desentenderse de la inmensa literatura sociológica, histórica, económica o politológicasobre el Estado de Bienestar, que se ha producido en la segunda mitad del siglo XX. Enotros casos, cuando se habla de biopolítica, se asiste a un género literario peculiar decuya necesidad nadie puede burlarse: se trata de profecías salvíficas o apocalípticas
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.Este tipo de discursos sólo pueden ser estudiados por la sociología de las religiones. Sutono impreciso los vuelve útiles tanto para un roto como para un descosido; la inserciónestratégica de descripciones parciales de la realidad les permite introducir efectos deverdad, junto con otros de creencia o de sobrecogimiento. Los autores que reproducentales discursos, repiten, junto al núcleo empírico de la profecía, intentos más o menoslogrados de generar lo que Wittgenstein (1992, 66-67)
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llamaba interjecciones, esto es,expresiones de gozo, de espanto, de sorpresa, de afirmación/denegación de sí, etc. Losplaceres intelectuales se componen de múltiples hebras (lógicas, estéticas, de distinción,de constitución íntima) por lo que tales discursos, en las formas extremas a las que merefiero, existieron, existen y existirán
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. No tiene sentido discutirlos lógicamente sinoanalizar qué palpitaciones de un
habitus
común pueden unir al emisor de los mismoscon sus receptores. En el campo filosófico, ese ejercicio de producción de efectos desentido funciona, usualmente, mediante la conexión de autores. Así, tenemosexposiciones sobre las conexiones de Foucault con Hannah Arendt, con MartinHeidegger, con Karl Marx, con Maquiavelo… El porvenir, por qué no, quizá nos loreúna con Nicolai Hartmann, Xavier Zubiri o con Marsilio Ficino. Curiosamente, faltanbastantes estudios sobre la relación de Foucault con los pensadores con los quecompartió
históricamente
su experiencia: Robert Castel, Paul Veyne, Jean-ClaudePasseron, Pierre Bourdieu… Claro, que éstos, al no ser filósofos, cotizan poco para lacrítica filosófica. Así marcha la siempre quejumbrosa filosofía y así se facturan los
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Hay una consideración justa y clarificadora de este tipo de trabajos (desde Agamben a Negri y Hardt)en la introducción de Vázquez (2008). Por lo demás, también existen utilizaciones negativas del conceptobajo el que subsumen todos los demonios del anticomunismo. Véase una potente crítica a Ágnes Heller yFerenc Féher en Campillo (1998, 167-175). En este trabajo se encuentra una discusión del significado delconcepto de biopolítica (tal y como lo elabora Foucault antes de los cursos que analizo) entre la teoríasocial contemporánea.
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Passeron (2006, 408) advirtió sobre el valor para la sociología del arte de estos materiales deWittgenstein. También son útiles, creo, para advertir los componentes plurales de los placeres teóricos ydel consumo que no son, ni mucho menos, reductibles a sus contenidos lógicos.
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Los discursos proféticos, decía Spinoza en el
Tratado teológico-político
(I, 30) varían por laimaginación y el temperamento corporal de cada profeta, por los signos variados (los aconteceres realesque se sobreinterpretan, podría decirse) en los que ve manifestarse el desastre o la salvación, por laideología de cada uno. Es imposible discutir intelectualmente con los discursos proféticos porque, comodecía Spinoza, son de un género distinto a los discursos intelectuales guiados por el ideal deconocimiento.
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