despertó de sus agitadas ensoñaciones a los cuatro jóvenes, haciendo que con gran agilidad, salieran al sombrío corredor,encaminando sus pasos hacia la lejana salida. De nuevo, otra fortísimasacudida hizo perder el equilibrio a los intrépidos prisioneros que pugnaban por escapar de aquella terrible trampa mortal, que con una inquietantelentitud, arrojaba imponentes vigas de madera procedentes de lainfraestructura del edificio, que con cada nuevo estallido, esta seabalanzaba sobre los jóvenes como fiera ante una suculenta presa.Harald, con sus ensangrentadas manos a causa del impacto de pequeñasastillas, intentaba que su inquieto corazón no escapara de su pecho. Allevantar su mirada, observó numerosas granadas cayendo como finas gotasde lluvia en una hermosa mañana de abril, logrando que odiosos soldados, protectores eternos y crueles vigilantes de la cantera, huyeran de aquel mar rojizo portador de innumerables cadáveres, tanto de prisioneros como demilitares. Carl agarró al asustado Tim de la manga de su roída camisa,
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