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Entrevista Mayo Zambada

Entrevista Mayo Zambada

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02/08/2014

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BY ORIGINAL
ISMAEL 'EL MAYO' ZAMBADA
'Si me atrapan o me matan... nada cambia': El Mayo Zambada
En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El MayoZambada. " Julio Scherer García
Tenía interés en conocerlo", le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega ycompadre de "El Chapo" Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntossuspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: "Me pueden agarrar en
cualquier momento… o nunca"
Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos clarosacerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversarconmigo.La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona meconduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momentoalguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así hevivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, lasuerte siempre de mi lado.La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico.Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje,pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hastasu guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso ysu verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en undelator.Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfáticocomo era:"Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre".Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del
 
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que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorridobreve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a uncuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante unafachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera demirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájarosdeformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámarasmostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones ysofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seiscomensales.Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidadme llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para lacomunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro unacama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana quelo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de laregadera, fría y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabónusado.Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo quefuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, lamúsica a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadassin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército quepatrullaba las zonas periféricas de la ciudad.Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de lamañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante comohay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse comoun signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos,una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente ycomíamos con lentitud.Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yollevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Miacompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nadaexistiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haberdesaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía
 
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más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minutoque viene."Ya nos avisarán", me dijo sorpresivamente, "la llamada vendrá por elcelular".Pasó un tiempo informe, sin manecillas. 'Paciencia', me decía.Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocasoy el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció depronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros dedistancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies ymontañas.Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante aotro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierraapisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugiodel capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como "ElChapo" y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge zar dela droga.Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabrasde bienvenida:
Tenía mucho interés en conocerlo.
Muchas gracias
, respondí con naturalidad.Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños,según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo paralavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales ybajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeñamesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con elpropósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo dealarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojosen el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor.Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de

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