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05 Quattrocento-RafaelArgullol

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 1
 
EL QUATTROCENTO
Rafael Argullol
 
Editorial MontesinosBarcelona 1988Recensión Realizada por David Chacobo
 
 2
INTRODUCCIÓN
El Quattrocento es el único momento histórico que, por su vertebración y coherencia, tieneuna sólida unidad cultural frente (o en relación) a los distintos fenómenos que en y desde laEdad Media han sido llamados “renacimientos”. En él se cristalizan definitivamente todos loselementos renovadores que han aflorado a lo largo de la civilización tardomedieval.Geográficamente, el movimiento artístico y cultural cuyo centro de irradiación es Florencia ycuyo marco específico es italomediterraneo. Sin embargo, por Quattrocento cabe, tambiénentender al concepto que califica a una bien determinada conciencia estética y, más engeneral, a un “estado de mente” con una personalidad propia. Es decir, a un arte y a unpensamiento que, con desarrollos desiguales e inevitables tensiones, presentan unaapreciable cohesión y una poderosa lógica interna.Dos ideas básicas recorren las páginas que siguen: la certidumbre de que el primado de labelleza es la privilegiada columna que sostiene el entero edificio del Renacimiento y laconstatación de que, en éste, el triunfo de la individualidad inaugura la grandeza y la tragediadel hombre moderno.
EL CUERPO HUMANO COMO UNIDAD SIMBÓLICA
La contemplación del segundo “David” de Donatello o de “La Virgen de las Rocas” deLeonardo da Vinci agota, instantáneamente, un elevado tanto por ciento de lasargumentaciones académicas sobre la identidad del Renacimiento. Frente a todo ello unhecho permanece, sin embargo, incontrovertible: la representación del cuerpo humano en lapintura y la escultura del Quattrocento (con importantes legados en el siglo anterior y,todavía, fuertes influencias en el siguiente) significa una etapa con atributos estéticosestrictamente propios y diferenciados.
La Virgen de las Rocas (Leonardo da Vinci)Segundo “David” 1440-50 (Donatello)
 
 3
 
El cuerpo humano es, por antonomasia, la unidad simbólica del Renacimiento.
Y ellono solamente porque en él se manifiesta una nueva individualidad, según la indesmentidatesis de Jakob Burckhardt, sino, principalmente, porque en él se materializan tanto lasdistintas doctrinas teóricas como las múltiples manifestaciones artísticas del Quattrocento.Precisamente lo que otorga homogeneidad al movimiento humanista (que en realidadalberga en su seno muy distintas corrientes filosóficas) es la confianza, inédita desde laAntigüedad, en la integridad física y psicológica del hombre. Idea que, en la primera mitad delsiglo XV, germina paralelamente a la revolución estética que, también basada en aquellaintegridad, tiene lugar en Florencia de la mano de hombres como Masaccio, Masolino,Brunelleschi, Jacopo della Quercia o Donatello.En el plano del pensamiento tanto la “filosofía de la contemplación” de la Academiaplatónica de Careggi como la “filosofía de la acción” de Maquiavelo apoyan la dignidad ylibertad del hombre en su capacidad de autoidentidad moral y física. En literatura, siguiendoel camino marcado por Petrarca, la predominante espiritualidad del
dolce stil nuovo 
setransforma paulatinamente de acuerdo con la complejidad que la época otorga al individuo.En “Il Cortigiano”, Castiglione presenta un paradigma humano que es una síntesis deidealidad y sensualidad, de armonía física y moral. En el “Orlando el Furioso”, Ariosto,siguiendo los pasos del individualismo heroico postulado por el Humanismo, hace hincapiéen la
energeia 
, como el signo más característico del hombre.Pero, tal vez, el caso más interesante sea el de la arquitectura. Es sabido que durantelargos años Miguel Angel acaricia la idea, nunca realizada, de construir una gigantesca obraen la que se fusionaran la arquitectura y la escultura, el edificio y el cuerpo. Sin embargo,éste no es sólo un espejismo del artista que domina los años tardíos del Renacimiento, sino
un problema central 
de todo el Quattrocento. El nexo entre el cuerpo y el edificio, y laconexión entre las proporciones paradigmáticas de ambos, ocupa un destacado lugar en losprincipales escritos sobre teoría del arte. En
Della Pittura 
(1436),
De Re Aedifcatoria 
(1450) y
De statua 
(1464) de Leon Battista Alberti, en
De Prospectiva pingendi 
(1480-90), de Pierodella Francesca, o en
De divina proportione 
(1497), de Luca Pacioli, se abordaexplícitamente el tema de la transposición entre las formas del cuerpo humano y del cuerpoarquitectónico. En realidad ello forma parte de una transposición más general entre elmacrocosmos y el microcosmos, entre la naturaleza y la vida: el universo constituye alhombre a su imagen y el hombre construye sus obras siguiendo la misma regla. Esta es,para el artista renacentista, la cadena generadora de la
armonía universal.
 De ahí la preocupación quattrocentista, de raíz pitagórica y platónica, por descifrarmatemáticamente y aplicar técnicamente la “divina proporción” y el “número áureo” capacesde integrar aquella armonía universal en el arte. De ahí la omnipresente importancia de lamáxima “ad hominis bene figurati exactam rationen” con la que Vitruvio en el tercer libro desu “De Architectura” (27-23 a.C.) había resumido el carácter antropomórfico de laarquitectura y el carácter geométrico, simétrico y arquitectónico del cuerpo humano. Albertiinsiste reiteradamente en esta relación como base última de toda obra de arte. A ella serefieren los famosos emblemas de Leonardo da Vinci en los que se superpone la figurahumana en un cuadrado o un círculo.No obstante, más importante que estas teorizaciones y simbolismo es la consecuenciaartística de la interconexión entre cuerpo humano y cuerpo arquitectónico. Extremadamenterepresentativa es, a este respecto, la obra de Piero della Francesca. En la “Madona dellaMisericordia” (1499), la Virgen es al mismo tiempo una figura y un templo. Solemne ysimétrica, con su manto desplegado forma un arco que cobija a los fieles que estánpostrados ante ella. En un sentido distinto también los frescos del Coro de San Francesco en

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