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Lateral, núm. 118, 2004, p. 14
 El sexo de los políticos y la política de los sexos* 
[RESUMEN: El autor del artículo no cree que la desigualdad sea la principalcausa de la violencia contra las mujeres. Aunque hoy pueden ser ministras deEstado, continúan recibiendo palizas. El meollo de los conflictos de parejaparece estar más en las relaciones de propiedad que en la tan cacareadadisparidad. Al final, no hay más verdad para el crimen que la posesión.]
Cada vez que oigo la palabra inmigración, salgo en busca de un psicoanalista. La liebre ya lahabía levantado Ana Botella, hace cosa de unos meses, cuando creo que dijo algo así comoque con la inmigración aumentaría el problema de la violencia de los hombres contra susmujeres. Algo así me comentaron. Lo que me sorprende ahora es ver que también ArcadiEspada (véase el 10 de julio en su blog en internet) se acuerda de la inmigración hablando dela violencia doméstica, en respuesta a una carta de cinco profesoras publicada ese mismo díaen
 El País
. Aunque no queda del todo claro en la referencia de Espada, en general la alusión ala inmigración apunta no sólo a su aporte cuantitativo sino sobre todo cualitativo: losinmigrantes pegan y matan más que los españoles y que los europeos. La razón sería que proceden de países donde la desigualdad hombre y mujer es mucho más importante que en losnuestros, Europa. De hecho, la tesis de que la desigualdad es “la principal causa” de las palizas y los asesinatos es la de casi todo el mundo, desde luego también la de las profesorasde Barcelona, y ya sólo por ese “súb(d)ito acuerdo colectivo resulta más bien sospechosa”(T.W.A.) Como las alusiones fantasmagóricas a la inmigración no son razonamientos, ni se basan en hechos, discutirlas sería ya darles un valor que no tienen, así que allá Ana Botellacon sus fantasmas. Pero se puede aprovechar la ocasión para hablar de nosotros y de losdemonios que apenas se disimulan ya con motivo de la “violencia de género”, que es de loque no quieren oír hablar ni los que se acuerdan de los inmigrantes, ni los que hablan de ladesigualdad. Y para esto vienen muy al pelo la carta de las profesoras y la respuesta deEspada, porque condensan en pocas líneas un silencio monumental. Las profesoras hablan dela desigualdad como “principal motivo”, y Espada nos cita a una feminista que cuenta con “lanaturaleza humana”, con la realidad, al abordar el problema de la violencia de los hombrescontra sus mujeres. El interés está en el punto de fuga que hay entre ambos.
 
El meollo de la cuestión no esen la desigualdad, para empezar por el final.Denunciar la desigualdad está muy bien, y a partir de ahí reclamar la paridad efectiva en eltrabajo o en el consejo de ministros, denunciar el uso de las mujeres como objeto de reclamo publicitario o pedir una asignatura de género (¿femenino?), también. Pero de ahí a pretender que el “principal motivo” de la violencia es la desigualdad, es como creer que Bush mandóinvadir Afganistán para liberar del burka a las afganas: ambas ilusiones sirven para “mantener intactos los mecanismos del poder”, por decirlo con las palabras de las profesoras, enAfganistán y aquí. Todas esas cosas del mundo del trabajo están muy bien que se hagan yademás tienen mucho futuro por delante. De paso, el discurso de la desigualdad alienta lamaltrecha competitividad, rinde beneficios, resalta la eficacia, maquilla la publicidad y pone ala escuela todavía más a merced de los adultos, o sea de los padres, porque es que las parejasya no tienen tiempo ni de ocuparse de los niños. Pero no deja de ser curioso y triste que un problema que podría dar para hablar de la pareja como problema, acabe vendiéndoles unasolución para sus vidas a las parejas. La ‘pareja’ como problema, es de eso de lo que nadiequiere acordarse en todo este debate. Porque hablar 
contra la pareja
tiene muy mala prensa, ysi no que se lo pregunten a García Calvo, que sigue escribiendo en
 La Razón
.Sin embargo, la tesis de la desigualdad y la solución de la paridad efectiva, es verdadque apenas se sostiene si la paseamos por Europa. En otros países, con mayor paridad efectivae histórica que el nuestro, hay tantos o más asesinatos. En Finlandia, el Primer Ministro es unamujer, y es el país de la Unión Europea con mayor porcentaje de mujeres asesinadas. Es sóloun ejemplo. Pero es ejemplar que la misma dificultad que hay para enfocar el perfil delmaltratador en nuestro país, porque los hay de toda condición, la haya también a la hora de perfilar el país de los maltratadores, porque los hay católicos, protestantes, laicos y ortodoxos, pobres y ricos, fríos y calientes, con buena y con mala educación, con mejor y peor televisión,con publicidad chusquera o sofisticada, cejijuntos y rubitos. La teoría de la desigualdad sedesdibuja entre tanto perfil socio-económico y nacional distinto. ¿La desigualdad en qué? Loúnico que tienen en común todos esos países y sus maltratadores es que en todos ellos lasmujeres mueren a manos de
 su
 pareja. Es poca cosa, pero quizá sea suficiente para empezar a perfilar algo y tantear de paso el nudo de la cuestión. “La maté porque era mía”, que rezaba eladagio popular, es seguramente lo que todos al fin dudarían si confesar o no en comisaría. Noes ese el motivo, claro, pero es importante que pueda ocurrírsele a alguien como justificación.Ese es un miserable, que decía Acebes de Otegui, sí, vale, pero a lo mejor sus palabras nosaclaran algo.
 
Aclaran, por derecho, la verdad de lo que sublima la desigualdad. Que la relaciónhombre y mujer que todas las parejas contienen es una relación de propiedad, y no dedesigualdad. La diferencia puede parecer un matiz, pero sus consecuencias son cósmicas. Yaque citan a San Pablo, las profesoras de Barcelona, para adornar su tesis de la desigualdad,habrá que recordar aquí también que ya lo citaba José Requejo para demostrar lo contrario,citaba su explicación de por qué en la iglesia las mujeres tenían que cubrirse la cabeza y loshombres no: porque “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón la cabeza de la mujer”(ICor. 11, 3-10, cito por Requejo). Y Requejo, a diferencia de las profesoras, daba en el clavo ydecía: “mientras que un hombre se salva por su propia realización como ser social, por ser élmismo, así una mujer se salva sólo por ser de un hombre.” Por 
 ser de
un hombre. Aunque amí me parece que tampoco el hombre se basta por sí mismo como ser social. En la realidadsocial, es decir, fuera de la iglesia, un hombre que no tenga
 su
mujer no es un hombre, es undon Nadie. (Dentro de la Iglesia puede uno llegar a Papa.) Y puede que la cosa se haya perfeccionado tanto que ahora las mujeres también sean de verdad propietarias y tengantambién su hombre, con lo que se acaba así la desigualdad, pero no lo que ocultaba. Perovayamos al origen: la Propiedad, para empezar, la propiedad de la mujer por el hombre, lamujer como “primera forma de dinero”, y al mismo tiempo si se quiere la propiedad de la casay de los hijos, la Familia, como primera unidad productiva. Eso es algo que todo el mundosabía hasta hace cuatro días, pero que ya sólo García Calvo dice; ¿o es que me van a decir quelo de que fuera de “buena familia” era cosa de que fuera buena de verdad, como decimos dealguien que es buena gente? Así pues, la desigualdad sirve para echar balones fuera, paracreernos que ahora que somos iguales, o cuando lo seamos “efectivamente”, y ahora que yano nos importa el dinero, podremos seguir repitiendo la misma historia, sin repetir los mismoscrímenes: que el Matrimonio (o cualquiera de sus formas último grito) ya no es lo que era,que ahora es un contrato libre entre partes iguales. “No: no hay más verdad que la posesión.En el
tener 
está la fundación y esencia de la pareja, en el “mío” o “mía””. (A.G.C.) Así que sison contratos deben ser contratos de compra-venta que una vez firmados
mi
Domingo es
mi
Domingo y
mi
Mari Cruz es
mi
M. Cruz. Mía. Y por eso la maté.Así que no reduzcamos esos asesinatos de un sexo sobre el otro a una cuestión dedesigualdad porque eso supone deslizarse por el lado de los principios, del “deber moral”, loque acaba siempre entregándonos a la explotación económica y a la violencia con que serompen también los contratos. La mujer liberada trabaja el doble, venía a decir Isabel

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