Huntington, Samuel,
El choque de civilizaciones
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Paidós, Barcelona, 1997.de nuestro universo cultural y étnico. Formamos partede Occidente. Nuestras lenguas fundamentales (elespañol y el portugués), nuestras creencias religiosas,nuestro derecho, nuestras instituciones, nuestracosmovisión, en suma, tienen una raíz que nosidentifica como un enorme segmento de Occidente,pero, lamentablemente, constituimos el más miserable y atrasado de todos.Quizá esto explica que Samuel Huntington en supolémico libro
El choque de civilizaciones
no incluya a
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Iberoamérica como parte de Occidente. El ensayistanorteamericano no sabe cómo «encajar» nuestra piezaen el rompecabezas. Es capaz, correctamente, de incluira España y a Portugal entre las matrices del mundooccidental, pero no al universo desovado por ellas alotro lado del Atlántico. Estados Unidos y Canadá sí,hijos de Inglaterra y, en gran medida, de Francia, sonparte esencial de Occidente, pero no Iberoamérica. ¿Porqué? Básicamente, porque la miseria iberoamericanamuestra una serie de pavorosos síntomas que ya noestán presentes en ningún rincón de Occidente: esetodavía altísimo porcentaje de analfabetismo en paísescomo Bolivia o Guatemala; ese cuadro de poblacionessin agua potable o electricidad; esos campesinos quetodavía cultivan la tierra con sus manos y malvivencomo en el siglo
XIX
, no encajan en el perfil de los