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Lateral, núm. 108, 2003, p. 14
 Repatriar apátridas* 
[RESUMEN: La falsificación lingüística en los medios permite normalizar laviolencia a la que recurren los gobiernos para desembarazarse de losinmigrantes ilegales. En espera que pueda ser legalizada esta violencia, lasnaciones firman acuerdos para repatriar a personas cuya nacionalidad sedesconoce.]
El pasado 18 de febrero apareció en EL PAÍS una información titulada: “El Gobiernonegocia con Marruecos la devolución de inmigrantes subsaharianos”, refiriéndose a lareactivación por parte del Gobierno del Partido Popular de los acuerdos que había firmadoel Gobierno socialista con el marroquí en 1992, para que Marruecos acepte a losinmigrantes que la administración española demuestre, “por cualquier medio”, que hanentrado en España desde su territorio. El periodista aseguraba que ese acuerdo, de ponerseen práctica, “
 simplificaría la repatriación
” de más de 8.000 subsaharianos cada año, lo cualsimplifica peligrosamente la cuestión.Unos meses antes tan sólo, el mismo periodista todavía se preguntaba ante los datosofrecidos por la Delegación del Gobierno, cómo se podían repatriar inmigrantes de“nacionalidad desconocida”, que decía la información gubernamental. “Ninguna de lasfuentes de la Delegación del Gobierno de Extranjería e Inmigración ha explicado consuficiente claridad a este perdico cómo es posible repatriar a ciudadanos cuyanacionalidad se desconoce”, se leía en EL PAÍS del 4 de noviembre del año pasado. Tresmeses después, utiliza ya el término repatriación sin comillas para describir esa mismasituación que, a lo que se ve, no ha habido tiempo para investigar: se diría que ha hechosuya la expresión; en verdad la expresión se ha hecho con él.El propio término de repatriación es ya una simplificación, y por eso mismo tanoperativa: se refiere tanto a los expulsados (que ya vivían en España) como a los devueltosen la frontera, simplificación contra la que todavía se nos advierte en la información denoviembre. Con esa síntesis técnica se pretende flexibilizar el proceso de deportación
 
frente a la rigidez de las garantías formales del derecho. Para lo cual hace falta también
 procesar 
la información que va a hablar de ello, vaciando las palabras de significado sinque puedan ya adecuarse a los hechos. Una vez reducidas las palabras a su
efecto
, su éxitono dependerá en modo alguno de la verdad que contengan, sino de los medios técnicos quese empleen para reproducirlas. Para el caso de los subsaharianos que deportamos aMarruecos, el término “repatriación” tiene tanto que ver con la verdad como la canción delverano con la música.La fina ironía de los redactores les salvó entonces de hacer frente a una “mentira práctica” que sirve de puente entre la obligación de la administración a actuar públicamentey la verdad de su actuación privada de control: por debajo del puente flotan las cosas que pasan. Y dado que la verdad sigue siendo revolucionaria, supone un grave riesgo y uninconveniente cnico mantenerla en secreto porque acecha siempre la sombra delescándalo que podría desencadenar su desvelamiento. Habrá, pues, que articular sufalsificación publicándola en los periódicos para que quede así desarticulada a la mañanasiguiente, porque todo el mundo la habrá olvidado.Los propios términos de la formulación desvelaban su imposibilidad real: ¿cómo re- patriar a quién no se le conoce patria? A diferencia de otros
oxímorons
mucho más célebresy hermosos, como el sol negro de Borges, constituía una falsedad sólo en el plano de laverdad del enunciado, pero muy real y práctica en el de la manipulación administrativa y periodística de la verdad, como verdadero y práctico es el horror que oculta: sólo el año pasado fueron “repatriadas” dos-mil-quinientas-catorce personitas tan reales como usted ycomo yo, sin que se conociera su patria.Esa manera de violentar la lengua para que encaje cualquier cosa y diga lo que no se puede decir, responde a la necesidad de asumir la violencia con la que encaja el procesamiento de los negros en el discurso de un así llamado Estado de derecho. Esagimnasia lingüística
informa
la verdadera violencia haciéndola aceptable para todos, porquenecesita también de nuestra complicidad. Tranquiliza mucho llamarlos subsaharianos,sobre todo cuando todo el mundo sabe que se les trata como a negros. “Lo peculiar de este
 
fenómeno es sobre todo la capacidad de proseguir en este espíritu de forma creadora,llegando así a una nueva formación lingüística que pone a la lengua en concordancia con lanecesidad imperiosa de una insinceridad radical y que hace justicia (...) al encubrimiento detoda clase de hechos vergonzosos. Apenas habrá un solo comunicado que no aporte un progreso en el sentido de revestir actos de violencia en normas.” (Karl Kraus).Todavía en la noticia de noviembre se recogía una dificultad práctica, porque, sedecía, “con los subsaharianos sucede que su expulsión es complicada porque no traendocumentación y resulta difícil precisar su nacionalidad. Además, pocos países los admitencomo ciudadanos”. Entre los “pocos países” no se cuenta desde luego España, por lo que para solucionar problemas como ése se inventan artefactos cnicos como el de“repatriados de nacionalidad desconocida” y se firman acuerdos para simplificar las cosas,en este caso las cosas subsaharianas. El que no se hayan decantado todavía por la fórmulamás económica del título de este artículo, se debe sin duda a que eso complicaría el procedimiento, pues apátrida” es todavía un estatuto jurídico reconocidointernacionalmente y entonces vendrían los abogados con sus consideraciones jurídicas ysus reclamaciones “imprácticas”, esto es, “perjudiciales y equivocadas en un sentidotécnico objetivo” (Schmitt). También en el celo profesional con el lenguaje los abogadossuperan a los periodistas: venden más caras sus palabras.La verdad es que los inmigrantes deportados van a parar a terceros países, comoMarruecos, donde “con un poco de suerte acabarán siendo encarcelados, durante semanas omeses”, comenta el despiece. “Marruecos no devuelve a los subsaharianos a sus países deorigen porque carece de medios para hacerlo”, y “a aquellos que no son ni detenidos nidevueltos se les ve con frecuencia deambular por las grandes ciudades marroquíes, sobretodo las del norte,” se lee a continuación. El Gobierno español conoce esa situación, y esque precisamente esa es la ventaja de la división internacional del trabajo sucio: lasubcontratación permite delegar en otros responsabilidades que todavía no parecenasumibles por el fino paladar europeo, a pesar de lo acostumbrado que está a la higiénica yflexible proliferación de empresas de trabajo temporal y subcontratas, que sin ser igualdesactivan lo mismo. Lo mismo que propone Bush cuando se trata de arrancar información

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