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Algo habrá hecho, ¿no? No es Garzón, es nuestra democracia
Antonio Miguez Macho
Doctor en Historia
(Universidade de Santiago de Compostela-London School of Economics)

Es una técnica recurrente entre las que se usan para activar la herramienta de la tergiversación, la conversión del fondo de los asuntos que se discuten en una sucesión de rencillas personales, con la idea de lograr así su consiguiente trivialización. Un simple repaso de lo que los medios de comunicación están transmitiendo sobre Baltasar Garzón estos días, lleva a pensar que la decisión de iniciar un juicio que le acusa de prevaricación y la decisión de suspenderle cautelarmente forman parte de una complicada trama de inquinas personales en su contra. Y posiblemente esta rivalidad interna en la judicatura haya podido influir en la decisión de seguir con esta causa hasta el final. Pero no confundamos la yesca con el explosivo. Las decisiones de fondo adoptadas por los colegas de Garzón no sólo son totalmente coherentes con la Constitución española de 1978 y con nuestro ordenamiento jurídico vigente, sino que además reflejan el sentimiento ampliamente mayoritario de la representación política española, al menos en lo que respecta a los dos principales partidos. La única discrepancia a este respecto se centra en el hecho de llevar el asunto de la persecución del juez hasta las últimas consecuencias, condena incluida, pues para las sensibilidades más “izquierdistas” era suficiente con rechazar su intento de investigar los “crímenes del franquismo” por la vía judicial. Esto es lo que propuso en su momento la fiscalía, representación del gobierno en el asunto y, por tanto, de la posición política de la principal fuerza parlamentaria de la izquierda española. Por ese motivo, esa misma fiscalía se opuso a que la causa contra el juez prosiguiese su camino. Pero no porque considerase que el juez actuó correctamente al iniciar el proceso que le lleva ahora al banquillo de los acusados, argumento que expresó con el correspondiente recurso. Por lo tanto, no deberíamos confundir los términos del asunto. El problema aquí no es si el juez Garzón acaba siendo condenado por unos colegas ansiosos de jugarle una mala pasada. Ni siquiera el problema sustancial es la reticencia o franca oposición por parte de muchos sectores de la sociedad y la política española a tratar el tema de los “crímenes del franquismo”. La cuestión fundamental es que nuestro ordenamiento jurídico en vigor, así como los “consensos” esenciales de la democracia española están fundamentados sobre ese (no) tratamiento de las cuestiones relativas al régimen franquista por la vía judicial. Es decir, la aprobación, mejora y ejecución de una ley como la llamada de la “Memoria Histórica” es un asunto político, de partidos que se oponen o la apoyan, y por ese motivo precisamente pudo finalmente llevarse al Pleno del Congreso y salir adelante. Pero la investigación judicial de los delitos que se hallan detrás de las víctimas que la citada ley pretende honrar, no es una cuestión de debate político parlamentario en esta España que vivimos, porque sencillamente está vedada por el pacto constitucional. La “Ley de Amnistía” es, en este sentido, sólo un exponente más de ese pacto que fue además refrendado por sucesivas votaciones populares y que posteriormente se asentó en la lógica política de los principales partidos políticos españoles. Evidentemente, en el refrendo de ese “pacto constitucional”, así como en los sucesivos tratamientos de este tema, la forma de plantear el asunto no fue nunca totalmente explícita. La consecución de una democracia representativa, sobre todo, fue el éxito que justificó y justifica todo este pacto constitucional y a sus actores principales, desde la jefatura del Estado a los principales líderes políticos y sociales. La idea que se convirtió en discurso oficial ha sido y es que la sociedad española en su conjunto escogió el camino de la no confrontación, la resolución pacífica de los conflictos. La parte implícita en todo esto ha sido (hasta hace unas horas al menos) el hecho de que todo ese acuerdo se realizaba sobre la base de la no investigación judicial de la Dictadura. Esa exposición pública de un asunto tan oportunamente esquivado durante más de treinta años, y no el fondo del asunto, es en realidad lo que a muchos ha llevado a oponerse a que la causa contra Garzón siga adelante. No es una causa contra Garzón lo único que aquí se ventila, ni tampoco un aparente éxito de posturas “franquistas” en la judicatura de nuestro país. Lo que aquí se está cociendo llevaba en la cazuela décadas. La democracia española se ha construido sobre las bases de un negacionismo esencial de los crímenes de lesa humanidad y, en un sentido no cercenado del término, de los crímenes de genocidio, que tuvieron lugar a partir del Golpe de Estado de julio de 1936 y en los años inmediatamente posteriores. Un negacionismo que no es ni olvido, ni perdón, ni reconciliación, sino tergiversación interesada de los hechos al objeto de negar su propia existencia como tales. Porque aceptar que la sociedad española en su conjunto condenó al silencio a los supervivientes de una práctica genocida cometida en sus propias calles, plazas y caminos no es nada fácil de digerir. Porque aceptar que los que se pusieron del lado de las víctimas fueron los menos, y que hubo muchos “verdugos voluntarios” y complacientes colaboracionistas es casi intragable. Y sobre todo, porque aceptar que esta sociedad respaldó y jaleó incluso que los principales responsables del régimen genocida, incluido el sucesor designado por el Dictador, comandaran el proceso de transición a un sistema democrático, es ya inconcebible. Si se me permite una pequeña digresión de historiador para finalizar, cabe quizá argumentar con la idea manida de que Alemania se habría convertido en una dictadura mediante unas elecciones. El pueblo alemán no dio el poder a Hitler. Su partido fue el más votado, que es diferente, y una vez que este alcanzó el gobierno, convirtió al régimen en una dictadura. El pueblo español no votó exactamente que la impunidad jurídica de los criminales franquistas fuera elevada a rango de norma de “cuasi derecho natural”. Pero sí respalda mayoritariamente a los partidos políticos que propiciaron y propician este acuerdo fundacional. Por eso no es sólo Garzón la cuestión de fondo, es la esencia negacionista de nuestra democracia la que se ha puesto de manifiesto. Además, Garzón “algo habrá hecho”, ¿no?

Londres, 15 de mayo de 2010

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